- Cruzó barreras para salir de la drogadicción
el giro de Serbio Abea
La casa vieja y desolada que la familia Abea habitaba en el barrio Los Potreros, en Carazo, cuenta la historia de un niño criado entre la pobreza. Caminaba con los pies descalzos, junto a sus hermanos, con una vara en la mano arreando el ganado.
En ese camino polvoriento y árido, donde el pequeño Serbio Abea cruzaba a diario, fue donde quedaron marcados sus diminutos pies que guiaban hacia una visión distinta del campo. Ese niño se hizo hombre y fijó su vista en nuevos horizontes.
La historia de buscar una vida mejor obligó a los Abea a mudarse hacia la capital, y con el poco dinero que tenían compraron una humilde casa en el barrio Las Américas Dos, justo enfrente de una cancha de baloncesto. El destino estaría marcado ahí para el pequeño Serbio.
“Recuerdo que salíamos a jugar con los chavalos del barrio, no nos cansábamos de estar en la cancha, la mayoría de veces ganaba el juego y desde entonces nunca me aparté del baloncesto”, relata Abea.
Ese talento era un don que fue desarrollando rápidamente con el pasar de los años y con sólo 16 años de edad ya estaba jugando en las ligas más populares de Managua. Abea se transformó en un jugador versátil, jugando en la defensa como pívot, pero potencializándose más en la ofensiva.
Así ascendió al Torneo Superior de la Asociación de Clubes de Baloncesto (ACB), una de las ligas más importantes de Nicaragua.
No tardó en ser un blanco de atención, con su primer equipo, los Jaguares de la Universidad Americana (UAM), pero fue con los Pistons que tuvo sus mejores momentos como deportista.
Entre la demanda de los equipos por tener a este jugador, Abea también perteneció a cuatro selecciones nacionales, en la mayoría de ellas destacándose significativamente, pero nadie se daba cuenta que detrás de ese brillo deportivo estaba pasando algo terrible.
ENTRE EL DEPORTE Y EL VICIO
Para Abea la vida fue dura, en un mundo donde se le abrieron dos caminos: el que lleva a las oportunidades del éxito, y la otra, la puerta que aparenta ser mágica, pero detrás de ella es el mismo infierno.
Abea eligió el camino donde pasaría los momentos más terribles de su vida.
“Fueron tiempos difíciles, todo empezó con el alcohol. Me emborrachaba después de cada juego, pero eso pasó a un segundo plano cuando por primera vez conocí la marihuana”, comparte Abea.
Su instinto lo llevó a consumir cada vez más la hierba y su cuerpo pedía algo más fuerte que llenara el vacío de este joven.
No sobraron quienes le ofrecieron una dosis más fuerte, pero esta vez probaría la piedra disuelta con marihuana, comúnmente llamada bañado.
“Un chico a quien le compraba la droga me ofreció bañado, y el dinero me lo gastaba comprando droga. Como me pagan por jugar llegó un tiempo que desesperado cuando no tenía dinero, jugaba hasta por 10 córdobas”, asegura Abea.
Atrapado entre las redes de la drogadicción, Abea desaparecía por semanas de los entrenamientos. En su casa la cama estaba tendida tal y como la había dejado hace días. Noche tras noche su madre lloraba en el rincón del cuarto, orando de rodillas , suplicando a Dios para que le protegiera y alejara del mal camino a su hijo.
Mientras Abea se encontraba drogándose en los suburbios de la capital y amanecía botado y sucio en los basureros.
El chico sonriente que dejaba su alma por el baloncesto, estaba acabado por los vicios mundanos. Sus ojos brillantes, llenos de vida desaparecieron. Ahora expresaban dolor y un llamado exterior que pedía urgentemente ayuda.
En esos momentos difíciles los amigos de parrandas le dieron la espalda, pero el destino lo ayudaría. Un ser divino lo ayudaría a cruzar los muros de la drogadicción.
UN MENSAJERO DE DIOS
Entre las tinieblas hubo una luz que lo sacó a flote, le ayudó a comprender que él estaba destinado a ser un hombre de valor. Dios mismo lo abrigó entre sus brazos y le dio fuerzas para salir adelante.
“Desesperado por salir del vicio que me estaba matando, decidí ir a la iglesia con mi familia. Entonces no sé si era mi destino, pero fue algo que me ayudó muchísimo a dar el primer paso de mi recuperación”, cuenta.
“Sentí un calor muy extraño en mi cuerpo y cuando escuché la palabra de Dios en esa iglesia comprendí que el Señor me tenía preparado algo, y que me ayudaría a salir de la droga”, comenta Abea.
Así comenzó la rehabilitación de Serbio. Con el apoyo de su familia y principalmente de Dios, este joven llenó ese vacío que sentía en su corazón y desde entonces cada día que pasa repite la misma frase:
“Gracias Dios por apartarme de los malos caminos y ser el mensajero que envías para dar testimonio de lo maravilloso que es estar contigo”, dice Abea.
TESTIMONIO DE VIDA
Tras dos años y medio de recuperación, Abea visita con la familia la iglesia Ríos de Agua Viva, trabaja medio tiempo como cartero y en su tiempo libre juega baloncesto.
Este joven es un ejemplo de vida, venciendo ese terrible enemigo como es la droga y hoy da testimonio de su vida para que otros jóvenes que se encuentran en malos caminos se acerquen a Dios, el ser divino que lo ayudó a salir de la drogadicción.
“Yo sé que Él me utiliza como instrumento para llegar a esas personas que atraviesan lo mismo que yo pasé. Siempre que pueda ayudar estaré allí, dando testimonio de cómo mi Señor me sacó del mundo del vicio”, expresa.
A sus 29 años Abea continúa en pie en el baloncesto, preparándose para el Torneo de la ACB, donde piensa dejar huellas.
“Hay muchos equipos interesados en mí, la Unival principalmente, pero por el momento me recupero de mi lesión de la rodilla esperando que esté todo bien para el torneo de la ACB”, asegura Abea.