- Secretismo, prejuicios y división. Un experto en comunicaciones analiza la estrategia de comunicación del actual Gobierno y advierte del peligro; un veterano periodista critica tajantemente la misma estrategia y varios periodistas sucumben a la política de premio y castigo que empieza a aplicar el nuevo-viejo gobierno sandinista
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Ver Infografia > Primero de marzo de 2007. Dos momentos en un mismo día: en una sala con ambiente fúnebre, un grupo de hombres y mujeres que beben café y fuman, custodian el ataúd donde un hombre yace acostado con los ojos cerrados, una mordaza negra alrededor de la boca, un ejemplar del diario La Prensa sobre el pecho, flores y ramos funerarios y un cartel con una leyenda que dice: “paz a sus restos”.
En otro lugar, una señora elegante y sobria, firma documentos y sonríe con prudencia ante la cantidad de flashes de las cámaras que captan el momento en que ella le pasa los papeles al otro sentado en su mesa, un señor de aspecto circunspecto y mirada vacía que de vez en cuando también sonríe ante las lentes de los medios antes de estampar su rúbrica en el papel.
Luego de las firmas y las fotos, la misma señora dirá que hay mucho que celebrar y el señor de su lado, gozoso, ofrecerá doce promesas ante la dama y sus otros expectantes colegas.
DOS POSTURAS, UN GREMIO
El tipo dentro del cajón mortuorio es un periodista vivo que hace de cadáver y que representa a la libertad de expresión, en esta protesta en la que este gremio periodístico denominado Asociación Nacional de Periodistas de Nicaragua (APN) se pronuncia contra las políticas comunicativas del actual gobierno de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo. Ellos dicen que no hay que celebrar y que por el contrario mucho que lamentar.
En la otra escena, la señora que firma papeles es Mercedes Rivas, presidenta del Colegio de Periodistas de Nicaragua y el señor a su lado es el mismísimo presidente Daniel Ortega. Ambos firman un acuerdo en el que el Gobierno se compromete a respetar la libertad de expresión y ofrece varias promesas de dádivas y beneficios a los miembros de esa organización.
Al final de ese encuentro, en la Rotonda del Periodista, donde se entregarían reconocimientos a destacados veteranos de la prensa, Rivas dijo que “hay mucho que celebrar porque nunca antes un colegio de periodistas ha arrancado tantas promesas de un gobernante para beneficio del gremio”, mientras denostaba sobre la protesta de sus colegas de la APN.
Lo que ese día se vio en las posturas contrarias de un mismo gremio respecto a un mismo tema, es una de las señales más negativas que a juicio del catedrático de Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA), Alfonso Malespín, puede provocar en el periodismo nacional la recién estrenada Estrategia de Comunicación elaborada por la esposa de Ortega, Rosario Murillo.
NO SE LO DIGAN A NADIE
El citado documento de Murillo salió a luz pública el 22 de febrero del presente año, pero lo hizo de la peor forma comunicativa: filtrado a LA PRENSA y con un “recomendación” secretista de la esposa de Ortega: “No reproducirse ni distribuirse, para evitar filtraciones”.
Redactado con un lenguaje lírico-poético y en un estilo tipo manifiesto político, el texto sandinista establece las normas de comunicación que deben seguir los funcionarios del actual Gobierno y las vías de comunicación del mensaje oficial a la población nicaragüense: sólo por los medios oficialistas y cuando ella lo autorice, sobre el tema que al Gobierno le interese y no sobre la agenda de los medios de comunicación “de la derecha”.
A juicio de Malespín, el escrito, tal y como está estructurado, “más bien parece un plan de acción y no una estrategia”.
Si bien el profesor de Comunicación ve como positivo que por primera vez en 16 años de democracia un gobierno intente articular un plan de comunicación, también ve como negativo que dicho plan establezca con prejuicios dos tipos de prensa, la oficial y la oposición.
“El concepto central de este documento pareciera ser el de la democracia directa, sin embargo la democracia a esos niveles en los cuales cada persona se representa a sí misma, a la vez que tiene voz y voto, demanda de procesos de comunicación extremadamente abiertos, pero no sólo abiertos, tienen que ser constantes y completos, es decir, deben de tener un sentido de oportunidad permanente”, expresa Malespín.
“La democracia directa requiere de un gobierno que sea por excelencia comunicador, que se trata de un gobierno que todo el tiempo esté dispuesto a consultar todas aquellas políticas de gobierno que vayan a afectar, para bien o para mal, los intereses de las personas que están involucradas en esas políticas”, indica.
DIVISIÓN DE MEDIOS
De acuerdo al catedrático, un Gobierno que intente establecer una estrategia de comunicación con democracia directa como el que propone Murillo, debe tener la suficiente apertura y flexibilidad para acopiar las propuestas y voces que provienen de toda la sociedad, ya sean éstas acordes o no a la ideología del gobernante.
“Si este documento procurara eso, sería una política de comunicación excepcional para la experiencia centroamericana, sin embargo hay una serie de elementos que llaman la atención; uno de ellos es la manera cómo se proponen que se administren los procesos de comunicación, dependiendo quién es el sector que está involucrado. Por ejemplo, el documento presenta un prejuicio sobre diferentes tipos de periodismo, el que queda claramente identificado como adversario ahí es lo que se denomina prensa de derecha y la prensa oficialista queda catalogada como “nuestros medios”, señala Malespín.
A su criterio, independientemente de que haya diferencias políticas e ideológicas entre los postulados de un Gobierno y el sistema de medios de comunicación que ellos consideran de derecha, deberían construirse relaciones profesionales que sean mutuamente respetuosas, pero que no sean excluyentes.
“Es decir, que incorporen esa diversidad de criterios a concepto de democracia directa, porque no puede haber democracia directa si no hay diversidad y menos si no hay reconocimiento y respeto a esa diversidad”, precisa.
A Malespín le llama poderosamente la atención el hecho que la estrategia de comunicación del nuevo Gobierno se proponga fortalecer a la prensa oficialista con la intención de que por ahí circule la información oficial “de manera incontaminada”.
“Yo creo que la experiencia nicaragüense demuestra que la prensa oficialista es poco creíble, tiende a ser de baja calidad, puesto que es muy unilateral y muy retórica, y poco factual, no contrasta, no analiza ni critica el flujo de información, lo cual también va contra el principio de democracia directa, porque la democracia directa requiere que exista de forma casi inmediata o por lo menos de forma ágil, procesos de comunicación de ida y vuelta”, dice el estudioso, quien señala como ejemplo de ello a los periódicos Novedades (de los Somoza), Barricada (de los sandinistas) y La Noticia (liberales de Arnoldo Alemán). “Todos ellos eran oficialistas y no pudieron convertirse en medios profesionales y desaparecieron”, recuerda.
“Yo veo fundamentalmente el problema en la promoción de una división de categorías de medios que hace el Gobierno entre medios de comunicación con información incontaminada, sus medios, y la prensa de derecha con supuesta información contaminada, los medios críticos”, dice y advierte sobre gravísimos riesgos de una división de medios de comunicación en materia ideológica-política: la polarización política-mediática.
REGRESO AL PERIODISMO MILITANTE
“Los efectos sobre esta división podrían causar una polarización de medios a niveles que parecían que no iban a regresar, como en los años ochenta cuando los medios o eran sandinistas o eran reaccionarios”.
De acuerdo a su criterio, el mensaje del Gobierno en el sentido de que pretende convertirse en un gobierno de “unidad y reconciliación”, carece de factores fundamentales de las democracias modernas.
“En la búsqueda de la efectividad, se tienen que incorporar en una democracia directa factores que son fundamentales para que se considere democrático a un Gobierno: el reconocimiento a la diversidad política, la tolerancia a esa diversidad, el respeto a esa diversidad y el cuarto, la promoción de las diferencias”, dice Malespín, para quien la intolerancia a los otros es el principio de las dictaduras.
Para Malespín, la forma en que se conoció el documento de Murillo no abona a la imagen de “reconciliación” que quiere promocionar el Gobierno.
“Si vamos a ser democráticos tenemos que ser transparentes, no podemos actuar tan secretos en un tema tan delicado como la comunicación”, advierte Malespín.