- Escarbado entre viejos periódicos del siglo pasado —tarea grata y a la vez ingrata para quienes sufren alergia al polvillo de los viejos infolios—, encontramos una sabrosa crónica escrita por Anselmo H. Rivas sobre el primer viaje en automóvil a Matagalpa en febrero de 1920
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El 9 de febrero de 1920, diez jóvenes miembros de la Cámara del Senado de Nicaragua emprendieron la primera travesía en automóvil hasta la ciudad de Matagalpa. Entre los viajeros figuraba el periodista Anselmo H. Rivas, quien llevaba el encargo de relatar las peripecias del viaje para El Diario Nicaragüense que se editaba en Granada. Esta odisea cobra actualidad para el que se atreve hoy día a enfrentarse con una carretera (Sébaco-Matagalpa) que parece camino para mulas.
Para ese año apenas estaba construido el segmento de carretera que llegaba a Tipitapa y de ahí en adelante se tenía que avanzar entre breñales, por unos rudos caminos, a veces sonsocuitosos, ora polvorientos o pedregosos que eran llamados “veredas de burros” por los campesinos de aquella época.
Aquí el relato de Anselmo:
Los tres flamantes autos
“Se viajaría en la ‘Wichita’ del Ministerio del Trabajo, medio que ofrecía el aliciente de ir todos juntos, pero el Presidente de la República puso a disposición dos autos más que nos obligaban a ir divididos aunque más cómodos”, escribe el periodista Rivas.
Iban: Agustín Pasos, Mariano Zelaya, Juan J. Ruiz, Mr. J. A. Willy que ofreció tres asientos en su “Chandler”, ese grupo salió a las seis de la mañana. Otro grupo: A. W. Hooker, Manuel J. Morales y Vicente Altamirano, salió a las nueve, el tercer grupo donde iban Máximo H. Zepeda, Sebastián Uriza y Anselmo Rivas, salió a las ocho.
La primera parte del camino fue hasta Quebrada Honda. Adelante de Tipitapa el paraje que en adelante recorrimos era triste y desolado, a larga distancia se veía interrumpida la monotonía y el silencio de aquellas soledades por algunas casuchas de paja. Al norte contemplábamos cada vez más cercanas las peladas crestas de San Francisco del Peñón, con sus tonos azules y rojizos como una muralla que nos cortaba el paso. El auto devoraba la distancia y muy pronto nos encontramos en el pintoresco valle de Las Maderas. De todas las casitas salían hombres y mujeres y un enjambre de chiquillos para vernos pasar. ¡Adiós!
LA MONTAÑA DEL COYOL
Faldeando la gran cuesta se encuentra la hermosa carretera cortada en la roca, como un río que bajara serpenteando desde la altura, sin saltos ni borbotones para interrumpir la tersura de la superficie. Es esta la gran obra que ha vencido la mayor dificultad para el tráfico de vehículos.
Desde que comienza el ascenso siente uno la impresión de las cosas grandes, allí se ha trabajado y se ha sabido trabajar. A trechos, en las vueltas del camino, puede apreciarse mejor la eficiencia de las obras. A la izquierda el cerro rocoso cortado a pico para formar el lecho de la carretera, a la izquierda el derrumbadero de la falda donde se ha construido un muro de lajas como de dos varas de espesor, para soportar el relleno de tierra y piedras sobre el cual ha pasado la aplanadora compactando la capa de roca triturada que forma la superficie. En esta parte del camino se tomaron varias fotografías.
Al final de la cuesta se ha colocado en el recuesto del cerro una plancha de mármol con esta inscripción: “Administración del general Emiliano Chamorro 1919”. Desde el pie del cerro a esta parte hay una extensión de cinco kilómetros.
Un poco más allá encontramos la aplanadora, la maneja don Alejandro Chamberlain (hijo). El general Jefferies, director del trabajo, tiene establecido su campamento en Tecomapilla, a corta distancia de la Cuesta del Coyol.
LOS ARRIEROS DEL CAMINO
Cuando dejamos este lugar iban siendo las cuatro de la tarde. De ahí en adelante puede decirse que ya no hay ningún trabajo, si se exceptúa el que consiste en apartar las piedras del camino.
Al cruzar por los llanos con la trepidación producida se rompió un resorte delantero de nuestro auto y perdimos mucho tiempo en el arreglo del desperfecto. Continuamos la marcha encontrándonos frecuentemente arrieros con pequeñas partidas de ganado y con mulas cargadas de productos de los pueblos del norte.
Al observar el desorden que introducíamos entre aquella pobre gente que corría de un lado a otro juntando la partida desorganizada a nuestro paso, tratando de volver al camino algunas bestias espantadas por el ruido del auto, se nos vino a la mente la imagen de un simil mortificante pero verdadero, así suele pasar el progreso entre nuestros pueblos incipientes, espantándolos con su ruido, y el poderoso que lo conduce vuelve la vista hacia atrás y sonríe al mirar los apuros del arriero por reorganizar la partida.
El sol se había ocultado ya. Por la diferencia de dos horas que nos llevaban los compañeros del segundo grupo juzgábamos que habían de estar muy cerca de Matagalpa. Al cruzar el río Pastle, como una legua antes de Metapa, el ojo experto de nuestro “chauffer”, Carlos Castillo, descubrió la huella del “Baby Grant” y exclamó: “¡Acaba de pasar! Y va sin llantas”. Cinco minutos después uno de los nuestros dijo en broma que veía a los lejos uno de levita. Alcanzado reconocimos a Ernesto Rojas, el dueño del auto, quien nos informó de cuanto les había pasado. Nuestros ojos podían ya certificar la certeza del relato, a corta distancia descubrimos al grupo que caminaba a pie resignándose a su suerte. Estábamos ya a la entrada de Metapa.
EN LA CUNA DE RUBÉN DARÍO
Las siete menos cuarto serían cuando nos apeábamos a las puertas del Restaurante Darío. El día anterior había estado ahí el excelentísimo Arzobispo de Managua, monseñor Lezcano y Ortega y todavía pudimos ver los arcos triunfales con que la población había recibido al dignísimo Pastor.
Resolvimos pasar la noche en Metapa para reparar los desperfectos de los autos. Don Carmen Guardado, propietario del restaurante, alojó a una parte de los viajeros; don Gregorio Loaiza, dueño de una de las mejores casas de la población, muy amablemente se ofreció alojar a la otra.
El domingo muy de mañana visitamos la iglesia, también queríamos conocer la casa en que nació Rubén Darío. Ya no existe, y en el sitio que ocupaba está una casita de iguales dimensiones. Un hombre nos invitó a pasar adelante, había un estantito vacío y a un lado un gallo amarrado a una estaca. El gallo nos pareció un símbolo.
En Metapa nos visitaron don Félix P. Pastora y su hijo Joaquín, jovencito simpático y de aspiraciones, en cuyos ojos brilla el fuego de la inteligencia. Supimos que la misma noche del sábado había llegado también el diputado Juan José Avilés, quien reside en ese lugar desde hace muchísimos años, pero no tuvimos el gusto de verlo.
EL CAPITÁN “MASCAFIERROS”
A las ocho salimos del poblado, aquí propiamente hablando no hay todavía camino, es una simple vereda a través del llano de Metapa que se une con el de Sébaco. Las grietas no permiten ir de prisa y hace pensar que se necesita un buen relleno para que se pueda transitar por estos sitios en invierno.
Pasamos a orillas de Sébaco. En torno al nuestro se aglomera la gente curiosa. Qué espectáculo tan nuevo para la mayor parte de aquellos pobres miserables. ¡Un auto! Apenas de oídas conocían de eso.
A un lado y otro del río se veían los frescos plantíos de cebollas cuidadosamente regados. Como a las nueve y media llegamos a Chagüitillo, aquí se une la carretera que va de León a Matagalpa. Parece que el Gobierno tomará en cuenta la terminación de esta vía para que sea de uso común y evitar así los inconvenientes que pudiera tener el cobro de piso para los autos de la capital.
En una de las tantas puertas que cierran esa carretera, un hombre nos hizo señal para que nos parásemos.
¿De dónde vienen ustedes? —nos preguntó.
De Managua.
¿Qué órdenes traen?
Ninguna.
¡Adelante, pues!
¿Y esto qué significa? —preguntamos a uno de nuestros compañeros.
Este es “Mascafierros”, un capitán de León que con tal de estar en la policía, acepta cualquier puesto. Ahora es agente del orden en este lugar y tiene una pequeña escolta bajo su mando. Necesitaba enseñarse y mostrarnos el carácter de autoridad que tiene. Un tipo como hay muchos.
¡AL FIN MATAGALPA!
Cerca ya de Matagalpa en el lugar llamado Las Tejas, encontramos las señales del paso del señor Arzobispo, arcos de verdura y ramos de ocote marcaban su trayecto.
Llegamos a Matagalpa a las diez de la mañana. La impresión que nos dio la ciudad fue de lo más grata. Rodeada de montañas elevadas, pasaba a nuestra vista al lento correr del auto como una preciosa cinta cinematográfica. Entramos por una calle limpia llena de gente agolpada en los establecimientos de comercio y aquello contrastaba fuertemente con las desiertas regiones porque acabábamos de pasar. Desde el primer momento la ciudad conquistó nuestra simpatía.