“El pastor bueno —dice el papa Gregorio Magno— debe estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas: Per pietatis viscera in se infirmitatem caeterorum transferat”.
(Benedicto XVI)
El término “pastor”, como sabemos, en sentido bíblico, comprende también a los gobernantes. Hablemos aquí, entonces, del gobernante bueno… y del buen gobernante.
El gobernante bueno actúa desde el corazón, contempla para captar. Dentro de su intención está hacer algo para suplir aquellas necesidades más apremiantes de sus gobernados. El gobernante bueno padece con el que sufre, no puede ser indiferente frente al dolor o la carencia de sus semejantes. El gobernante bueno es un hombre o una mujer de buena voluntad. Pero no es lo mismo hablar de un gobernante bueno que de un buen gobernante. En el buen gobernante destaca particularmente la capacidad intelectual y ejecutoria; en el gobernante bueno, la bondad u hombría de bien.
¿Quién será mejor o más exactamente que será preferible: un gobernante bueno o un buen gobernante? Contéstese usted mismo la pregunta.
Lo ideal es que el gobernante reúna en su persona ambas cualidades: bondad y capacidad. Un hombre bondadoso, de buenos sentimientos, pero incapacitado para gobernar, no funciona como mandatario de una nación, a menos que detrás de él, “tras bastidores”, esté otra persona, eficiente y buena, ejerciendo su oficio. Un tipo de malos sentimientos, pero con capacidad para gobernar, puede ocasionar mucho mal a un país, tiranizar a su pueblo, robar, destruir, cometer barbaridades desde el poder y con el poder.
En estos comicios busquemos elegir, en un mismo candidato, a un gobernante bueno y a un buen gobernante. ¡No perdamos la memoria histórica!