Adrián Flores es uno de los buzos miskitos postrado en una cama producto de los efectos devastadores que les deja el hecho de andar en el fondo del mar. (LA PRENSA/G. MIRANDA)

La calamidad les llegó de mar adentro

Entraron sanos al mar, pero salieron enfermos. Uno de ellos no ha vuelto a caminar desde hace tres años, y el otro camina pero con un temblor en todo el cuerpo. Es la historia de dos buzos miskitos, de dos víctimas de una tragedia de la que se ha dicho mucho, pero que sigue sin […]

  • Entraron sanos al mar, pero salieron enfermos. Uno de ellos no ha vuelto a caminar desde hace tres años, y el otro camina pero con un temblor en todo el cuerpo. Es la historia de dos buzos miskitos, de dos víctimas de una tragedia de la que se ha dicho mucho, pero que sigue sin pasar nada. Ellos cuentan su desgracia marina
[doap_box title=»117 muertos en una década» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Ernesto Taylor (otro buzo) dice que el nitrógeno acumulado, a través de los días, durante una faena, provoca malestares de dos tipos: inflamaciones musculares, dolores principalmente en las articulaciones, sensación de opresión, o bien, afectación nerviosa, que transmite la sensación de parálisis de la cintura hacia abajo o adormecimiento en el cuerpo.

Eso fue lo que le pasó a Martin y también a Adrián, síntomas parecidos han experimentado en los últimos años unos 640 buzos miskitos, que se han accidentado dentro del mar. Esa cifra y otra más desalentadora sobre este drama sin fin, la arroja, Alfredo Alvarado, presidente del sindicato de buzos de la RAAN: “En la última década han muerto unos 117 hombres por el buceo”, dice Alvarado.

Para las autoridades locales de Salud, es difícil corroborar el dato, porque muchos mueren en alta mar y van directamente a sus ranchos en sus comunidades.

Alvarado insiste en que el dato de los afectados es modesto. Asegura que en las comunidades que están a lo largo del litoral de la RAAN hay muchos miskitos que vegetan en sus camas, algunos, están abandonados a su suerte sin acceso a ningún tipo de servicio médico, y otros sobreviven gracias a la generosidad de sus familias.

Tanto Adrián como Martin estuvieron durante varias horas en la cámara hiperbárica, una cápsula de acero en la que estos hombres regresan a la temperatura marina y se descompresionan.

Adrián con el tiempo pudo volver a coger un vaso de agua con sus propias manos, pero hasta ahora no ha logrado caminar.

En el caso de Martin, gracias a las horas dentro de la cámara y a la fisioterapia, ha vuelto a andar, pero sus piernas avanzan lentas, como si llevaran plomo. La empresa con la que trabajaba sólo le dio 1,500 córdobas en las primeras semanas de su rehabilitación. Desde entonces no lo han vuelto a ayudar. Justamente, viajó a Puerto Cabezas desde Sandy Bay a buscar apoyo, a buscar trabajo.

Le gustaría ser capitán de barco, dice. De eso les está hablando a los demás miskitos que como él comparten desgracia en una esquina de ese parque, al lado de la calle central, por donde pasan las camionetas de todas las autoridades de Puerto. Adrián, en cambio, no puede salir. Ni siquiera tiene una silla de ruedas para salir a tomar el sol. Los únicos rayos que recibe, le llegan a través de su ventana. Su piel se ve amarilla. Los rayos del sol que entran por la ventana, hasta donde se oyen los gritos de Goku cada vez que gana una batalla en el mundo imaginario de la pantalla, no son suficientes.

[/doap_box]

  • Ver Infografia >

    I de II ENTREGAS

    Cada vez que Adrián Flores mira por la tele a Goku, el dibujo animado de Dragón Ball, escapa por unos minutos de su realidad. El héroe de esta manga japonesa, que ve por el cable desde su cuarto en el barrio San Luis, en Puerto Cabezas, le ayuda a olvidar que, desde hace tres años su cuerpo está muerto de la cintura para abajo, y que lleva todo ese tiempo postrado en una cama, con la mitad de su cuerpo inmóvil, que se marchita en unas sábanas que su esposa cambia todos los días.

    Es cierto que Adrián nunca voló como Goku, pero hasta los 25 años corría y se sumergía en el mar a sacar langostas, en una faena peligrosa, a 25 ó 30 metros de profundidad, como lo hacen varios miles de miskitos, que desde hace tres décadas malviven del buceo artesanal en el Atlántico Norte de Nicaragua.

    Adrián pasa los días en una de las dos habitaciones que hay en la casa de su suegra, adonde se fue a vivir desde que se accidentó, con su mujer y sus cuatro hijos.

    “Estaba construyendo la casita cuando le pasó eso, por eso no pudo terminarla”, dice Ana Mora, su esposa, quien desde hace tres años asumió la jefatura del hogar.

    Ana, que lava y plancha ajeno para mantener a su familia, recuerda que a su marido se lo trajeron vivo, pero con el cuerpo tieso. “No movía nada, nada”, dice, y con cierto desconsuelo, cuenta, que en su caso, no había ninguna empresa a la cual pedir apoyo, porque Adrián trabajaba por su cuenta.

    Con otros buzos se iba en un bote a sacar langosta hasta Corn Island, en el Atlántico Sur. Luego, el “producto” que sacaba del mar, lo vendía directamente a un acopiador de langosta.

    Había tardes en que Adrián bajaba del bote con dos y tres mil córdobas en la bolsa, por un solo día de trabajo. “Él traía buena plata del mar”, dice Ana, quien siente nostalgia por esos buenos tiempos en que no le faltaba nada a sus hijos.

    En una faena de 11 días, un buzo, puede abandonar el barco, con cinco o seis mil córdobas en el bolsillo. El dinero depende de la cantidad de libras de langostas que puedan sacar del mar.

    Por cada libra de langosta un buzo gana 3 dólares con 50 centavos. Alvarado dice que una lucha del sindicato es aumentar a cuatro dólares la libra, porque no es justo que ellos ganen tan poco, mientras los empresarios venden cada libra a 16 dólares.

    Tampoco le parece justo el trato que los buzos obtienen una vez que salen afectados del mar. La mayoría no recibe ningún tipo de indemnización por los daños a su salud, y casi ninguna ayuda para su rehabilitación.

    EL PARQUE DE LOS LAMENTOS

    En el parque central de Puerto Cabezas abundan los árboles de laurel de la india. A la sombra de esa arboleda, en sus bancas, se sienta un grupo de hombres a compartir desgracias. Todos son miskitos. Casi todos son buzos. Y casi todos han sido afectados por la descompresión en lo hondo del mar. Mientras conversan en miskito, algunos apoyan sus manos en palos, que resultan ser bastones, pero eso sólo se nota cuando se ponen de pie e intentan caminar.

    Roger Martin, de 45 años, es uno de los que está sentado a la sombra de un laurel. Martin, con la piel tostada y curtida por años de exposición al sol, empezó a bucear a los 15 años. Dice que era la única opción, y que es el oficio inherente que les toca aprender a los muchachos en Sandy Bay Sirpi, una de las comunidades miskitas que está sobre el litoral.

    A los 20 años, cuando “ya era un buzo profesional”, se fue a bucear a El Bluff, en Bluefields, recuerda con cierto orgullo este hombre delgado y de pecho pronunciado, que ahora está sentado, pero que en unos minutos, cuando acaba la conversación se pone de pie y camina con temblor en el cuerpo, como si llevara un resorte por dentro, como si padeciera mal de Parkinson y se le hubiera regado por todo el cuerpo.

    Martin, que hizo un receso con el buceo durante los años ochenta para unirse a la guerra, como gran parte de los miskitos, ha vuelto a dejar el buceo, y esta vez cree que para siempre, porque su cuerpo cambió para siempre la tarde del martes 19 de septiembre del 2006.

    Estaba en alta mar. Había salido en un barco de la empresa Chamarnic. El barco estaba estacionado cerca de la línea divisoria con aguas marítimas colombianas. Había hecho siete u ocho inmersiones, y cada vez sentía la necesidad de hundirse más adentro del agua, porque las langostas se hallaban más en lo profundo. En uno de los regresos, cuando venía de vuelta a la superficie empezó a sentir una mordida en el brazo derecho. “Sentía como si estuviera cortando con un cuchillo”, dice. Pese al dolor continuó su ascenso. Con dificultad alcanzó el bote, donde lo esperaba el cayuquero. Recuerda que le costó mucho pasar el cuchillo y alcanzar el canalete, hasta que intentó salir del agua, supo que el cuerpo no le respondía. “Yo trataba de agarrarme duro, pero me caía solo”.

    Martin sufrió de síndrome de descompresión, como le llaman los médicos al efecto que produce en los buzos el exceso de nitrógeno que les queda en el cuerpo. Los buzos adquieren el nitrógeno a través de los tanques de oxígeno, que en condiciones normales el cuerpo lo expulsaría a través de la respiración, pero debajo del agua eso es imposible.

Reportajes

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí