- Bajo su diminuta figura, se ocultó siempre un competidor feroz. Así era Julio Cuarezma, el “Julito” que entró pisando fuerte los campos del beisbol nacional y que llegó a escribir páginas gloriosas en el deporte nacional, pero sobre todo dejó su ejemplo de entrega total a la causa que defendió siempre con mucho orgullo: la selección nacional
Julio Cuarezma, gloria del beisbol nacional
[email protected]
Cuando su hermano mayor Abelino le dijo que se subieran a través de un árbol al techo del Estadio Nacional de Managua, para presenciar desde allá arriba un partido de beisbol porque no tenían para pagar la entrada, Julio Cuarezma la pensó.
“Por un lado, tenía miedo que nos fuéramos a caer y también que nos agarrara la Guardia y termináramos en la cárcel, pero Abelino insistió y nos subimos. Además, yo tenía entonces 14 años, y a esa edad, uno es ágil y decidido”, recuerda Julio sobre aquella noche de 1970.
Y ahí sobre el techo, Cuarezma se encontró con que tenía una mejor vista que todos los que había pagado para ingresar al coloso de concreto, pero además, estaba tan a gusto y emocionado con el juego, que le dijo a Abelino: “el otro año yo voy a estar ahí abajo, jugando”.
Abelino sonrió incrédulo, pero así fue. Al año siguiente, su papá lo llevó a los entrenamientos del Bóer-Victoria y pese a las dudas de los directivos por la aparente fragilidad de su cuerpo, Cuarezma hizo el grado, se quedó en el equipo y para 1971 estaba en la Selección Nacional de Beisbol de Nicaragua.
“Fijate que recuerdo bien el primer día que llegué de la mano de mi papá a los entrenamientos del Bóer. Él pidió que me probaran y Oscar Lanzas (directivo del club) le dijo que yo estaba muy chavalo, que ese juego era para hombres. Mi papá se quedó un momento en silencio, pero al rato dijo: ‘pruébelo, si no le gusta, móntemelo en un taxi y me lo manda para la casa. Yo lo pago allá’”, rememora Cuarezmita.
En efecto, Julio llegó en un taxi, pero ya convertido en un miembro del equipo Bóer-Victoria, el mismo en el que militaban entre otras figuras Porfirio Altamirano, Calixto Vargas, Julio Espinoza y muchos otros jugadores que brillaron con luz propia en el firmamento del beisbol nacional en los años setenta.
“Mi primer Mundial fue el de ese año (1971) en Cuba. Recuerdo que jugué la tercera base porque Valeriano Mairena se fracturó una mano y no pudo jugar. Lo hice bien y me quedé en el equipo por varios años más”, recuerda Julio.
Pero tu primera vez en la Selección Nacional fue desde niño, ¿no?
Sí, desde los ocho años yo ya andaba en Selecciones. Fui a México y a Costa Rica. Mis padres me apoyaron bastante y me aconsejaban que tenía que entregarme de lleno al juego. Así que temprano aprendí a no guardarme nada, a jugar al máximo. Y así lo hice.
¿Qué fue clave para tu desarrollo?
El talento que uno trae, el escuchar consejos de los mayores y tener buenos entrenadores. A mí me aconsejaban mis padres en la casa y luego amigos de ellos como el “Chino” Meléndez, Paco Soriano, “Momo” Niño Obando y otros.
¿Siempre fuiste así, dinámico al jugar?
Sí, siempre jugué alegre y con mucha garra. Yo corría hasta cuando me ponchaba, ya no digamos al batear un hit o un extrabase. Y la gente llegó a apreciar eso. Por eso aún me saludan con alegría cuando vengo a Nicaragua.
¿Y tu infancia, cómo fue?
Normal, como la de cualquier chavalo de barrio. Recuerdo que el primer regalo que mi papá me dio en una Navidad fue un guante de plástico con una bola de aserrín y un bate. Él se ponía a bolearse conmigo. Así que desde la casa aprendí a querer el beisbol, pero mi papá me decía que lo primero, eran las tareas de la escuela y así se hacía en la casa.
Pero llegaste a graduarte…
No. Yo me bachilleré y hasta tuve una beca para estudiar en Estados Unidos, pero no me gradué porque no hablaba inglés. Lo que más hubiera deseado en mi vida era una carrera profesional, pero no lo conseguí, por eso siempre aconsejo a los jóvenes, a mis hijos, que primero los estudios. Sin una carrera profesional, uno no es nada.
En el beisbol, sí te graduaste, ¿no?
Yo vivo orgulloso de mi carrera, porque como te dije, no anduve con reservas, siempre jugué fuerte. Yo jugué seis años en las pequeñas ligas, un mes en la juvenil y a los 15 años estaba en Primera División y luego en la Selección Nacional, y siempre jugué alegre, con mucho dinamismo. Disfruté el juego.
Cuando chavalo, ¿cuál fue tu primer equipo?
El Milca Roja con el señor Fernando Velarde, el peruano, que era un entusiasta con todos los deportes. Luego jugué con Carlos “La Pava” Corea, con quien incluso fui a México.
De ese viaje a México se ha hablado bastante, hasta de Cantinflas…
Es cierto. Fijate que “La Pava” nos seleccionó a unos seis del barrio para ir, pero había trabas con lo de la visa. Al final resulta que no hay viaje. Yo me fui a la casa pero no desempaqué la maleta. Y como a las once de la noche, pasó el bus y nos fuimos a México por tierra. El bus se fregó y nos mandaron a traer en un Pullman y cuando preguntamos quién nos había mandado a traer nos dijeron que era Mario Moreno, Cantinflas.
¿Conociste a Cantinflas?
Claro. Nos regaló dinero. Recuerdo que llegó en una limosina a saludarnos. Y en cuanto se bajó lo reconocí porque sus películas las mirábamos con mi papá, para quien Cantinflas era su ídolo. Hasta traje una gorra firmada por él y nos tuvo un especial cariño. Iba a vernos jugar y todo. Hasta nos regaló un motor nuevo, llantas nuevas para el bus que se nos había dañado en el viaje.
Pero dicen que ese bus no vino a Nicaragua, que se perdió en el camino…
Eso yo no sé (ríe bastante). Uno chavalo no anda tan pendiente de esas cosas, pero Cantinflas fue muy especial con nosotros.
¿Salís de la categoría infantil y vas a la juvenil casi fugazmente?
Sí, después de la infantil, pasé al equipo juvenil Hasbani, siempre con Corea, pero sólo jugué dos semanas porque después me fui a Camoapa a jugar Mayor A. Aún no tenía 15 años. Y en Camoapa conocía a Leoncio Martínez, Antonio Herradora, Heberto Bonilla, Denis Laguna y Calín Rosales, entre otros. De ahí, pasé al Bóer, que en esa época entrenaba en la Quinta Susana y era dirigido por Calvin Byron. Ahí fue donde Oscar Lanzas dijo que yo estaba muy chavalo, pero me quedé en el equipo, ya en Primera División.
¿No te resultó brusco el salto?
No. Yo te dije que mi papá siempre me preparaba física y mentalmente en la casa. Cuando llego a Primera División, tenía 15 años y pesaba 100 libras, por eso era lógico lo que pensaba Oscar Lanzas, quien dijo que yo no le sacaría el bate a Julio Juárez o a Sergio Lacayo. Y lo que son las cosas, hago el equipo como short stop y el primer juego es contra Juárez. Le batié de 4-2. Al día siguiente a Lacayo, también de 4-2. Oscar Lanzas fue luego a felicitar a mi papá.
Campeón bate en el Mundial de 1974
Después de una carrera llena de éxitos desde las ligas infantiles, Julio Cuarezma llega a la Selección Nacional Mayor en 1971 en Cuba. Y un año más tarde, formó parte también del glorioso plantel que emocionó a este país en la XX Serie Mundial, cuando se le ganó a Cuba.
“Ese año (1972) los comodines en el equipo éramos Gersán Jarquín y yo. Y nos quedamos en el equipo porque Cirilo Errington fue separado de la Selección en los días próximos al Mundial. Así que Jarquín y yo sentíamos cierta presión porque sustituir a Cirilo era difícil”, señala Julio, sentado en la redacción central de LA PRENSA.
Sin embargo, un triple de Cuarezma, que salvó a Nicaragua frente a Puerto Rico, en uno de los triunfos más difíciles y dramáticos en ese Mundial de 1972, preservó en la memoria popular al diminuto pero explosivo jugador del Barrio San Luis, de Managua, para siempre.
No obstante, su consagración llegó dos años después, cuando en el Mundial de 1974 en San Petersburgo, Florida, se convirtió en Campeón de bateo, con un promedio de .474, muy por encima de una constelación de prospectos que luego llegaron a estrellas en las Mayores.
“Ese fue un gran momento para mí y para la propia Selección Nacional. La gente me habla a menudo de ese título de bateo y la verdad es que siento mucho orgullo de mi labor en ese torneo, en el que casi somos campeones mundiales, pero al final, fallamos en los juegos claves. Pero sabés qué fue lo más curioso de ese torneo: que no habían trofeos. Carlos García salió corriendo a comprar unos y así fue que me dieron uno como líder de bateo, máximo empujador y otro como mejor jardinero izquierdo del Mundial”, recuerda.
Para 1979, Cuarezma saltó al beisbol rentado con los Cerveceros de Milwaukee y ahí se acabó su presencia en la pelota pinolera. Fue asignado a las Abejas de Burlington, en Iowa, Clase A, pero una rodilla lastimada no lo dejó avanzar, además que sus 26 años no dejaban ya mucho tiempo para experimentos.
“Muchas personas me preguntan si hubiera llegado a las Grandes Ligas y yo creo que sí. Pero como les ha pasado a otros, firmé muy tarde y en esas condiciones, era difícil, aún así, estoy agradecido de lo que hice”, afirma.
Tras la revolución de 1979, Cuarezma se fue a Guatemala donde se involucró en el softbol como jugador y entrenador. También estuvo en El Salvador, donde jugando pelota, ayudó a la coronación del equipo Hispanoamérica, que le puso fin a una sequía de más de 20 años sin una corona. Ahí jugó junto a Cayetano Rostrán y Leoncio Martínez, y contra los también nicas Chéster Davis y Cirilo.
Ahora Cuarezma vive en Miami junto a su esposa Adela y sus hijos Julio César de 27 años y Joel de 23. También tiene dos nietos. Ahí en la Florida, trabaja como un obrero de la construcción, mientras en Nicaragua es recordado siempre como una leyenda, como el chavalo que nunca envejeció y que siempre jugó tan duro como pudo.