Dos excelentes escritores nacionales han tocado el mismo tema: el ya famoso Sergio Ramírez Mercado y el no menos excelso poeta Guillermo Rothschuh Tablada. Ambos escribieron hace un tiempo sobre el insoportable ruido que ha llegado a sus pueblos natales: Masatepe y Juigalpa respectivamente.
Masatepe era un pueblo tranquilo, dice Sergio, en donde podían oírse las campanas de la iglesia tocando a rebato, o a la misa dominical, o tocando a muerto por las tardes cuando se iba de este mundo algún dichoso ciudadano del pueblo.
Rothschuh responde que Juigalpa era una vaca echada en pleno llano, pero que ya la vaca se levantó y que el ruido que hacen las insoportables bocinas no se soporta.
En ambos pueblos las iglesias protestantes llaman a punta de ruidos a sus seguidores, toda venta o baratillo se acompaña del ruidaje de la música rock, los viernes en la tarde comienza una orgía de ruidos en todos los barrios y en algunas plazas colocan unos inmensos parlantes más grandes que los camiones que los transportaron.
Tanto Sergio como Guillermo tienen razón. El trinar de los pájaros en los enormes árboles de los parques ha quedado para el pasado, ya no se oyen ni chocoyos, ni güises, ni cenzontles que han salido huyendo del descomunal trueno de los decibeles infernales que dejarán sorda a la población en poco tiempo.
Juigalpa era un pueblo tranquilo, dice Guillermo pero ahora ya no se puede oír ni siquiera el mono congo que cantaba en el Mayales y mucho menos los coyotes que merodeaban por los monolitos. Los dos escritores tienen más que razón. Guillermo vive en su Juigalpa y quiere disfrutar de sus silencios de antaño, lo aturde el reggaetón que pretende ser música y no es más que un ruido desarticulado cuyos ecos le llegan todos los viernes desde tempranas horas de la noche. Sergio creo que no vive en Masatepe, pero como buen pueblerino, los viernes por la tarde le entra la comezón de la nostalgia provinciana y está soñando con ir a su casa natal y meterse en los rincones de la infancia y escuchar los ruidos de aquellos tiempos y disfrutar también de aquellos silencios deliciosos de su niñez.
Cómo hacemos, digo yo, para poder oír en estos tiempos los ruidos de antaño el rumor del río cristalino, el canto solitario del guardabarranco o aunque fuera el silbido misterioso de la lechuza haciendo su nido en los aleros de las casas.
Cómo hacemos para poder encontrar un momento de sosiego y llegar a Masatepe y sentarnos en una acera a saborear el riquísimo nacatamal de las Ramírez, el mondongo de Néstor y oír aquel lejano ruido de la tuba de don Ticho ensayando para la fiesta patronal, o simplemente el canto de los gallos en los solares.
Cómo hacemos para poder platicar sin ruidos con el poeta Rothschuh en Juigalpa. Ahora hasta en el fondo de los llanos se oyen los cantos de algunos evangélicos que están predicando la palabra de Dios a puros vocinazos y música intemperada para atraer a los campesinos.
Es preciso que nos soseguemos un poco. Que las alcaldías prohíban tanto ruido, que no permitan que se hiera el sagrado silencio de las noches de los pueblos de antaño. Que bailen pero con sosiego y al compás de otro tipo de música, que nos dejen conversar.
Que se oiga el punteo de la guitarra, música de cuerdas como en las serenatas a la luz de la luna y que suenen los violines de talalate. Y que al terminar el último acorde se sienta el silencio blanco, tranquilo, sosegado. ¿Cómo hacemos poetas amigos? ¿Cómo hacemos para detener el tiempo y poder oír el silencio que oíamos antaño? ¿ Cómo hacemos para que nos dejen encanecer en paz sin el martirio de los miserables ruidos inventados hasta para vender creencias religiosas? Sólo pedimos unos minutos de silencio.