El barco negro. Plumilla a color. Carlos Montenegro. (LA PRENSA/Archivo)

El Barco Negro

Hace mucho tiempo, un barco cruzaba el Lago de Granada rumbo a San Carlos. A lo lejos, los marineros divisaron tierra y unos hombres pedían auxilio. El barco atracó a la orilla de la pequeña isla; ahí vivían dos familias que se estaban muriendo envenenadas, pues contaron a los marineros que habían comido de una […]

Hace mucho tiempo, un barco cruzaba el Lago de Granada rumbo a San Carlos. A lo lejos, los marineros divisaron tierra y unos hombres pedían auxilio. El barco atracó a la orilla de la pequeña isla; ahí vivían dos familias que se estaban muriendo envenenadas, pues contaron a los marineros que habían comido de una res envenenada que había sido picada por una culebra.

Por favor, llévennos a Granada, dijeron los enfermos y el Capitán preguntó que quién pagaría por el pasaje. No tenemos reales, dijeron los envenenados, pero le pagamos con plátanos.

¿Quién corta la leña o los plátanos?, pregunto el marinero.

Yo llevo una carga de chanchos para Los Chiles y si me entretengo allí, ustedes se me mueren en la barcaza, les dijo el capitán.

Pero nosotros somos gente, dijeron los moribundos.

También nosotros, dijeron los lancheros, con esto nos ganamos la vida.

Por Diosito, grito el más viejo de la isla, ¿no ven que si nos dejan nos dan la muerte?

Tenemos compromiso, dijo el Capitán.

Y en el acto, el dueño del barco zarpó y los isleños que se estuvieran retorciendo del dolor, ahí los dejaron.

No sin antes la abuela de una familia de la isla levantándose del tapesco en donde estaba postrada, les echó una maldición: “Malditos, como se les cerró el corazón, así se les cerrará el lago”.

La lancha se fue. Cogió altura buscando San Carlos y desde entonces perdió tierra. Eso cuentan. Ya ellos no vieron nunca tierra. Ni los cerros podían ver, mucho menos las estrellas en el cielo les pueden servir de guía. Ya tienen siglos de andar perdidos. Ya el barco está negro, ya tiene las velas podridas. Muchos lancheros en el Lago de Nicaragua aseguran que los han visto, se topan en las aguas con el barco negro y sus marineros barbudos y andrajosos les gritan:

“¿Dónde queda Granada?” Pero el viento se los lleva y no ven tierra, están malditos.

La Prensa Literaria

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