- Una semblanza poética de Álvaro Urtecho
Si los daneses se enorgullecen por haber contado entre sus coterráneos al poeta Olger Drachmann, Príncipe de los Líricos, también los nicaragüenses nos hemos enseñoreado ensalzados con la grandeza del poeta Rubén Darío, Príncipe de las Letras Castellanas.
De manera que estos orfebres del lenguaje acicalador de la belleza, heredan abundantemente el oficio y los instrumentos con los que se agenciaron para escalar la cima sin límite.
De modo que Nicaragua goza de la fertilidad promocional de talentos escogidos por la naturaleza. Ejemplo de ello es la trayectoria cuasi impecable de estos humanos cuya ascendencia es el semillero propulsor de la inteligencia, edificadores del reino de la palabra, donde se recuesta el candor de los santos, sensibilidad bendita que promulga, como hacen los apóstoles de Dios en las reyertas calles de los hombres, solidaridad y amor por este mundo cada día más árido.
Al pie de la radiación de la universalidad dariana se alza el dúo: Azarías H. Pallais y Alfonso Cortés, con la aparición inmediata del agigantado y solitario poeta Salomón de la Selva.
Con portentosa afluencia surge la Vanguardia, movimiento literario de extraordinarias dimensiones, que abre brechas en suma para cimentar las torres como iconos, con los cuales se construye una novedosa, atemporal concepción de la poesía, de los cuales, algunos de sus integrantes y atalayas en el magisterio para los nuevos poetas que se encargarían de proseguir con el fundamento literario del grupo vanguardista.
A raíz del ajetreado Vanguardismo asoman, como lo hacen las flores singulares en el jardín de experimentos botánicos, los poetas Juan Francisco Gutiérrez, Francisco Pérez Estrada, Julio Ycaza Tijerino y Enrique Fernández Morales.
Sin embargo, alrededor de los años 40 se oyen las voces estrepitosas, como de tenores en el burbujeante emblema de la poesía, los poetas Carlos Martínez Rivas, Ernesto Mejía Sánchez y Ernesto Cardenal que reafirman el conceptualismo del Movimiento vanguardista.
Así, sucesivamente, en forma esporádica nacen grupos de poetas totalmente emparentados con la enseñanza de la Vanguardia. Por la década de los 60 se le ve cruzar por la cafetería La India al espontáneo Álvaro Urtecho, originario de la ciudad de Rivas. En ese momento se le nombró: El Duque Lírico.
Dotado de una diafanidad, cualidad que a través de los años no ha perdido vigor, y que por supuesto es una constante en su comportamiento.
Son los esplendorosos días que con intensidad se entrega a sus convicciones filosóficas: arrebatado por sus inquietudes humanas, alcanza connotaciones metafísicas, en algunos párrafos de sus asombros. También se leía a Rimbaud en sus labios.
Muchos conocieron su precocidad antes de marchar a España donde se embebería, innata costumbre de embebecimiento por llenar su sed, de la cultura popular, histórica y, a escritores y poetas, no sólo españoles, más bien su intrépida imaginación absorbe brillantemente los movimientos poéticos y artísticos del momento europeo.
Deambula, excursiona por el viejo continente. En El Estanque del Prado tiene largas tertulias con el Apolo de Belvedere acerca de los poetas solícitos en armas, entre ellos Manrique y Garcilaso y un sinnúmero de magníficos escritores y poetas españoles.
Se detiene un poco y ausculta a la generación del 27 y a los muchos que le precedían o los tantos de asombrosos resplandores como el creador de las Greguerías, Alberti, etc. Convivió con la Europa de los museos. En los veranos madrileños se pasea acompañado por el magisterio de C.M.R., El inteligente como lo solía citar el profesor Constantino Láscaris. Personajes con los que se encontraría en Costa Rica, uno como su profesor de filosofía y el otro siempre íntimo de la lírica bohemiana; época intensa que lo ahonda de acontecimientos. Esos golpes tan fuertes lo perturbarán pero no lo debilitarían, sino que consolidarían el ímpetu de su lírica.
Tiene la agudeza del Cóndor, es habitual en él la insistencia por derrochar lo inédito. Por lo que Álvaro, como norma de vida, tiene que acudir a los pensamientos de su corazón. En Costa Rica la vida lo conmueve con sorpresas ingratas Le sorprende nuevamente el dolor, la profunda angustia. Primero fue su madre: golpe duro, tenaz del que aún no se repone.
Inicia un nuevo camino, una vida golpeada, insegura, desamparada. Trata de incorporar la resignación y reacomodarse a la vida que le ofrece una porción de nobleza y virilidad. Logra refugiarse en ese talante, suntuoso se desenvuelve y logra acumular cantidad de cariño para su persona. Pero eso dura el mismo tiempo que con el rabo de ojo puede uno vislumbrar nuestra pasada vida: pues el apoyo paternal se ha marchado a la eternidad.
Comienza a buscar desde lo mas hondo de la existencia un sentido que le ilumine una validez asertiva para proseguir con su vida, se encuentra, de pronto con el nihilista para el que aun la esencia del vivir, es apenas, sólo un viento descarriado que pasa por sus narices; sin embargo, evocando la ternura maternal, logra congeniar su yo con su mundo exterior: renace el joven romántico con un libre albedrío desbocado. Se retrae y estoicamente enfrenta a la vida. Ahí anida la cotidianidad de su pluma, alimentada por la fuente del intrínseco.
Tiene un tono coherente con el niño que lleva en su alma. La fluidez en su maestría forma parte de esa mirada alegre que le invade a lontananza, es parte del convite laborioso como inocencia que le habita el infinito. Porque en él su conciencia es el nutriente de su creación; carece de fraude. Su ejercicio poético es transparente, un milagro que le frecuenta, ajeno al montón de bárbaros que adulan el Don.
Su temperamento poético es mucho más grande que él, en cada expresión frecuenta la inteligencia lírica, es decir, Álvaro es el Duque de la lírica sin restricción. La atracción obedece a la imaginación, seduce a la vida con los esplendores de su niñez, la que le proporciona una inmensa claridad pero, emancipado como un hombre orgulloso de su mutable crecimiento; silencio que comparte con el bullicio de sus sueños. La vida no le sorprende con sus amagos. Él ríe de la tristeza: (Bebí mis lágrimas. . . /aceptado el dolor ), con la misma intensidad que solloza con la alegría. Sin la poesía la vida de este hombre sería algo insólito y decrépito. Estaría hundido sin universo. Sus hábitos formarían la gran sombra caída al vacío, multitud de espectros le acompañarían.
De manera que este poeta es exigente: su vigilancia no duerme. Tampoco reniega de la intimidad de sus amigos, aquellos (y a los que evoca en el misterio) que le colmaron de voluntades e intenciones para fundamentar la ruta de su vocación y le enseñaron la precisión de la beatitud en la obscena realidad callejera. No obstante, él construye otra realidad en el hondón de su espíritu, con su propia sangre. Su sangre llena de sortilegios y delirios acomodando en cada amanecer una nueva flor en su memoria.
Y mencionar títulos, actores, autores; sería hurgar en ese largo desvelar.
No cabríamos ni tendríamos el chance de rebasar esa extensión, donde cada paso es un horizonte de misterio y albur. Abrigos del alba acogen sus lecturas. Oficioso sentido de la instrucción que no ceja ni deja de ser apremiante y placentero. Desde entonces todo es un empezar de nuevo, corroer como principio para llegar al seno de la verdad. Cada verso es un concierto. La estructura orgánica se conmueve. Símbolos en constante renovación, la perenne obsesión de la eternidad apegada al alma, al abstracto, al sufrimiento coadyutorio con el placimiento. Son las efusiones de la vida. Y luego se acrecienta lo poético: se integra, se funde en todo su paroxismo.
Revolver las formas para absorber el estilo que precisa la intuición y la armonía. ¡Todo es tan recóndito en la transición del poema, pero de su mano la magia se desplaza!