“La alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron y acompañaron en los primeros pasos de este mundo es como un signo y prolongación sacramental del amor benevolente de Dios del que procedemos”.
(Benedicto XVI)
Santa Teresita del Niño Jesús descubrió el inmenso amor de Dios hacia su persona a través del amor de sus padres, particularmente de su papá, para quien ella era la pequeña reina de la casa; también sus hermanas, tíos, primos y demás familiares le prodigaron mucho amor, brindándole siempre especial acogida. Bastante temprano descubriría que en esta vida no solamente sólo debemos recibir amor, sino también amar a los demás, saber acoger.
¡Cuánta necesidad tiene el ser humano de esta acogida, de ser tomado en cuenta, tratando como persona, con dignidad, como todo un hijo de Dios! La posee el abortado, que lucha “desesperadamente” por no salir del vientre de la madre, que se niega a morir, casi diríamos a ser infiel a este mundo, al mundo al que está destinado a vivir, a hacer algo y sobre todo a ser alguien.
Cuando uno descubre que Dios Padre lo ama, muy pronto también descubre su vocación al amor. ¿Cómo pensar que un abortista conoce algo del amor que Dios le profesa y cómo creer que ha experimentado en sí mismo el llamado universal al amor? ¿Podrá él o ella confesar, como Madre Teresa de Calcuta: “Mi vocación es amar?”.
En un retiro espiritual se me invitó a predicar sobre El Hijo Pródigo. Terminada la prédica, se me acercó un buen hombre para decirme: “Me encantó su exposición sobre la misericordia de Dios para nosotros… yo tengo un hijo, bueno, un hijastro drogadicto y mucho lo regañamos y lo corremos por eso, pero ahora lo voy a recibir, a acoger con amor, como Dios Padre me ha acogido a mí”. Y es que sólo con una conciencia de acogido, podemos abrirnos con la conciencia del acogedor. Así iremos de descubrimiento en descubrimiento.