Una escena apasionada con Burt Lancaster en 1953 en la película De aquí a la eternidad. (LA PRENSA/AP)

Una dama como las de antes

Conozca un retrato de Deborah Kerr, una de las grandes actrices de todos los tiempos Cuando en Lo que el Viento se Llevó, Scarlett O’Hara le grita al atrevido Rhett Butler: “Usted no es un caballero”; él le responde: “Y usted no es una dama”, para Rhett, dama era la virtuosa y abnegada Melanie Hamilton, […]

  • Conozca un retrato de Deborah Kerr, una de las grandes actrices de todos los tiempos

Cuando en Lo que el Viento se Llevó, Scarlett O’Hara le grita al atrevido Rhett Butler: “Usted no es un caballero”; él le responde: “Y usted no es una dama”, para Rhett, dama era la virtuosa y abnegada Melanie Hamilton, interpretada por Olivia de Havilland. Tomando el vocablo “dama” en ese sentido, podemos decir que Deborah Kerr fue la actriz que mejor supo interpretar ese tipo de personajes a lo largo de su distinguida carrera. En su primera película en Hollywood, The Hucksters (1947), su compañero fue el propio Gable y su rival, la desinhibida Ava Gardner.

Pero las damas de Deborah Kerr tenían ocasionalmente algo que las hacía irresistibles: escondían un corazón ardiente que, cuando explotaba, derribaba las barreras morales levantadas por su educación y su propia matriz conservadora. Así pasó en Té y Simpatía, en la que Deborah, como esposa de un profesor machista, tiene un affair con un estudiante sensible (John Kerr, sin parentesco con ella), que todos consideran homosexual; o como la esposa infiel de Peter Cushing en End of the Affair (1955), que promete a Dios romper con su amante (Van Jonson) si éste emerge vivo de los escombros de una casa bombardeada (la novela es de Graham Greene).

Deborah Kerr nunca encarnó mejor su personalidad fílmica de mujer intachable, que en sus papeles de institutriz, en tres de sus mejores películas: El Rey y Yo (1956), junto a Yul Brynner; Posesión Satánica (1961; según novela The Turn of the Screw, de Henry James); y The Chalk Garden (1963) con la jovencita Hayley Mills.

Para la versión cinematográfica de la controversial novela de James Jones, De aquí a la Eternidad (dirigida por Fred Zinnemann en 1953), el productor Buddy Adler decidió asignar papeles contradiciendo la personalidad de sus actores; así, el intelectual Montgomery Clift fue un ex boxeador que se niega a pelear en el ring para el ejército; la hogareña Donna Reed fue una prostituta de salón (papel ideal para Gloria Grahame) y Deborah Kerr, la esposa promiscua de un alto oficial, que vive un apasionado romance con un sargento. Si bien la Kerr no proyectó la personalidad del personaje (que le habría venido como un guante a Lana Turner), su escena de amor en la playa con Burt Lancaster es una de las más famosas de la historia del cine.

Deborah Kerr nació en Escocia, en 1921. En su juventud fue bailarina de ballet, talento que la pantalla nunca aprovechó. Sus primeras películas fueron filmadas en Inglaterra, dos de las cuales se cuentan entre los mejores ejemplos del uso del color en el cine: Vida y Muerte del Coronel Blimp (1942) y Narciso Negro (1946), ambas escritas y dirigidas por Michael Powell y Emeric Pressburger, con fotografía de Jack Cardiff. La primera contiene algunos de los mejores primeros planos de la actriz (que interpreta tres papeles) con su luminosa cabellera roja (ideal para el Technicolor); en la segunda hace de madre superiora en un convento de monjas anglicanas en el Himalaya, una de las cuales (interpretada por Kathleen Byron) se suicida lanzándose desde un campanario al no poder lidiar con sus deseos sexuales reprimidos.

A este período pertenece La Mujer Lejana (1946; Perfect Strangers, titulada en Estados Unidos, Vacation from Marriage), de Alexander Korda, en la que interpretó a la esposa aburrida y desgreñada de un tímido cajero de banco (Robert Donat). Cuando el esposo es reclutado por la Marina británica, la esposa se incorpora a la reserva femenina. Separados por la guerra, ambos encuentran el amor en brazos de otras personas y por estas experiencias sentimentales y su participación en un conflicto de dimensiones históricas, crecen como seres humanos. Al terminar la guerra, se citan en un bar, con la intención de poner fin al matrimonio, sin conocer los giros que ha dado la vida del otro. Durante el reencuentro, el marido descubre que su esposa es ahora una mujer elegante y liberada, y ella se impresiona ante un marido convertido en gallardo oficial. Siguiendo la lógica de lo verosímil fílmico, se vuelven a enamorar.

Pocas actrices han tenido una carrera tan distinguida como esta sublime escocesa de serena belleza. En su filmografía destacan: Las Minas del Rey Salomón (1950), junto a Stewart Granger; Quo Vadis? (1951, rodada en Cinecitta, en las afueras de Roma); El Cielo fue Testigo (1957), de John Huston, sobre una monja abandonada en una isla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial y su encuentro con un infante de marina (Robert Mitchum); Bonjour Tristesse (1958) de Otto Preminger, según novela de Francoise Sagan (con David Niven y Jean Seberg); Tres Vidas Errantes (filmada en Australia en 1960) de Zinnemann (con Mitchum y Peter Ustinov); y La Noche de la Iguana (1963) de Huston, sobre pieza teatral de Tennessee Williams, rodada en Puerto Vallarta, México, con Richard Burton y Ava Gardner; fotografía en blanco y negro de Emilio el Indio Fernández.

A»un en sus películas menores tuvo por pareja a los actores más famosos de su época: Spencer Tracy en Eduardo, Mi Hijo (1949); Alan Ladd en Tormenta en Oriente (1953), como una ciega inglesa en la India; William Holden en Los Héroes También Lloran (1956); Gregory Peck (interpretando a un Scott Fitzgerald destruido por el alcohol) en Mi Amada Infiel (1959); Gary Cooper (marcado por el cáncer) en Sombras de Sospecha (1961); y Kirk Douglas en El Arreglo (1969), dirigida por Elia Kazan. En 1953 aceptó un pequeño papel en la prestigiosa cineversión del Julio César, de Shakespeare (dirigida por Joseph L. Mankiewicz), con Marlon Brando en el papel de Marco Antonio.

En Algo para Recordar, de Leo McCarey, formó con Cary Grant una de las parejas románticas más inolvidables del cine. Igual que Grant y otras luminarias de Hollywood (John Barrymore, Greta Garbo, Kirk Douglas, Richard Burton y Jean Simmons, entre otras), la Kerr nunca ganó un Oscar competitivo. Lo mereció por su extraordinaria caracterización en Mesas Separadas (1958) de una mujer dominada por su madre (Gladys Cooper), que se enamora de un ex oficial británico mitómano (David Niven, premiado por la Academia). Ese año, la triunfadora fue Susan Hayward por La que no quería morir.

Deborah Kerr murió el 16 de octubre pasado por complicaciones relacionadas con el mal de Parkinson. En 1994 salió de su largo retiro, frágil y envejecida, para recibir un Oscar honorífico. Cuando le dieron la estatuilla, exclamó: “¡Es pesada!”

La Prensa Literaria

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