Notas de la elección mexicana

Después de cinco días de incertidumbre, acabó el suspenso. El Instituto Federal Electoral de México (IFE) proclamó un ganador de la elección presidencial, pero la declaración se vio empañada por el anuncio del perdedor de que la impugnará por la vía jurídica y que movilizará a su gente. Las encuestas pronosticaban un duelo cerrado entre […]

Después de cinco días de incertidumbre, acabó el suspenso. El Instituto Federal Electoral de México (IFE) proclamó un ganador de la elección presidencial, pero la declaración se vio empañada por el anuncio del perdedor de que la impugnará por la vía jurídica y que movilizará a su gente.

Las encuestas pronosticaban un duelo cerrado entre el conservador Felipe Calderón, candidato oficialista, y su rival de izquierda Andrés Manuel López Obrador (AMLO), pero nadie se imaginó un final así: la diferencia es de apenas 236 mil votos, lo que ni siquiera equivale al uno por ciento del total. Lo más deseable habría sido un resultado que, aunque estrecho, fuese más claro.

La democracia mexicana es aún frágil. No fue sino hasta hace seis años que fue roto el monopolio del poder de siete décadas del Partido Revolucionario Institucional, PRI.

En la época priista, el Presidente de turno llevaba a cabo el famoso “dedazo” y todo mundo ya sabía quién iba a ganar. Fue un tiempo de fraudes y abusos. La política mexicana está plagada de mucha corrupción.

El último caso famoso fue la elección de 1988, cuando un “apagón” hizo que se cayese el sistema de cómputos que favorecía a Cuauhtémoc Cárdenas, del partido de izquierda PRD —el mismo de López Obrador—. Al restablecerse el sistema, el priista Carlos Salinas de Gortari iba arriba. Ganó.

Los observadores internacionales y la Iglesia católica rechazan la posibilidad de un fraude. Hubo irregularidades, como las hay en todo proceso, pero se estima que no afectaron el resultado.

El IFE se ganó el respeto del país y del mundo en el año 2000, cuando Vicente Fox derrotó al hombre del PRI y por primera vez en 71 años, el mandatario no sería de ese partido.

¿Por qué perdió López Obrador, quien lideró las encuestas por tanto tiempo? Un análisis exhaustivo es difícil, pero puedo ver dos factores.

Patricia Mercado, de Alternativa Socialdemócrata, era una candidata más a la izquierda que López Obrador. Obtuvo 1 millón 128 mil 850 votos, según el IFE. Eso significa 2.7 por ciento. Sin duda alguna, si el líder perredista hubiese contado con ese pedacito del electorado, hoy sería el triunfador, a la luz de lo que hemos visto.

Dos: el Norte conservador, cuyos estados inclinaron la balanza a favor de Calderón, fue decisivo. En la recta final de la campaña, el empresariado lanzó spots negativos sobre López Obrador y que exhortaban a continuar con las buenas políticas macroeconómicas de Fox. Y los norteños desconfían de la gente del Sur —AMLO es de Tabasco.

AMLO es visto como un populista hábil, para quien “el poder es más importante que la substancia de las propuestas”, según el ex canciller mexicano Jorge Castañeda, un reputado intelectual de izquierda. Para Castañeda, AMLO es un político de la vieja escuela priista -donde se formó –, autoritaria y derrochadora.

Personalmente, no creo que las comparaciones con el líder venezolano Hugo Chávez o con Venezuela hayan sido efectivas. No tenían mucho asidero. México no tiene tanto petróleo como Venezuela; más del 80 por ciento de sus exportaciones van a EE.UU.; está ligado a éste por el Nafta, es el inversionista extranjero principal y acoge a 8 millones de inmigrantes mexicanos.

En México, ningún gobernante podría permitirse locuritas antiyanquistas. Y además sigue siendo cierto aquello de que para los mexicanos, “primero México, segundo México, y tercero, pues, México”.

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