El envío de remesas por parte de nicaragüenses trabajando en el exterior hacia su país natal ha aumentado considerablemente en los últimos 15 años y con razón el tema ha recibido mucha atención en diferentes ambientes como los medios de comunicación, centros académicos, mercados financieros, hasta en el año pasado en la campaña electoral del actual Presidente de la República.
En el 2006 el total de las remesas enviadas a Nicaragua ascendió a unos 900 millones de dólares, lo que prácticamente equivale el valor total de las exportaciones del país en ese año. Las remesas representan también el doble de la cooperación externa que Nicaragua ha recibido durante el año pasado.
Es obvio que este semejante flujo de dinero tiene impacto en la sociedad y específicamente en los estratos más pobres. Un estudio sobre remesas del Banco Interamericano para el Desarrollo (BID) del 2003 señala que el 65 por ciento de las familias con parientes trabajando en Estados Unidos, reciben montos mensuales que varían entre 50 y 200 dólares. Para muchas familias este monto significa la diferencia entre hambre y miseria por un lado y sobrevivencia y cierto desarrollo por otro lado. El mismo estudio del BID indica el destino de las remesas en el ámbito familiar y no es ninguna sorpresa encontrar un alto porcentaje del dinero usado para gastos diarios de hogar como son alimentos, medicinas y servicios públicos. Solamente un porcentaje mínimo (unos 15 por ciento) se gasta en educación, vivienda, ahorro y/o negocio.
Antes de entrar más en detalles sobre el uso de las remesas quiero tocar el tema de las transferencias de las mismas. Hasta la fecha el envío de las remesas ha sido un negocio altamente lucrativo para unas empresas especializadas en este mercado. En promedio los remitentes pagan por la transferencia un 10 por ciento del total de las remesas, lo que para Nicaragua significa un monto de aproximadamente 90 millones de dólares en el 2006. Es entendible que muchas instituciones financieras nacionales están analizando la posibilidad de captar un segmento de este mercado.
El 8 de marzo de este año la Academia Centroamericana con sede en Costa Rica organizó un seminario titulado: “Bancarización de las remesas de inmigrantes nicaragüenses en Costa Rica; ¿Es posible su uso como medio para impulsar el desarrollo económico y social ?” Ricardo Monge y Eduardo Lizano, escritores del documento de estudio entregado en este seminario señalan que de todos los nicaragüenses trabajando en Costa Rica un 38 por ciento envía remesas a su país natal. El monto total enviado en el 2006 era de 42 millones con un monto promedio de 43 dólares por mes por familia.
Los remitentes en Costa Rica usan en general entidades financieras no-formales para efectuar las transferencias o lo hacen mediante individuales de confianza. Un 17 por ciento de las transferencias desde Costa Rica ocurre a través de la banca formal.
Por los montos relativamente pequeños que se reciben desde Costa Rica la mayoría de los receptores usa el dinero para alimentos, salud y educación de los hijos e hijas. Según el estudio solamente un 0.7 por ciento de las remesas es destinado para invertir en un negocio.
En otro foro debate sobre el tema remesas, organizado hace unas semanas por la revista Confidencial algunos funcionarios de la banca nicaragüense señalaron las ventajas y desventajas de un mayor involucramiento en este mercado. Uno de los problemas señalados es “la fiscalización de las operaciones y transacciones, conforme a las leyes contra el lavado de dinero, lo que encarece la operación y desincentiva la participación de esas instituciones en el negocio”. Otros banqueros en el mencionado debate señalan que “los márgenes de ganancia por transferencia son bajos y por lo tanto el mercado de las remesas no es interesante para la banca formal”.
Teóricamente los bancos intermediando las remesas podrían contribuir al fomento del ahorro en las familias receptoras de por lo menos una parte del monto y así convertir a estas familias en sujetos de crédito para capital de trabajo, préstamos personales o para ciertas inversiones. Sin embargo los altos costos de transferencia y de transacción cobrados en la práctica por las instancias financieras en Nicaragua no son atractivos para la mayoría de las familias receptores de remesas a recurrir a estos servicios.
En la situación actual las remesas sirven en general para amortiguar la pobreza diaria y en el mejor de los casos para incrementar el capital humano mediante el pago de costos en salud y educación. Sin embargo contribuyen muy poco a incrementar la capacidad económico-productiva de las comunidades y municipios. De acuerdo a un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) “las remesas son un complemento o sustituto del ingreso laboral y no un capital de inversión, por lo tanto, el impacto es más que reducido como factor de crecimiento económico”.
Hay otro elemento muy importante y es de carácter sociológico; las remesas pueden incrementar en las familias receptoras la dependencia de estos recursos y desestimular la toma de iniciativas de parte de ellas a generar ingresos por su propio esfuerzo. Esto constituye un peligro sobre todo para los y las jóvenes que no ven con sus propios ojos cuánto cuesta este dinero y por lo tanto reciben pocos impulsos para iniciar su propio negocio.
Este tema no ha sido investigado al fondo, pero debería recibir mucha más atención, cuando queremos no solamente salir de la pobreza, sino también crear mayor capital social y económico en las localidades del país donde lleguen las remesas.
El reto está entonces en dos cosas:
1. asegurar la transferencia de las remesas a más bajos costos y
2. estimular a la familia beneficiada a invertir una parte de sus remesas en iniciativas productivas y comerciales.
La primera será difícil lograr mientras dejemos todo al mercado financiero privado. La respuesta a la pregunta ¿cómo reducir el costo de transferencia de 10 por ciento a por ejemplo 5 por ciento?, requiere más creatividad y más colaboración entre diferentes actores públicos y privados.
OTRAS OPINIONES
Por otro lado hay otras opiniones con respecto a este asunto y señalan que las transferencias están creando externalidades positivas en forma de empleo en el sector de servicios, así como un efecto multiplicador en la economía local y nacional. Estudios han demostrado que por cada dólar que se transfiere se movilizan dos dólares adicionales mediante la provisión de nuevos bienes y servicios.
El aspecto de estimular las inversiones productivas y comerciales con las remesas debería ser una preocupación, así como una responsabilidad de las autoridades locales, ya que allí donde se presentan los altos costos sociales del flujo del capital humano al extranjero, la desintegración de las familias, la violencia civil e intrafamiliar y el deterioro de los mercados de trabajo.
Los gobiernos locales disponen de varios instrumentos para incentivar la economía de su territorio. Asignar en el presupuesto anual y en el Plan de Inversión Municipal un monto específico para el Desarrollo Económico Local (DEL), el establecimiento de una oficina de fomento económico local e introducir algunos incentivos fiscales para inversiones empresariales en la localidad, por ejemplo en el ámbito del Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI). Estos instrumentos y otros pueden ser utilizados de manera creativa para estimular a las familias que reciben remesas a iniciar negocios, que puedan generar ingresos y empleo para su familia y para la localidad.
Para estimular la productividad local mediante remesas y con un mayor involucramiento de autoridades locales no existen recetas únicas. El economista salvadoreño Juan José García menciona en su documento Gobiernos Locales y Migración en Centro América la iniciativa de Home Town Associations (HTA), formadas en los Estados Unidos por inmigrantes originarios de diferentes municipios de El Salvador y Guatemala.
Estas HTA establecen convenios con los gobiernos locales de sus municipios de origen para enviar remesas colectivas para obras comunitarias de infraestructura social como escuelas, centros de salud, etc. Un ejemplo reciente en Nicaragua ha sido el viaje del alcalde de Diriá al inicio de este año a Estados Unidos para reunirse con grupos de inmigrantes originarios de Diriá, que prometieron contribuir con fondos para reconstruir el bulevar principal de cara al fomento del turismo en este municipio.
Iniciativas como estas son importantes, pero al mismo tiempo mantienen y hasta fortalecen la dependencia de los recursos generados fuera de la localidad. Hay que orientarse a la generación de conciencia entre la población local de crear fuentes propias de ingresos, estimulando así la actitud competitiva y cooperativa entre sus habitantes, especialmente entre los y las jóvenes.
Por este motivo sería interesante montar un concurso entre todos los municipios del país para presentar ideas al respecto. Instituciones como Amunic, Inpyme y otras podrían impulsar este concurso en conjunto con un aporte financiero de un donante internacional para premiar el municipio ganador con un monto financiero para poder ejecutar su iniciativa.
El autor es asesor de Desarrollo Económico Local del Servicio Alemán (DED) en Nicaragua