I
De niño, recelé de los payasos.
Me imponían como castigo ir al Circo.
Dejo para más adelante
otros aborrecimientos, tales
como las Procesiones.
las Purísimas, las Semanas Santas.
Vuelvo a empezar.
De niño recelé de los payasos.
No me convencieron. Despertaron mi desconfianza.
Sus narices-tomates, sus bombachas, sus planazos
y cachetadas no me hicieron reír nunca.
La sola vista en un solar de la Carpa de un Circo,
al atardecer, era ya fuente de angustia.
Desde que se espabiló mi razón odié la risa.
Como para el desolado personaje de GrahamGreene
que va en bote a la leprosería
y oye las risas de unos optimísticos
seminaristas en tertulia-, igual
para mí: la risa me suena como sílabas
ininteligibles de un idioma enemigo.
¡La Risa de Cervantes! Una falacia.
Un tópico de gastrónomos celebrando
en sobremesa vascongada el nunca leído
pero siempre citado episodio de los batanes.
Mentira lo de la risa de Cervantes. Sonrisa,
sí. Sonrisa como la de Don Antonio Machado,
fina. Como la de Shakespeare en ATTA TROLL de Heine.
Sonrisa del desencanto. Sonrisa del desengaño.
II
Desde niño odié las Procesiones.
En mis reminiscencias como a tientas entre sedas
y pieles palpando oliendo a madre en el gran armario
es así que en tempranas borrosas memorias veo
a la Josefa y a la Clotilde.
Dos chinas mías guatemaltecas que me comprendieron
sin entender por qué lloraba yo a gritos cuando
me tiraban del brazo para ir a las Procesiones.
Resiento en la epidermis de ese tiempo los fajazos,
las bofetadas, las sacudidas de la autoridad
paterna en los enclenques hombros de cuatro años.
Todo porque yo, puro instinto, me negaba.
Rehusaba. No quería ir a esas Procesiones.
Todo porque a mi puro instinto era horror
las apretujadas Catedrales.
Los bombillos multicolores.
El incienso rancio de los tapados de las beatas.
Y peor que todo eso ¡aquellos cantos que aún ahora!
III
Después creer. Pero solo para darte más cuenta.
Ya no te fajea tu padre. Ni te abofetea.
Ni te desgonza las paletillas para forzarte.
Pero el pánico de Procesiones, Purísimas
y Semanas Santas crece dentro y en proporción
contigo. No escapas de ti mismo
excepto cuando muerte te haga no haber nunca sido.
Altamira DEste 8, sábado 18 de febrero 1984. (escrito entre 2:00 p.m y 3:00 p.m)