El Porvenir

En cuanto la idea del Diluvio se sosegó.A.R. En la calle se establecieron fúnebres negociantes.De las carnicerías el tufo de mil bestias degolladas inundóla mañana de nuestra primera infancia.La sangre corrió en los circos y las embarcaciones.En la casa de Dios. En los altos edificios aún chorreantes,los niños contemplaron las extrañas imágenes.La sangre corrió. Los […]

En cuanto la idea del Diluvio se sosegó.
A.R.

En la calle se establecieron fúnebres negociantes.
De las carnicerías el tufo de mil bestias degolladas inundó
la mañana de
nuestra primera infancia.
La sangre corrió en los circos y las embarcaciones.
En la casa de Dios. En los altos edificios aún chorreantes,
los niños contemplaron las extrañas imágenes.
La sangre corrió. Los vendedores de pólvora, los traficantes
de armas
celebraron con pompa el próspero suceso. En la casa
del ministro, el general aderezaba los muslos de Efigenia.
El sol negro reventaba en el arco del triunfo. La reina,
la Maga, la que siempre nos ocultaba el porvenir, dijo
por fin que el fin del mundo había comenzado.
Pero esta vez no había embarcación.
El mar estaba seco. Todo era ruinas, miserias, tempestad.
Las visiones de San Juan brotaban de los ojos del animal
de mil cabezas.
No apareció la liebre aquella mañana ni dijo su plegaria
el arcoiris a través de la tela de araña. El porvenir
apenas había comenzado.
revientan las estrellas.

Sobre Cenizas

Caen del cielo copos negros de ceniza, nieve negra,
cenizas del cañaveral,
el cielo es negro negra también la tierra,
oscuros son los dioses del desastre.
No cesa la ceniza de caer plumas de lucifer Ave fatal y
fatídica
sobre muebles colchas cortinas el espejo y los
libros
en el cuaderno mismo
invadiendo lo blanco y lo negro: tablero de ajedrez,
su negrura de muerte, su evasiva respuesta a la muerte del tiempo,
el polvillo dorado de alfileres penetra cada poro e introduce
su amargura azucarada,
su miel de oscuro vidrio resquebrajado en el crepúsculo.
Sobre cenizas escribo entre cenizas buscando en el rescoldo
de la página manchada
una sola palabra que al soplarla irradie su esplendor.

Alfonso Kijadurías Quezaltepeque, Salvador, 1940. Ha vivido en Madrid, París, Nueva York y Vancouver haciendo de traductor. Algunas obras: Toda Razón Dispersa, Antología, 1998; Reunión, Antología, 1992; Obscuro, 1997; Es Cara Musa, 1997. También ha escrito obras en prosa, desde Cuentos (San Salvador, 1971) hasta Gravísima, altisonante, mínima, dulce e imaginada historia 1967-1991.

La Prensa Literaria

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