Las casas viejas de Bilué en la plumilla de Carlos Montenegro en 1988, junto a una más reciente de los archivos de La Prensa.

Así era Bilué

Un historiador reconstruye cómo era Puerto Cabezas hace ya muchos, muchos años Mis primeros nítidos recuerdos no corresponden a los de la ciudad donde nací, me crié y formé sino a una población del noroeste de mi patria: Puerto Cabezas. La fundación de esta localidad del Caribe nicaragüense databa de los años veinte, coincidiendo con […]

  • Un historiador reconstruye cómo era Puerto Cabezas hace ya muchos, muchos años

Mis primeros nítidos recuerdos no corresponden a los de la ciudad donde nací, me crié y formé sino a una población del noroeste de mi patria: Puerto Cabezas. La fundación de esta localidad del Caribe nicaragüense databa de los años veinte, coincidiendo con el auge económico de la región que ofrecía muchos pinares y una gran potencialidad bananera. De modo que en 1922 se instalaba junto al ruinoso caserío de Bilué —donde vivía solo el miskito Noha Columbbus— el señor L. T. Miles. Este fundó una compañía que construyó el primer muelle del futuro Puerto Cabezas, mas fue destruido y relevado por otro de la compañía sucesora de Miles: The Wilwi Timber and Banana Company. En 1926 ese muelle tenía 900 pies de largo y doble vía férrea, porque dicha empresa —llamada luego Bragman Bluff Lumber Company— había iniciado sus operaciones invirtiendo cerca de cinco millones de dólares para erigirlo y toda la infraestructura que requerían el aserradero de la madera y la explotación de ésta y de los bananos sembrados primero en las vegas del río Wawa y después en la del Coco.

El decreto fundador
El puerto de la Bragman Bluff —dueña de instalaciones diversas como Hotel, Hospital y Comisariato— se abrió en 1924 por decreto del gobierno nicaragüense; no obstante, la ciudad y el municipio de Puerto Cabezas se crearían cinco años más tarde: el 12 de febrero de 1929. Su decreto fundador establecía una agencia fiscal, una administración de correos, una subdirección de Policía, escuelas públicas de primaria, oficinas de Sanidad y otras que se estimase conveniente. La Corte Suprema de Justicia nombraría un Juez de Distrito para lo Civil y lo Criminal, que tendría dos secretarios, un portero, local para despacho y gastos de oficina. La nueva localidad nacía para absorber a la población indígena de “Bilway” (o Bilué como pronunciaba la mayoría de sus 350 habitantes: “españoles” llegados del interior de la República) y recibía su nombre en memoria del Reincorporador de la Mosquitia: General Rigoberto Cabezas (1860-1896).

Diecinueve años después de la fundación oficial se aparecían mis padres en Cabezas, como denominaban los costeños al centro explotador y exportador de maderas y bananos, transformado en “ciudad”. Él, de 30 y ella, de 27. Primero llegó él solo, mientras se iniciaba como Juez Único del Distrito de lo Civil y lo Criminal; y después ella con sus tres primeros hijos (Felipe, Roberto, Telma) y el sexto: Alejandro, recién nacido. A ellos seguimos el cuarto y/o quinto, o sea, los gemelos (Nelly y yo), conducidos por una tía muy querida: Yolanda Sandino Vargas. Así aparecemos todos los nombrados en una pequeña fotografía, la más antigua que conservo de mi familia: sentados sobre unas piedras, en trajes de baño, con una “china” negra —encargada de cuidarme— a mi lado. En otra estoy con mi gemela sobre las piernas de mi madre, seguramente en una kermesse.

Nelly y yo, que teníamos dos años y pico, habíamos llegado desde Managua en vuelo de La Nica, cuyo avión sentí tan inmenso que rogué llorando a mi tía Yolanda, “la Lala”, me trasladara a otro “chiquito”. Este es mi primer recuerdo, pero no de Puerto Cabezas, del cual me quedaron los siguientes: unas altas gradas adentrándose en el mar, muchas escaleras de madera, dos o tres filtros de porcelana blanca, cedazos para impedir la entrada de los fastidiosos mosquitos, unas bancas con pasajeros en tediosa espera y palmeras, decenas de palmeras, como las que flanqueaban a la entrada de la residencia de los capuchinos.

El Padre Casimiro
Precisamente, tengo bien iluminada la ocasión cuando entramos en esa residencia, bajando a una especie de sótano atiborrado de comestibles enlatados que en Nicaragua llamábamos “poterías”. Y es que mi padre, como católico formado en Colombia, era muy allegado a los referidos misioneros, sobre todo a Fray Casimiro Walsh O. F. M. Cap., el grande e inolvidable Padre Casimiro —una leyenda en mi infancia— con quien mantendría comunicación desde el Pacífico, durante los años cincuenta. Desde Rivas, por ejemplo, gestionó a principios de 1953 para que el Gobierno eximiera de impuestos a la Misión Católica —de la que había sido miembro activo— y así poder proseguir sus tres construcciones: un Orfanato, el Colegio Niño Jesús (ambos de dos pisos) y un convento de monjas. Porque él se consideraba portocabecense, en vista del período judicial completo de dos años que allí había ejercido del primero de mayo de 1948 al 30 de abril de 1949.

Durante ese lapso, mi padre dejó una consistente imagen de líder civil. Impartió justicia y se internó en terrenos montañosos e infértiles para dirimir un reclamo de la comunidad de Yulu a la Nipco, compañía maderera que estaba arrasando con los pinares de la zona y cuyo abogado intrigó en Managua para que lo transfirieran de su cargo. En respuesta, con su característica entereza y rectitud, mi padre telegrafió al mandamás del Departamento: “Cuando el Jefe Político se dirija a este Tribunal de Justicia con el respeto y la moderación debida, se le contestará”. Como Presidente del Directorio Pro-Colegio Niño Jesús, que albergaba a 300 alumnos, presentó el acto cultural de ese centro celebrado el 15 de septiembre de 1948 con motivo de las Fiestas Patrias, según consta en la “Invitación” impresa que guardaba doña Celina Muá. En ese documento de cuatro páginas, iniciado con una fotografía de la Banda Juvenil del Colegio —dirigida por don Humberto Zamora— se detalla el “Programa” que comprendía la ejecución de los himnos de Nicaragua y los Estados Unidos, de Guatemala, Honduras, Costa Rica y Panamá, cantos, bailes y recitaciones.

El Juez Único, igualmente, llevó la palabra de la comunidad en la inauguración de un puente y, para festejar a un amigo de la capital, en el Hotel de Frutos Bolaños, donde solía ingerir coñac Fundador. Además, organizaba reuniones en el Casino con la gente alegre del Puerto, asidua a la fría cerveza extranjera y al whisky de 86 grados. Entonces la población disponía del aeropuerto más extenso del país, dejado por los norteamericanos tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial que mi padre aprovechaba para recorrerlo en motocicleta.

También norteamericanos eran, a partir de 1943, los sacerdotes de la Misión Católica presidida por el Padre Casimiro y a la que pertenecían otros capuchinos, como uno que había perdido la razón después de quedar extenuado sobre la cima de un cocotero a raíz de un huracán. Otro se llamaba Fray Carlos Repoll, autor de un diccionario trilingüe —inglés, español, miskito— y muy amigo también de mi padre. De ahí la colaboración de éste con la Parroquia de San Pedro y todas sus actividades “sociales”, especialmente kermesses, que no excluían la promoción del equipo de beisbol del Puerto. Una vez que fue con el Padre Casimiro y los jugadores a Bluefields, organizó el almuerzo y, por la noche, un convivio danzante al que asistieron unas cuarenta personas. Pero tal fue el jolgorio que la vivienda de madera y tambo donde se bailaba, al no soportar el peso de tanta gente, se vino al suelo.

El Puerto en 1949
En mi pieza narrativa ¿Te acordás, Silvino?, de las Historias Nicaragüenses (1974), he incorporado otros de mis recuerdos del Puerto que, en 1949, constaba de unos 1,500 habitantes. Realmente, esa cantidad difería en mucho del poblado original visitado por el Comisionado del Gobierno, el español Doctor Frutos Ruiz y Ruiz en 1929: cien viviendas de pino y techos de teja de hierro galvanizado sobre bases de concreto separadas de Bilué por un cerco de alambre, colocado por la Bragman Bluff. Esta, que mantenía las viviendas en arriendo a los empleados, operaba en los edificios restantes: emplazamientos para los aserraderos, oficinas, talleres de carpintería y de mecánica movidos por calderas de vapor, etc.; asimismo, manejaba la planta eléctrica, una fábrica de hielo y una tubería a través de la cual extraía agua de una laguna a mil quinientos metros.

Por su lado, la población de Bilué ocupaba unas cincuenta viviendas de madera con techos de zinc, otras de caña y hojas de palmeras. Sus vecinos incluían dos sastres, dos zapateros, dos albañiles, dos carpinteros y un médico recién llegado. Mas la mayor parte de ellos se sustentaba del comercio de pulpería, tiendas de telas, comiderías y cantinas, que sumaban 19 y cuyos consumidores, naturalmente, eran los empleados de la misma Bragman.

La Bragman, el Pino y el Banano
La compañía no se limitó a explotar y a exportar el pino (la variedad Pinus caribae) que en la sabana húmeda de la región alcanzaba entre 20 y 30 metros de altura, sino también el banano. Por medio de contratistas, a quienes habilitaba adelantándoles dinero, sembraría numerosas hectáreas a quince leguas del Puerto, teniendo su centro en Obrayeri y 1,500 operarios distribuidos en 25 campamentos. Seis de ellos se llamaban Buenaventura, El Tigre, Guasaki, Santa Cruz, Wasiwás y La Tungla. A todos los conectaba, aparte de una red telefónica, el ferrocarril. Y sus operarios vivían en barracones o en ranchos de palos y hojas secas de los bananales.

Un profesor universitario que se estableció en el Puerto en los años setenta ha rescatado varios testimonios acerca de esta época fundadora. La gente de los campamentos o “fincas” se negaban a trasladarse en los días de descanso —sábado y domingo— al Puerto. Algunos, porque el viaje les resultaba muy largo y cansado. Otros, porque preferían distraerse jugando naipes, nadando y pescando en crikes o durmiendo a pierna suelta. Los pequeños comerciantes, o buhoneros, llegaban en un lookcar para vender pan y cigarrillos, carteras y espejos, telas y perfumes. Agrega el profesor que la compañía empleaba mulas para las rondas de los campamentos. Un día desembarcaron 300, procedentes de los Estados Unidos.

“Daba gusto ver aquellos animalotes. Si es que uno podía acostarse en el lomo de una de esas bestias”, recordaba doña Celina Muá, nativa del Puerto.

De esas rondas surgió allí un barrio pobre y populoso: Mule Town. Le dieron ese nombre porque en ese sitio los “gringos” instalaron sus famosas “muleras”. Los establos, espaciosos, recibían mayor mantenimiento que la gente de los barracones de las “fincas”. Un equipo de hombres cuidaba 24 horas las enormes bestias hermosas. Algunas eran utilizadas para el servicio de carga y limpieza de las calles. Otras para que la Policía patrullase las calles de la “ciudad”.

Pero cuando permaneció mi padre en Puerto Cabezas la explotación bananera había sido abandonada, aunque el negrito “Turuntún” —apodo del hermano de uno de sus subalternos en el Juzgado— le llevaba con regularidad de las antiguas “fincas” cabezas de bananos que le vendía a cinco córdobas.

La Prensa Literaria

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