Querido Padre Alberto:
Le presento un tema difícil, pero sé que me contestará con sinceridad.
Además, parece que últimamente esto es lo único que se escucha en las noticias. Nadie habla de los maestros abusadores, los padres abusadores, ni de los muchos otros que le hacen daño a los niños a diario en nuestra comunidad. Nos dan la impresión de que éste es un problema que sólo existe entre sacerdotes —y además sólo en la Iglesia católica—.
¿Qué tiene que ver el supuesto '”abuso”' de alguien hace 20, 30 ó 40 años con el comportamiento de un adulto hoy en día? ¿Es que todos los maltratados o los abusadores se pueden justificar con algo que les hicieron en su pasado? ¿Hasta cuándo vamos a seguir viendo y escuchando estas cosas?
Yo crecí con sacerdotes y monjas en mi país. Todos, sin excepción alguna, fueron ejemplares y los mejores educadores que he tenido en mi vida. Incluso, después de años de casada y con hijos, sigo manteniendo contacto con muchos de ellos. Los considero parte de mi familia.
¿Cómo nos protegemos de estos abogados y acusadores sin escrúpulos?
Marta Susana, adolorida por las acusaciones
Estimada Marta Susana:
No soy quién para juzgar a los abogados, ni a los acusadores de hermanos sacerdotes. Todo esto nos duele mucho, pero no debemos caer en la trampa de irnos a los extremos, sin reflexionar sobre lo que estamos viviendo. Las cosas en la vida toman tiempo en descifrarse y entenderse. A veces la verdad sólo se conocerá —a plenitud— cuando lleguemos al cielo y nos veamos cara a cara ante Dios.
Desde hace tiempo, al ver este ambiente de acusaciones contra sacerdotes, tomé algunas decisiones drásticas, pero necesarias. Por ejemplo, en mi parroquia tengo “servidores del altar”' “—no monaguillos—”. Todos los que asisten a las misas son “mayores de 21 años” y ya no acepto niños. ¿Suena extremista o muy radical? Quizás sí. Pero creo que vivimos en una sociedad de extremos y es la única medida que funciona a la hora de la verdad. Además, ningún menor de edad entra en mi rectoría sin estar acompañado por su madre o padre —sin excepciones—. Hace años puse cristales transparentes en todas mis oficinas de Radio Paz, las parroquias donde he servido y hasta en los confesionarios. No me encierro con nadie en ningún momento. ¡Qué mundo éste!
Los sacerdotes somos hombres de carne y hueso. Sólo con la gracia de Dios, y por su infinita misericordia, podemos servirle. Cuando Dios llama a un hombre a ser sacerdote, no llama a un maniquí, ni a un extraterrestre. Los curas tampoco son ángeles. Dios llama a seres humanos frágiles y limitados. Personas que son capaces del bien y del mal.
Creo que la mayoría de los sacerdotes, a la hora de confesar, aconsejar y orientar, tratamos de ser misericordiosos y comprensivos con todos. Muy a menudo nos toca acercarnos a todos con sus limitaciones humanas, para ofrecer perdón y compresión. Ahora, somos nosotros, los que quizás necesitamos un poquito de misericordia.
“El que no tenga pecado, que tire la primera piedra…” (Jesús , en Juan 8:7).
Un abrazo,
Padre Alberto
Envíe sus cartas a:
Rev. Padre Alberto Cutié
Radio Paz 830 AM
PO BOX 421500
Miami, Fl 33142
www.padrealberto.com