- El alto precio del cobre llena las arcas públicas chilenas, pero enciende demandas sociales
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Ver Infografia > El pasado 30 de mayo las tradicionalmente apacibles calles del centro de Santiago se vistieron de piedras, fuego y bombas lacrimógenas. Los estudiantes de escuelas públicas realizaron la jornada de paralización y protesta más grande que ese sector había protagonizado en 30 años, y a la que, como en una bola de nieve, se fueron plegando universitarios y profesores. Era el violento despertar del recién estrenado gobierno de Michelle Bachelet. La primera mujer presidente era la reina de la fiesta estimulada por los altos precios del cobre —el primer producto nacional— que ha duplicado su valor en los últimos cinco meses, y cuadruplicado en los tres años anteriores.
Pero la algarabía macroeconómica que aliñó los primeros meses del año fue gasolina para la ira de los estudiantes, que exigían más presupuesto para mejorar sus precarias condiciones. Para la nueva administración —especialmente para el Ministro de Hacienda, Andrés Velasco— la bendición de estos nuevos recursos nunca se pareció tanto a una maldición. Con la obligación de sostener el gasto bajo control, el jefe de las finanzas públicas debe mantenerse firme frente al vendaval de presiones que comienza a arreciar desde todos los sectores. En Chile, el presupuesto del Estado se rige desde 2000 por una estricta regla que obliga a mantener un uno por ciento de superávit fiscal a partir de una predicción del precio del cobre a largo plazo y un crecimiento potencial de la economía. Con ello, se aseguran los recursos para los años malos y se evitan las peligrosas borracheras fiscales. Con los actuales precios del metal, este año el superávit llegará a 5 por ciento, unos US$9,000 millones.
Además de soportar los gritos de los más vulnerables, Bachelet debe lidiar con el impacto que provoca en la economía el brusco fortalecimiento de la moneda local. La avalancha de dólares ha derrumbado el tipo de cambio desde un promedio de US$609.5 pesos en 2004, hasta US$524.1 en los primeros cuatros meses de este año, lo que ha llevado a muchas industrias a perder una parte importante, si no toda, su competitividad. La agricultura, uno de los más intensivos en empleo, ha visto caer su producción en 2.4 por ciento en el primer trimestre. La situación es tan severa, que uno de sus líderes gremiales, Ronald Bown, señaló que la crisis era “peor que la del cianuro”, haciendo referencia al conflicto desatado en 1989 luego que embarques de fruta chilena a Estados Unidos fueran descubiertos contaminados con el veneno y se prohibiera su importación en ese país.
Bachelet y Velasco deberán oficiar de malabaristas para armonizar las demandas sociales, por una parte, y la prudencia fiscal y los equilibrios monetarios, por otra. Hasta el momento las señales han apuntado a que sólo se aumentará el gasto en lo indispensable para evitar una revolución, mientras los excedentes del cobre se invertirán fuera del país. Hasta el momento, los anuncios sólo han comprometido los intereses de esos excedentes, unos US$130 millones. Con esto se busca evitar inundar de dólares el mercado local y frenar el fortalecimiento del peso, mientras que al mismo tiempo se respeta la regla del superávit. Eso, al menos, mientras las calles de Santiago no sigan humeando.