La crueldad de las fotografías de guerra da qué pensar. Crean ira, sentimientos de piedad o hacen sufrir pero son siempre como un revulsivo. No han faltado en la historia pintores y escultores que han plasmado imágenes de guerra. El mismo Goya, cuando pinta aquel rostro del fusilado del Dos de Mayo, nos recuerda el rostro del Grito del pintor noruego Munch.
El grito de dolor de la impotencia, de la injusticia nadie tiene derecho a quitarle la vida a nadie para hacer resaltar la fuerza del ganador. Pero, ¿el grito de dolor y de sufrimiento es bonito? ¿Las películas de terror y de sangre son atractivas y convocan a mucha gente? ¿Es que hay una especie de estética de la sangre, del sufrimiento o de la fealdad?
El filósofo Kierkegaard dice que la fealdad es una forma de comunicación y ésta nos ayuda a recuperar la realidad de aquí y de ahora. Quizá también nos ayuda a ver aquella vertiente débil de la sociedad o quizá mejor, de la vida. La fealdad habla por sí misma; nos explica lo grotesco de nuestra sociedad; nos muestra aquello que hay de ridículo, de satírico, de parodia o de picaresco que han protagonizado los humanos. Estas realidades estimulan pero también ayudan a resituar el concepto de persona. Nos muestran la pobreza y la grandeza de la persona, que es capaz de moverse entre lo sublime y lo ridículo, entre lo plácido y lo macabro, entre lo delicado y lo grosero y, por encima de todo, nos dan a entender que existe la capacidad de ser persona, hay el ser persona.
La fealdad, lo desagradable, aquello que hace bajar la mirada porque los sentimientos lo desaprueban, provoca en el espectador lo mismo que aquello que los punkis reclaman a golpes y a gritos: necesitan ser admirados. ¡Qué falacia! La fealdad, la cara oscura de la belleza, nos ayuda a entender la rebeldía de los provocadores y tal vez soberbia de los que se creen estar más allá del bien y del mal.
La sociedad se familiariza, come y cena delante del televisor con imágenes sangrientas que se enfrentan a suculentas comidas de los televidentes. Sólo algunos cierran los ojos. Quizá entre todos se ha conseguido que relativicemos los aspectos estéticos de la imagen y nos pidan, al menos desde la televisión, una lectura ética de aquello que hemos considerado bonito o menos bonito.
La fealdad, tanto hoy como ayer, quizá es la cara crítica de aquello que uno cree que se debería enderezar y que reclama una nueva lectura ética de los hechos denominados sociales. La fealdad acusa a los que son pasivos ante la injusticia que se concreta en una especie de complicidad por parte de muchos.
No cerremos las puertas a la belleza, aunque la cortina de la fealdad nos impacte demasiado. Aquello que es bonito, que reclama una elevación del espíritu, sin dolor, es fuente de vida y sin duda ayuda a entender también las claridades y las oscuridades de la existencia.
Tomado de artemas.com