Los Siete Negritos

Filemón Suárez había sufrido un completo fracaso económico. En los últimos dos años, como aparente víctima de una maldición, había venido dando traspiés en sus negocios, había perdido dos fincas de agricultura, su ganado, su hermosa casona en el pueblo. Una tarde, vagando por los llanos escuchó una voz que le dijo: — ¿Y ahora […]

Filemón Suárez había sufrido un completo fracaso económico. En los últimos dos años, como aparente víctima de una maldición, había venido dando traspiés en sus negocios, había perdido dos fincas de agricultura, su ganado, su hermosa casona en el pueblo. Una tarde, vagando por los llanos escuchó una voz que le dijo:

— ¿Y ahora qué piensas hacer?

— Acércate, no temas, le dijo a Filemón.

— ¿No es dinero lo que quieres?, agregó interrogante.

— Lo tendrás, continuó, con la voz más melosa del mundo

— ¡Oh no, bien veo que eres un cobarde, un hombre

y pusilánime: por eso fracasaste y fracasarás siempre. ¡Basta, contigo nada se puede…!

Y acto seguido hizo ademán de levantarse e irse. Entonces Filemón, al ver que su amigo se le iba; lo detuvo, diciéndole:

— ¡No, espere…! Perdone. Explíqueme, no le comprendo.

— ¡Ah, eso es otra cosa! Ya le explicaré.

Y acomodándose bien en la piedra que le servía de

asiento, el desconocido habló así:

“Yo soy un ser poderoso, poderosísimo. Yo soy el amo del mundo y sus riquezas. Yo doy las riquezas y el poder a quienes lo desean y están dispuestos a aceptar mis condiciones, que no son muchas”.

“Si tú quieres hacerte rico, tener poder y que todos te teman y respeten, consíguete siete gatos negros y una lata grande y te vas mañana a la cumbre del cerro, en donde te esperaré a las tres de la tarde. Llevas también un cántaro de agua, un manojo de leña bien seca y fósforos”.

Y diciendo las últimas palabras, desapareció. Filemón se quedó atónito. Pero desgraciado como andaba y sin qué comer, tomó la inquebrantable resolución de acatar el consejo del misterioso desconocido. Y así, se dio a la tarea de conseguir los gatos y demás materiales.

No tardó en aparecer. Y tomando éste la palabra, con voz grave y pausada le ordenó:

— Prepara una fogata, echa el agua en la lata y espera que hierva. Cuando esté en ebullición, echa los siete gatos en el agua y tapas la lata con esta tabla.

Y le dio una tabla burda.

Filemón obedeció al pie de la letra. Cuando el agua comenzó a hervir metió los gatos y tapó el recipiente.

No había acabado de hacerlo, cuando los gatos se pusieron a dar aullidos terribles, horrosos, despavoridos, escalofriantes…, que atronaban el espacio, como si fueran mil tormentas juntas…

Luego se empezaron a oír chirridos de cadenas y grillos, grandes ayes y lamentos sin cuento, como de personas torturadas…

La atmósfera se puso densa, saturada de humo azufrado y maloliente y por momentos se perdió la visibilidad de los objetos.

Filemón estaba aterrado, desesperado. Y pensó en huir y abandonarlo todo.

De repente cesaron los aullidos, chirridos y lamentos, se disipó la humareda y todo volvió a la normalidad, como antes había estado. Se volvió del lado de donde provenía la carcajada y vio lo que nunca sus ojos habían visto ni habrían querido ver: ¡El Diablo! ¡El Diablo en su espeluznante figura! Allí estaba: con sus ojos llameantes y pavorosos, su cuerpo peludo, sus cuernos, su cola, sus uñas, su aliento azufrado y humeante…

— Bueno, le dijo el Diablo. ¡Manos a la obra! Destapa esa lata y saca lo que hay dentro.

Hizo Filemón lo que le mandaron y sacó siete hombrecitos negros, bien formados pero chiquitos, como de dos pulgadas de estatura.

— ¡Échalos en tu cajita de fósforos y llévalos siempre contigo. Que ellos te darán todo lo que quieras… pero durante siete años solamente, a contar de hoy. Son los Siete Negritos parte de mí, algo así como hijos míos…

Filemón acató las instrucciones y se guardó la cajita con su preciosa adquisición.

— Ahora, agregó el Diablo, vas a firmar el contrato.

Y desenrollando un documento que llevaba preparado, le pinchó una vena del brazo derecho al pobre hombre, humedeció en la sangre de éste una pluma de zopilote y lo hizo firmar.

— Bueno, ya está, prosiguió el Diablo. Toma esta bolsa con dinero para que comiences a trabajar; que todo lo demás te llegará por añadidura.

Y desapareció.

Ahora Filemón recordaba todo aquello. Efectivamente, no se había dado cuenta del transcurso del tiempo. Ya iban a vencer los siete años.

— Te faltan sólo siete días, le dijo el Diablo. Te lo vengo a recordar para que estés preparado. Eres mío en cuerpo y alma.

Filemón se fue a sentar bajo un árbol y recostó la cabeza en el tronco, bien cansado y sudoroso, como que había realizado una pesada labor; y se quedó dormido. Cuando despertó, se halló acostado en una tijera en su hacienda de ganado. Estaba prendido en calentura y a los pocos días murió.

Tomado de Los Siete Negritos, de Folclore de Nicaragua, de Enrique Peña Hernández.

La Prensa Literaria

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