“El camino de la paz es largo y difícil, pero no imposible”
(Benedicto XVI)
Los ciudadanos nicaragüenses somos, hasta cierto punto, hacedores de nuestra historia y responsables de nuestro propio destino.
Toda elección en nuestra vida privada o pública reviste consecuencias positivas, lo que normalmente afecta, en una u otra forma, no sólo en el plano individual sino también en el social.
Votar no sólo es un derecho y un deber ciudadano, sino además construir un camino, sembrar, cultivar y, tarde o temprano, cosechar los frutos, buenos o malos, mejores o peores de nuestra libre decisión electoral.
Por eso, con aquella sabiduría propia de los pastores y maestros de la fe, nuestros obispos de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, en su reciente exhortación “en ocasión de las elecciones presidenciales y legislativas de 2006” nos advierten que “el abstencionismo es un obstáculo a vencer. Superar dicho obstáculo significa hacer esfuerzos por vencer el desaliento, la desconfianza y la desilusión provocados por las ingratas experiencias que minan desde hace décadas nuestro campo político: caudillismo, corrupción, megasalarios, pactos vergonzosos, robos… lo que torna sumamente costoso distinguir el trigo de la cizaña”.
Sin embargo, tal como oportunamente señalan los legítimos pastores de la iglesia de Cristo: “Participar en las elecciones no sólo es un derecho que como ciudadanos nicaragüenses poseemos, es también una obligación con la Patria, con las próximas generaciones y con nosotros mismos llamados a transformar nuestro entorno (Gen 1.28). No votar es ya elegir, es conformarse con aquellos que los otros elijan. Evadir la responsabilidad del voto es renunciar a las posibles soluciones de los problemas del país”. Es, en fin, renunciar a la paz, cuyo camino puede ser largo y difícil, pero no imposible.