LA PRENSA/ARCHIVO

Castigo del Cielo

Corrí para protegerme del impetuoso torrencial que se aproximaba. Podía advertir que las nubes se tornaban cada vez más oscuras y pesadas como si pretendiesen caerse de una vez y para siempre del cielo. El viento era recio y aterrador, se podía sentir el miedo de los animales y de los robustos árboles. Todos los […]

Corrí para protegerme del impetuoso torrencial que se aproximaba. Podía advertir que las nubes se tornaban cada vez más oscuras y pesadas como si pretendiesen caerse de una vez y para siempre del cielo. El viento era recio y aterrador, se podía sentir el miedo de los animales y de los robustos árboles. Todos los vivos buscamos un refugio, algo estaba por suceder con catastróficas consecuencias. Ese domingo por la tarde me tocó trabajar, supervisaba las últimas hectáreas de la finca de los Rodríguez. La bananera, ubicada a 25 km. al suroeste de El Viejo, del Departamento de Chinandega, era inmensa. Las plantaciones casi conformaban aquella Comarca llamada La Cocoroca, ese lugar, me atrevo a precisar, era desconocido para la sociedad y cartografía de Nicaragua.

No recordaba ninguna noticia del día anterior que me advirtiera de un huracán o de una tormenta peligrosa. Me entró un miedo de la infancia, cuando mi madre, en circunstancias similares me decía que el amo de la naturaleza estaba enojado.

Busqué la bodega más próxima de herramientas y de químicos nocivos para las plagas. Inmediatamente adentrando en ese pequeño cuartucho, construido provisoriamente de madera de pino y láminas de zinc, se desplomó o no sé si arrancó de la tierra un descomunal y estruendoso rayo eléctrico que destruyó buena parte de la plantación, a pocos pasos de mi temporal alojamiento. Me quedé absorto. Por breves minutos no sabía si estaba vivo. Se me turbó toda la conciencia. Impresionado y horrorizado pensé en mi familia. Era una fuerte tormenta, jamás apreciada en la Comarca, era de aquellas tormentas que hacen pensar en el Creador del universo. Nervioso empecé a susurrar mis plegarias infantiles de protección y calma, era necesaria la calma interior en esos momentos y era más necesaria para mi entorno. La lluvia mojaba las cabezas de bananos cuyas más débiles eran derribadas sin mayor resistencia. Oía a cada momento intensos truenos que me aterrorizaban cada vez más. Escuché innumerables retumbos nacidos de un lugar inexplicable pero que me provocaban pánico. Juzgaba que aquellas descargas caían en las casas más próximas a la finca. Por la incesante lluvia podía sentir que la superficie del suelo se embebía de agua, blanda la tierra me regalaba más temor e inseguridad.

Se me vino un presentimiento trágico nunca antes sentido. Me acordé de mi compañero de labores, Gerardo, que estaba trabajado en la otra parte de las plantaciones. “Diosito de nuestro auxilio, no nos desampares”, le decía al amo de la naturaleza esperanzado en mitigar su furia.

Al tiempo que la lluvia acampó por unos breves segundos, me atreví a correr poseído con el único pensamiento de encontrar viva a mi amada familia. En el camino pude descubrir que, por la angustia que me enloquecía de encontrarlos vivos, había llovido más en mis ojos que del cielo. En esa caminata veía a mi familia resguardada en la única cama de la casa.

En esta zona, la actividad termoeléctrica es descomunal, acaba con el ganado, destruye los pocos sistemas eléctricos, termina con los árboles y lo peor de todo, liquida a los pocos habitantes de la zona. Algo parecido a la provincia de Shaanxi, un rincón de la China donde mueren 71 personas cada mes a causa de esas descargas eléctricas.

Mientras me acercaba a mi vivienda me imaginaba un proyecto para proteger a la aldea de aquellas mortales descargas. Rápidamente esta idea se me fugó cuando llegué a mi casa, un desesperado abracé a mi esposa y a mi única hija. Me provocaron una gran tranquilidad y sosiego. Sentía la mano protectora de Dios sobre nosotros. Mientras las abrazaba, le daba gracia a Dios incesantemente. Las encontré exactamente como me las había imaginado. “Todo está bien”, me decían mis bellas doncellas acobardabas.

Un segundo después fui consciente de los desgarradores llantos de la vecindad que consolaban a don Gerardo, quien había perdido en esos instantes a su esposa, Aleyda, y a su hijo, Cristian, de 12 años. Nunca pensé que aquel mal presentimiento se hiciera realidad en una de mis vecinas familias. ¿Cómo Dios puede amparar a unos y desproteger a otros? Mi consternación era inmensa. Mientras se calmaba la tempestad, se estremecía el dolor en el pueblo. Fueron momentos de resignación doliente. Alguien en todo deceso carga con la culpa, pero en esta ocasión, era la fuerza recia de la natural creación de Dios. Mucho después pude comprender que Dios respetaba verdaderamente toda su obra con las leyes físicas que la rigen. No es posible considerar al Creador como el que arma y desarma, como el que ordena e interviene cuando sus mismas criaturas han convertido su obra en un caos.

Los vecinos confundidos e inconsolables por una mala teología que los hacía considerar estos sucesos como castigos del cielo y que en definitiva era un eufemismo para no decir castigos de Dios, improvisaron la vela, el funeral y el entierro de los dos incinerados cuerpos pétreos. Aquellos días la comarca fue destacada en las noticias pero vestida de un profundo sentimiento de solidaridad y condolencia.

La Prensa Literaria

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