- El 714 sigue siendo número mágico
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La más grande proeza del bambino
El tiempo ha pasado en forma vertiginosa mientras se construyen proezas inagotablemente corriendo a la orilla del progreso, en tanto el viento, indomable, resistiendo el envejecimiento, ha continuado haciendo estragos, fabricando tempestades y levantando polvaredas.
Hank Aaron permanece en la cima de la montaña con 755 jonrones, y Barry Bonds, saltando sobre el escándalo del uso de esteroides, continúa su avance, aunque lentamente, en busca de fijar otra cifra grandiosa.
Pero hay un número que no ha perdido valor en lo referente a consistencia, poder y espectacularidad en el beisbol, y es el 714; y un nombre que es síntesis de grandeza, orgullo y reivindicación en el más imprevisible de los deportes, el de Babe Ruth.
Como pelotero, en todo instante dio la impresión de ser demasiado bueno para ser cierto. Pero lo fue, convirtió el beisbol en otro planeta, y lo iluminó con sus ejecutorias.
Abner Doubleday, los hermanos Wright, Alexander Cartwright. Usted seguramente ha escuchado mucho sobre ellos. No importa quién haya inventado el beisbol, lo esencial, es ¿quién lo salvó de la debacle?, y ese mérito, que es a la vez su mayor proeza, le corresponde a Babe Ruth, el Sultán del Jonrón. El artillero que convirtió el tumbar verjas, en lo más excitante del juego.
Cada vez que se pone en marcha o finaliza una temporada, la figura de Ruth, lejos de perder brillo y esplendor, cobra nuevos y más sutiles destellos.
SALTANDO AL RESCATE
Justo después del escándalo de 1919, cuando los Medias Blancas se convirtieron en «Medias Negras» por haberle entregado la Serie Mundial a los Rojos, según acuerdo con corredores de apuestas, y Joe «Descalzo» Jackson, pasó de héroe a proscrito, los jonrones de Ruth y su cabalgata de proezas, le permitieron cargar sobre sus hombros con la reivindicación del beisbol mientras apagaba la hoguera de aquel episodio vergonzoso, soplando sus cenizas
¿Qué hubiera sido del beisbol con el juez Kenesaw Landis apretando vigorosa e implacablemente las tuercas sin ese factor de motivación, toque de distinción y timbre de espectacularidad que fue precisamente en ese momento, Babe Ruth?
Fue como una restaurada pincelada de Rafael, o de Rembrant.
«Rápidamente se simpatizaba con él. Nunca fue disciplinado pero era fácil de llevar, le gustaba estar con la gente, ser centro de la atención y entregarse a los niños», dijo una vez su hermana Mary Ruth Moberly.
Más allá de su impresionante rendimiento, hay algo indiscutible alrededor de Babe Ruth: ningún otro jugador logró capturar tanto afecto en toda la nación, como él lo hizo. Puede discutirse su tendencia hacia el alcohol, su controversial estilo de vida, no ser un modelo de comportamiento como Lou Gehrig, y otro tipo de debilidades frente a las que nuestra naturaleza sucumbe, pero su influencia, su impacto, su significado, repercutieron en forma tal, que las nuevas generaciones de peloteros tienen que estarle permanentemente agradecidos.
EL PEOR CAMBIO
Nacido en un orfanato de Baltimore, Ruth emergió bruscamente como el súper pelotero que el beisbol estaba esperando para glorificarlo. El niño abandonado aprendió a beber cerveza y masticar tabaco desde muy temprano, pero sorprendentemente, supo conciliar esas desviaciones con su fabulosa habilidad para el beisbol.
Cuenta la leyenda que fue el hermano Matías, su tutor, un apasionado por el beisbol con vocación de scout en una época en que las pistolas de radar y los reportes de laboratorio no existían, quien recomendó a Ruth como un potencial valor a Jack Dunn, de los Orioles.
El chavalo de 18 años, según sus biógrafos de andar desgarbado, mirada oculta y terriblemente desconfiado, fue firmado como pitcher y en 1914, los Medias Rojas de Boston decidieron comprar su contrato.
En los años 1916 y 1917, Ruth fue un ganador de 23 y 24 juegos con promedios impresionantes de 1.75 y 2.02 en efectividad a lo largo de 324 y 326 entradas, y en las Series Mundiales de 1916 y 1918 contra Brooklyn y Chicago, estableció el récord de 29 ceros consecutivos en los Clásicos. Esa marca resistió diferentes embestidas, hasta que el zurdo Whitey Ford la superó en 1962.
En la temporada de 1919, Ruth asomó como una fuerza destructiva descargando 29 jonrones y empujando 112 carreras, opacando su discreto balance de 9-5 en ganados y perdidos. Y precisamente en el momento en que se le diagnosticaba un futuro violento como bateador si se alejaba del montículo para concentrar su esfuerzo en la dirección supuestamente correcta, los Medias Rojas realizaron la peor negociación en la historia del beisbol y Ruth, con su poder y sus exuberantes proyecciones, pasó a los Yanquis.
Ese día, el planeta giró al revés.
LA LARGA MALDICIÓN
Desde entonces, los Medias Rojas no ganaron una Serie Mundial hasta que en el 2004, aparecieron Curt Schilling, Pedro Martínez, David Ortiz y Manny Ramírez, para terminar con lo que se llamó por largas y torturantes décadas, «La maldición del Bambino».
Incluso el más reconocido escritor de terror, Stephen King, un apasionado y obviamente frustrado seguidor de los Medias Rojas, se vio obligado a producir relatos sobre ese tema ciertamente tenebroso.
Su debut con los Yanquis en 1920 no pudo ser más ruidoso. Con 54 jonrones, -cifra increíble producto de la viveza adquirida por la bola-, 137 carreras empujadas y 376 puntos, Ruth le robó atención al escándalo de los «Medias Negras» y logró una saludable «transfusión de sangre» que tanto necesitaba el beisbol en esos momentos.
Y no sólo eso, Ruth fue el factor clave para la construcción del Yankee Stadium. El 18 de abril de 1923, cuando la majestuosa instalación abrió sus puertas, como por un designio divino, fue Ruth quien conectó el primer jonrón.
Apoyándose en la proximidad de la verja del jardín derecho, que le hacía señas a los bateadores zurdos, Ruth construyó récords que impactaron como el de 60 jonrones en 154 juegos durante 1927, cifra que fue por más de medio siglo, el más grande reto para los bateadores de poder.
En 1961, Roger Maris, otro artillero zurdo perteneciente también a un line up yanqui, hizo explosión con 61 jonrones estremeciendo al mundo del beisbol y provocando encendidas polémicas, pero su hazaña fue concretada en 162 juegos.
Por esa razón, el comisionado Ford Frick decidió colocar un asterisco a la orilla de la cifra, el cual desapareció hasta después de la muerte de Maris.
LAS CIFRAS HABLAN
Durante la administración de Herbert Hoover, cuando Ruth firmó por el salario en ese tiempo insólito de 80 mil dólares, un cronista deportivo le preguntó que si no se sentía incómodo al ganar más que el Presidente de Estados Unidos por una tarea deportiva, y respondió con la sencillez y contundencia de su swing: «Yo creo haber tenido un mejor año que él. Revisen las cifras de cada uno».
Hace unos años, José Canseco discutió lo que hubiera podido hacer Ruth frente al pitcheo de poder y de variantes desconcertantes que prevalece hoy. «Su swing probablemente llegaría tarde frente a sliders de Roger Clemens, quiebres súbitos de Dwight Gooden y relevos temibles como los de Duane Ward o Rob Dibble», apuntó el cubano.
Sin embargo, los hechos son testarudos. Ahí están esos 714 jonrones del «Bambino», el primer tablazo en la historia de Juegos de Estrellas en 1933 cuando ya había entrado al ocaso de su carrera, los 15 en Series Mundiales, su porcentaje de .625 en uno de los Clásicos, las 171 carreras empujadas en 1921 y el average de 342 de por vida.
¿Fue Walter Johnson menos que Roger Clemens, o «Lefty» Grove un zurdo menos significativo que cualquiera de los actuales? Ruth los enfrentó.
GRANDEZA INDISCUTIDA
Incontenible comiendo y bebiendo, descuidado trasnochando y poco adicto a ejercitarse, sólo tuvo una constante favorable: ir encima de las pitcheadas y aplicarle al impacto la mezcla adecuada de precisión y violencia.
Conectó su jonrón 60 en 1927 como compañero de destrucción de Lou Gehrig contra Tom Zachry, y su número 714 lo consiguió jugando para los Bravos de Boston en 1935. Su cañonazo más significativo pertenece a «la mitología del juego», fue el bateado en la Serie Mundial de 1932 frente al pitcher de los Cachorros Charlie Root. Cuenta la leyenda que Ruth estuvo señalando hacia las graderías derechas, y con conteo de 2-2, conectó su jonrón 15 en Clásicos de octubre, justo adonde había señalado.
¿Pronosticó o no ese jonrón el Bambino? Ese ha sido un tema polémico que ha hecho crecer su dimensión, así como el jonrón dedicado al chavalo Johnny Silvester en un hospital, y que en la película que protagoniza John Goodman, recibe un tratamiento especial.
¿Existirá algún día otro pelotero con el magnetismo de Ruth? Después de ver crecer y proyectarse a Joe Dimaggio, a Willie Mays, a Mickey Mantle, a Reggie Jackson, a Hank Aaron y actualmente a Barry Bonds, David Ortiz y Albert Pujols, uno piensa que eso será muy difícil.
UN FINAL FANTASIOSO
Las leyendas no surgen bajo el lente acucioso de las cámaras. Ruth trascendió el beisbol y se convirtió en una figura mítica de la cultura popular.
La resultante siempre es más fuerte y convincente que las palabras y las especulaciones, y lo conseguido por Ruth durante su fulgurante carrera es algo abrumadoramente impresionante.
Su último juego fue inolvidable, de esos que podrían haber inspirado a Miguel Ángel o Leonardo, para una pintura que estaría colocada en el techo de Cooperstown.
Adolorido, cansado, con poca energía en piernas y brazos, quizás con la vista no clara y los resortes oxidándose, Ruth bateó de 4-4 con tres jonrones para los Bravos de Boston cerrando su carrera. El jonrón 714, fue su último hit en las Mayores y como cifra se mantuvo perdurable hasta la arremetida de Hank Aaron en 1974.
¿Fue Steven Spielberg quien planificó ese final? Ahí estaba Ruth dándole la vuelta al cuadro lentamente mientras la multitud rugía. No, no estaba lo suficientemente desgastado ni su bate tan carcomido, para no ofrecer una despedida tan estruendosa.
Todo estaba terminado. A partir de 1936, el beisbol aprendió a sobrevivir sin el magnetismo de Babe Ruth, pero la forma en que él lo inyectó durante tanto tiempo, lo dejó lleno de vitalidad. Su fuego, no se apagaría nunca, ni con los agentes libres, ni con la propagación de casos de drogas y alcohol, ni con la distorsión del bateador designado, ni con la insólita espiral salarial, ni con escándalos como el de Pete Rose, ni con el decapitamiento del comisionado Fay Vincet, ni con el factor George Steinbrenner, ni con la ampliación a 28 y 30 equipos y la extensión a seis divisiones, ni con la utilización de esteroides.
EL MITO SEGUIRA
Ruth salvó al beisbol y aseguró sus proyecciones contra viento y marea.
Durante la Segunda Guerra Mundial compró cien mil dólares en bonos de guerra mientras comenzaba a quejarse de un fuerte malestar en la vista y la dentadura. Trabajó para la Cruz Roja, votó contra Franklin D. Roosevelt y fue el «gancho» en muchas actividades para fines benéficos.
El cáncer estaba ahí, golpeando sus puertas sin ignorar su grandeza para la posteridad, pero haciéndole señas macabras. Su esposa Claire lo acompañó a enfrentar el momento dramático. Toda su corpulencia se esfumó y su jovialidad se apagó.
Arthur Daley relata que tenía un tumor maligno en el lado izquierdo del cuello. Fue necesaria una operación para extirparle una arteria y algunos nervios, pero el tumor siguió creciendo. Trágicamente ese pitcher llamado cáncer es implacable e invencible. En 1948, a los 53 años, el más grande pelotero de todos los tiempos, dejó de existir. Su nombre y sus proezas, siguen siendo síntesis de destreza, poder, espectacularidad, orgullo y arrogancia.
Ahí está él, corriendo adelante de Barry Bonds, David Ortiz, Alex Rodríguez, Albert Pujols y cualquier otro que aparezca, dándole la vuelta al cuadro. Y esa imagen, es la que ha permanecido y permanecerá por siempre.