- El recorrido inicia en Barbados y culmina en St. Lucía. Durante siete días navegando entre bellos paisajes puede descubrir que el paraíso sí existe en la tierra, estas islas son la prueba
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Especial para LA PRENSA
Un crucero al Caribe es como una visita a la vitrina de una joyería fina: cada isla es como una joyita montada en mares de esmeraldas y zafiros que aguarda nuestra inspección. Así fue una travesía reciente de siete días en el crucero-velero Wind Surf de Windstar Cruises.
Zarpamos desde Barbados, donde habíamos tenido tiempo para hacer una gira que incluyó la Sunbury Plantation House, una gran casa típica de plantación o great house adornada con mobiliario de siglos pasados, arañas de luces y ambiente tradicional caribeño.
De lo tradicional pasamos a lo ultramoderno al embarcarnos en el crucero-velero Wind Surf, una nave de 14,745 toneladas de desplazamiento y capacidad para 312 pasajeros. Tiene cinco mástiles y siete velas —que se alzan como suaves suspiros al viento— manejadas por computadora. Acabado de salir de un remozamiento, sus camarotes tienen decorado náutico y son comodísimos. Incluye lujos como un iPod para oír sus canciones predilectas, televisión flatscreen y equipo para tocar CD y ver DVD. La comida es gourmet —el chef Joachim Splichal, del restaurante Patina en Los Ángeles crea menús para Windstar— y el ambiente es chic, pero a la vez informal y relajado, así que puede dejar el saco y corbata en casa.
El velero cuenta con una plataforma y equipo para deportes como el buceo, paseos en bote de vela, canoas, y esquí acuático. Todo se encuentra incluido en el pasaje, con la excepción del buceo tipo “scuba”, por el cual hay un cargo adicional.
EL RECORRIDO INICIA
Nuestra primera escala fue en Nevis. Una de las maneras más populares y divertidas de explorar esta islita, que forma una nación federada junto a St. Kitts, es en bicicleta. Nuestro barco ofrecía una excursión (US$119, incluyendo el uso de la bicicleta) para pasear por las colinas y llanos de Nevis, que están llenos de trechos creados en otras épocas, cuando la isla estaba colmada de fincas dedicadas a la cosecha del azúcar. Los paisajes campestres de la islita son preciosos y al terminar la excursión nos fuimos a refrescar a Pinney's Beach, una bella playa local.
La próxima mañana llegamos temprano a St. Martin, la isla “de doble personalidad”, pues una parte es francesa y la otra holandesa. Ambos lados viven en armonía y no hay requisitos de frontera para pasar de un lado al otro de la isla. Anclamos en Marigot, la capital de la parte francesa, muy pintoresca, con casas y edificios en colores de granizados, con excelentes restaurantes, tiendas con mercancía francesa incluyendo perfumes y modas. Otras opciones incluyen un safari a caballo y una excursión estilo regata en un yate velero, genuino de competencia en el America's Cup.
En St. Barts optamos por una excursión narrada (de US$189) por la capital de Gustavia, las villas de St. Jean y Lorient, y el centro vacacional Guanahani, un primor con casitas en estilo criollo, adornadas con buganvillas —enredaderas con flores de color fucsia, son de origen francés— y mar Pacífico, donde se ha hospedado Madonna varias veces, según nuestro guía, Frederic.
La sección antigua de Basse-Terre en la isla francesa de Guadalupe es compacta, ideal para explorar a pie, así que tomamos una caminata con guía (de US$39) para visitar el Quartier St. Francois, paseándonos por la plaza principal, la Catedral y mansiones antiguas restauradas. Antes de regresar al barco hicimos compras de artesanía local en uno de los mercados típicos, donde regatear es un pasatiempo público. Otra elección fue una excursión a la Reserva Marina Cousteau, nombrada en honor al legendario explorador marino Jacques Cousteau. Esta área protegida con su arrecife gris, por la acción volcánica de la región, ofrece buceo excepcional.
PARADA FINAL
St. Lucía, una de las más bellas islas del Caribe, fue nuestra última escala y teníamos la oportunidad de explorarla por helicóptero (US$189), vehículo todo terreno (US$169) o en una combinación de catamarán y minicamioneta (US$109).
Optamos por esta última y el catamarán nos llevó a pasear por la costa oeste de St. Lucía, pasando montañas de un verdor deslumbrante, valles llenos de platanales, playas doradas, villas de pescadores y los dramáticos Les Pitons, dos montañas gemelas volcánicas a una altura de 2,500 pies junto al mar.
En la villa de Soufriere nos bajamos del catamarán, tomamos una minicamioneta al volcán de Soufriere con sus emanaciones sulfurosas y luego visitamos los jardines Diamond Botanical Gardens, que poseen una bella cascada y baños minerales.
“Son vistas increíbles, dignas cada una de un cuadro”, dijo Sandy Cassello de Columbus, Ohio, comentando sobre St. Lucía y otros puertos.
Y son, se podría decir también, como joyas dignas de la vitrina de la joyería más fina.