- No se resignan a quedarse sin trabajo, mientras que las autoridades locales se hacen de la vista gorda con este drama que viven centenares de hombres, según denuncian abanderados de esta causa
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El Policlínico de Puerto Cabezas parece una maternidad. Es un viejo edificio de dos pabellones, unido por un pasillo amplio, que desde muy tempranas horas se inunda de mujeres muy jóvenes que llevan sus hijos en brazos. Algunos bebés lloran inconsolables y a grito partido por el malestar que padecen. Otros, que sólo están ahí para cumplir un control rutinario, como recibir una vacuna, duermen con el pezón de las mamás dentro de sus bocas.
Los únicos colores de esas paredes que no reciben una mano de pintura desde hace años son de los afiches con figuritas que aconsejan sobre la lactancia materna y la prevención de enfermedades respiratorias entre los menores.
Todos los días, a las siete de la mañana, Raudel Salomon, de 48 años, atraviesa este pasillo de madres y niños. Salomon, con el apoyo de un bastón, va hacia la sala de fisioterapia que se localiza al fondo del pasillo interior del Policlínico.
El salón de fisioterapia es un pequeño espacio en el que hay unas barras, un par de bicicletas, unas colchonetas y una bola de goma para hacer rehabilitación. Salomon, quien hasta hace unos meses fue un buzo activo, avanza muy lento. Su andar es pesado. Pareciera que dentro de sus tenis blancos llevara un par de imanes que lo pegan al suelo.
En la sala de fisioterapia se encuentra con otros dos buzos: Gilberto Mendiola y Rosalío Filmor. El primero llega apoyado en un bastón como Salomon, mientras que Filmor va en una silla de ruedas que empuja su hermano. Con ellos hay dos personas más en rehabilitación.
Cada uno de los buzos cumple una rutina diferente. Salomon entra a la sala, se va hacia un rincón, se sienta y se saca el pantalón de jeans, la gorra y la camiseta a rayas que lleva puestas. Se queda más cómodo en short y camisola, y comienza sus ejercicios de estiramiento en las colchonetas.
Gilberto Mendiola se prepara e intenta andar en una bicicleta estática, en tanto que Filmor, quien está en short y sin camisa porque el calor ahí adentro es sofocante, trata de caminar por las barras paralelas.
La fisioterapeuta Silvia Malespín dice que todos ellos llevan varios meses yendo a las sesiones de rehabilitación y que han avanzado mucho en comparación a como llegaron. “Son disciplinados, se preocupan por salir adelante”, dice Malespín, quien recuerda, por ejemplo, que Salomon llegó en silla de ruedas hace un año y que ahora ha progresado al bastón.
“Lo triste es que muchos de ellos quieren curarse para volver al mar”, dice Malespín, quien advierte que la mayoría, por el tipo de lesiones que sufren, no deberían volver a meterse al mar y mucho menos practicar el buceo, pero “ellos siempre dicen que la necesidad los obliga”.
“En qué vamos a trabajar, si no hay más”, se interroga Salomon, quien es originario de la comunidad de Kara.
Alfredo Alvarado, presidente del sindicato, dice que la mayoría de buzos quisiera dejar ese oficio, pero que en esa región no hay más opciones.
Según las autoridades locales el índice de desempleo en el municipio de Puerto Cabezas, que cuenta con casi 70,000 habitantes, es del 35 por ciento y sólo en el caso urbano alcanza el 59 por ciento.
De los que trabajan, la mayoría vive de la actividad pesquera a lo largo del litoral. Sólo el buceo industrial, el que hacen los 28 barcos autorizados en la zona, emplea a más de 3,000 hombres y alrededor de 10,000 familias viven de este rubro.
“Nosotros tenemos esperanza que este nuevo gobierno nos ofrezca alguna otra alternativa”, dice Salomon quien ha hecho una pausa en una de las bicicletas. Hay que gritarle un poco para que escuche porque el buceo también lo ha dejado sordo.
Mientras Salomon habla, Filmor se pasa a la colchoneta, coloca una bola de goma debajo de su espalda y se estira todo lo que puede, sin despegar el tronco del piso. Malespín, quien está atenta a las rutinas de cada uno, dice que ahora hay muy pocos pacientes, que en los meses en que se levanta la veda, desde agosto hasta diciembre, cuando hay mucha langosta en el mar, suelen llegar más hombres con lesiones.
Maldición de buzos
Una canción miskita suena en las emisoras locales de Puerto Cabezas. La letra dice que cuando los buzos están bien les sobran mujeres y amigos, pero cuando se accidentan y quedan sin ni un peso, quedan totalmente desamparados.
En ese sentido, John Goff, empresario de Nafcosa, una de las cinco empresas que funcionan en la RAAN, dice que los buzos son hombres muy desordenados. “A veces se bajan de los barcos con 10,000 y 12,000 córdobas y a los tres días no tienen nada, todo se lo gastan en farra”, dice Goff.
El presidente del sindicato de buzos no contradice la versión del empresario, pero dice que no es la mayoría la que lleva esa vida.
“A estos hombres hay que comprenderlos, la mayoría no están capacitados, muchos de ellos no saben ni poner sus nombres, además el trabajo en el mar es tan duro que los enloquece”, asegura Alvarado.
Y agrega que independientemente de la vida desordenada, los buzos merecen condiciones laborales que por ahora las empresas no les ofrecen, y que la pelea es reducir tanto el nivel de riesgo en el trabajo como mejorar la situación económica de los buzos lesionados, que “viven en la miseria”.
Uno de los logros más importantes fue que a finales del año pasado las autoridades obligaran a los empresarios a hacer contratos laborales y a pagar el Seguro Social, sin embargo, Alvarado dice que todavía no se están cumpliendo a cabalidad esos derechos.
El abogado Carlos Brook, quien ha abanderado la causa de unos 20 buzos miskitos, entre enfermos y parientes de algunos fallecidos o desaparecidos en el mar, se queja de la retardación de justicia.
Brook dice que el juzgado laboral retarda los procesos con el fin de cansar a los demandantes y obligarlos a que se conformen con la cantidad que los empresarios ofrecen, que suele ser mínima y que en la mayoría de los casos no alcanza a cubrir los gastos médicos.
Tanto Brook como Alvarado están de acuerdo en que el buceo industrial debería prohibirse en la región. Los buzos Raudel y Filmor, quienes probablemente ya no podrán volver al mar, también están de acuerdo con el cierre de esa actividad, pero le temen al desempleo. “Nosotros queremos trabajar en algo porque tenemos familia y tenemos que vivir”, dice Raudel para despedirse. Se ha vuelto a poner la ropa con la que llegó y nuevamente, con su cuerpo tembloroso y pesado ha abandonado el Policlínico.