El Mozart de España

En nombre de revivir a Juan Crisóstomo Arriaga (Bilbao 27 de enero de 1806. París, febrero 1826), fortaleció su unidad el cuarteto Casals, el mismo de perdurable recordación para los nicaragüenses enamorados de las cuerdas, de sus pastosas delicadezas, por el concierto dado en Managua en el auditorio de uno de los hoteles con auditorio […]

En nombre de revivir a Juan Crisóstomo Arriaga (Bilbao 27 de enero de 1806. París, febrero 1826), fortaleció su unidad el cuarteto Casals, el mismo de perdurable recordación para los nicaragüenses enamorados de las cuerdas, de sus pastosas delicadezas, por el concierto dado en Managua en el auditorio de uno de los hoteles con auditorio apto para expandir el estilo íntimo de la música de cámara. Empero no mereció haber sido recluido ahí cuando lo que correspondía era el hospedaje de los cristales iluminados.

En aquella oportunidad, los componentes humanos de un colorido que aún no ha desplomado la retentiva fueron Rachel Rosina Spath, Marcus Fleck, Dominik Fischer y Andreas Fleck, interpretando a Franz Schubert, puesto como protagonista en el eje melódico, Joseph Haydn, el progenitor de la forma sonata y los recientes Ernest Block y Frank Martin. Pero en esta, en otro escenario del exterior, mucho más apropiado para la lustrosa virtud de tocar sin alterar la pulcritud de las notas, el protagonista del concierto, el homenajeado fue alguien injustamente ignorado en los tiempos actuales: Juan Crisóstomo Arriaga. Diose la presentación precisamente para responder al anonimato en que cayó con todo y la fibra de su obra, modelos con los cuales él cautivó a la sociedad europea. Quizá hubiese sido más adecuado que lo asumiera el teatro de la ópera por haber sido esa su especialidad, de ópera seria y augusta categoría Verdi o categoría Wagner. Pero cupo el cuarteto por haber sido el autor de tres de los más bellos modelos que se han escrito en torno a esa forma. Y renació la figura en las salas de concierto con sólo la evocación hecha por el Cuarteto Casals, así llamado en nombre de Don Pablo. Y si no ha sido por la idea de redimirlo, ahí estuviera sumergido en las tinieblas, en la ignorancia de las nuevas generaciones, fijadas más en las celebridades mejor mercadeadas del arte que en muchos compositores tan buenos como los tradicionalmente expuestos pero que carecieron de la dicha de estar bien representados por la diligencia práctica, aunque hay excepciones, Mozart, Schubert, Beethoven, tampoco los tuvieron y se quedaron para siempre. Pero el caso de Juan Crisóstomo, llamado en su tiempo el Mozart de España, es distinto por la inclinación personal suya de ser inédito aunque muchas veces los contemporáneos hayan pretendido sacarlo del túnel. Sin embargo, sumada su pasión por el silencio, durante vivió —su vida fue tan corta como la de Mozart— su obra fue aclamada en los principales teatros de Europa. Así como Austria tuvo a su niño prodigio en Mozart, así España tuvo el suyo en Juan Crisóstomo. Considerado portento en la infancia porque a los 13 años de edad se puso al lado de los adultos, de Baillot y Fetis, siendo favorecido por el criterio de Cherubini, a quién tanto quiso la guzla de Pavarotti. Pero también nuestro compositor se identificó y con matices crecidos con la música de cámara y más concretamente con los cuartetos clásicos para cuerdas de los cuales tres —los más célebres— fueron puestos por el grupo Casals. Lo influyó Mozart. Había en él un aire romántico dentro de la estética neoclásica impregnada del efluvio español.

Crisóstomo fue la delicadeza danzada en homenaje al verdor de la tierra, al perfume y la tonadilla de la campiña reflejados en la continuidad del violoncelo y el punteo de las manos del Cuarteto Casals. Concierto de tonos policromos, de galas merecidas por el Mozart de España.

La Prensa Literaria

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