- En la finca de un matrimonio nicaragüense-colombiano, en Bogotá, desayunan gallo pinto y festejan con ajiaco
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La Nicaragua de Constantino García es más que una postal de la campiña suiza. Es un chalet de tejas rojas, paredes blancas y amplios ventanales, desde donde —a un radio de 180 grados— se miran otras quintas parecidas, rodeadas de prados muy verdes por los que corren mastines libres y pasean tranquilas vacas holstein.
En esa Nicaragua, donde no hay calor sino que más bien hace frío, ha habido dos vacas de pintas negras y blancas. Constantino, el propietario del lugar las bautizó como Managua, a la madre, y Granada a la hija. La idea de Constantino es que todo en esa estancia, que está empotrada en la cordillera andina, a más de 2,700 metros de altura y a 20 minutos de Bogotá, la capital colombiana, evoque a la tierra que lo vio nacer.
Por eso, la finca lleva el nombre de su país, Nicaragua, que se lee en la entrada, en mosaicos blancos. Por eso, en la puerta de la entrada, en lugar de una herradura que atraiga buena suerte, se distingue el escudo nicaragüense en madera. Por eso, adentro, hay un pequeño bar en el que no faltan botellas de Flor de Caña, miniaturas de barro importadas desde San Juan de Oriente y artesanías de Masaya. Es su manera de estar sin estar.
A sus 61 años, Constantino García, ha pasado más de la mitad de su vida fuera de Nicaragua. Llegó a Colombia, por primera vez, en 1972, después del terremoto que destruyó a Managua. Había estudiado medicina en México y quería especializarse en oftalmología en el prestigioso Instituto Barraquer de América, con sede en Bogotá.
A pesar que en Colombia se había establecido su hermana mayor y su mamá, la meta de Constantino, al finalizar estudios, era volver y echar raíces en suelo nicaragüense.
LLEGÓ EL AMOR
En los tres años y medio que duró la especialización conoció a Conny Cortés, una bogotana menor que él, que había terminado arquitectura, y con quien estuvo saliendo durante todo ese tiempo.
En el decálogo de principios de Constantino había tres cosas inquebrantables: nunca viviría en el extranjero, no se casaría con una extranjera (pues había visto la mala experiencia de nicaragüenses con mexicanas) y nunca sería vecino de un militar. Concluyó pues su especialidad, se despidió de Conny sin traumas y regresó a Nicaragua.
Sin embargo, puntual, una vez al mes, le escribía una carta a la dulce bogotana con la que había compartido tanto. A los meses la invitó a Nicaragua. Ella viajó y pasó una Semana Santa en Managua. La impresionó el calor de la tierra y de la gente. Sin decirle nada a Constantino, Conny pensó que podría vivir en ese país tan cálido. Se volvió y al mes recibió una carta en la que le proponían matrimonio.
En diciembre se casaron y se fueron a vivir a Nicaragua. Se instalaron en el barrio El Dorado. Vivieron allí, hasta que el período preinsurreccional los sometió a muchas peripecias que jamás se imaginaron vivir y los obligó a salir para Colombia.
“La guerra me sacó de mi país”, reconoce Constantino, quien sigue la realidad de su tierra por Internet. “Todos los días me llega LA PRENSA por Internet”, dice.
Tras refugiarse en la Embajada de Guatemala, de donde saldrían al Aeropuerto de Managua para abordar un avión peruano con pasajeros peruanos, mexicanos y guatemaltecos, aterrizaron en suelo panameño y de ahí, con la ayuda de los papás de Conny, saltaron a tierra colombiana, donde a los cuatro días, ambos, consiguieron trabajo en sus profesiones.
DE REGRESO A COLOMBIA
Constantino consiguió en la clínica Barraquer, donde había estudiado, y Conny en la compañía en la que había trabajado antes de hacer maletas para Managua.
Ahora, cada uno trabaja independiente. Él atiende en su consultorio privado por las mañanas y las tardes. Ella maneja su oficina también por su cuenta. Sus dos hijas, Andrea y Sofía, que viajan y estudian en Europa con pasaporte nica y que les gusta desayunar con gallo pinto, son ingenieras: una industrial y la otra química.