“Si pensamos y actuamos como Cristo nos enseñó se nos abrirán los ojos y dejaremos de vivir pensando sólo en nosotros mismos”.
(Benedicto XVI)
“¿Qué haría Cristo en mi lugar?”
¿Qué enseña Jesucristo sobre este particular? Son preguntas que se formula el buen cristiano frente a un problema o una situación concreta relacionada consigo mismo o respecto a los demás.
Quien busca poner en práctica lo que el Divino Maestro enseñó, crece rápidamente en humanidad, en compasión y comprensión humana desde una perspectiva sobrenatural.
El que por amor a Dios perdona, tiene paciencia con los demás, disimula los defectos de sus semejantes, sabe escucharlos, ver sus cualidades más que sus defectos, alabándolos en vez de criticarlos, ayudando en lugar de estorbar; en fin, aquel que inspirado en la persona y el mensaje de Cristo va amoldando su manera de pensar y de actuar a sus directrices, sobre todo al Mandamiento Nuevo del amor, va adquiriendo una nueva visión, penetrando en una “nueva” inteligencia de las cosas, especialmente del hombre, de sus limitaciones y deficiencias, de sus grandezas y sus esperanzas.
“Yo sé que lo que esta señora me está reclamando judicialmente es injusto, pero le voy a dar los miles de pesos que me exige, aunque si yo la demando sería ella la que me tendría que pagar muchísimo más dinero a mí. Pero no quiero perjudicarla, está anciana y podría morir de pena moral si esto se hace público, porque le quitarían su trabajo y después nadie la emplearía”. De esta forma se expresaba un buen cristiano católico al abordar un problema laboral relacionado con la justicia. Este hombre, al practicar lo que Jesús enseñó, ha venido aprendiendo a explorar, cada vez más profundamente, el universo de otro… viviendo el Evangelio descubrimos a Dios, a nosotros mismos y a nuestros hermanos. Aprendemos a ver… ¡luego, a mirar!