I
En una noche
fría de invierno,
la conocí en una
carcomida ventana.
II
Su rostro pálido
como el pergamino,
traslucía el hambre,
en que la miseria
la tenía sumida.
III
¡Oh! Pobre muchacha
del rostro pálido,
que el destino,
inexorable y cruento
la impulsa al burdel,
donde los hombres
rasgarán sus vestiduras
de su fresca carne
y harán un show
de su pudor.