- ¿Qué pasaría si un día se muere la muerte, o si alguien llegara a controlar su mortífera guadaña? Este dilema fue preocupación del mitológico Sísifo, que con suma astucia logró un día capturar y encadenar a Tánatos, el dios de la muerte. De esa manera el Hades —infierno de los griegos—, se fue quedando sin habitantes
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En su última novela, Intermitencias de la Muerte, don José Saramago relata que un día, en una ciudad y a una hora señalada, la gente deja de morirse. Eso ocasiona un verdadera caos, pues entre otras cosas la Iglesia fracasa en sus prédicas sobre el infierno, el Cielo y la resurrección, las funerarias quiebran y pronto la Tierra se convierte en un planeta repleto de momias vivientes que sólo desean morirse y descansar.
Eso más o menos ocurrió cuando el mitológico Sísifo capturó a Tánatos, que precisamente había recibido de Zeus la orden de matar “al más astuto de los hombres”, como era llamado Sísifo. Descomunal fue la cólera del monarca de los dioses al saber que todo le había salido al revés, Tánatos estaba encadenado y privado de realizar el trabajo de acabar con la vida de los seres humanos.
Ocurrió que Ares, en otra de sus notables hazañas, liberó a Tánatos, capturó a Sísifo y lo llevó al Hades, de donde el pícaro humano logró escapar.
LA ROCA DE SÍSIFO
Al final de sus días, a edad muy avanzada, Sísifo descendió definitivamente al infierno y fue condenado a remontar una enorme piedra hasta la cima de una colina, pero casi al llegar a la meta la roca se venía guindo abajo y Sísifo tenía que comenzar de nuevo y ya no pudo volver a la Tierra.
Una de las leyendas más populares de la mitología griega es la de Sísifo y su roca. Hijo de Eolo, hermano de Atamante, de Salmoneo y de Creteo, esposo de Merope, hija de Atlas, Sísifo había fundado la ciudad de Efiro, que posteriormente se llamó Corinto.
Era Sísifo, según Homero, el más astuto de los hombres y una de sus hazañas fue su triunfo contra Autólico, que era el rey de los abigeos, es decir un maestro consumado en el robo de ganado. Autólico desfiguraba a los animales que robaba, cambiándoles el color del pelaje.
En cierta ocasión el rey de Itaca, Laertes, pidió ayuda a Sísifo para recuperar unos bueyes que le habían sido robados por Autólico. Sísifo no buscó a los semovientes sino que imprimió una marca debajo de las pezuñas de todo el ganado de Laertes, cuando Autólico robó más rumiantes a Sísifo le fue fácil descubrir al ladrón y dejarlo confundido con sólo examinar la pata de los rumiantes.
En otro aparte se decía que Anticlea, esposa de Laertes, había concedido sus favores a Sísifo, que vino a ser de esta manera el verdadero padre del industrioso Ulises, con eso queda explicado el porqué del carácter astuto de uno de los más célebres héroes homéricos.
LAS ROCAS DE DON MANUEL
Sísifo cayó en desgracia cuando vio que Zeus raptaba a Egina, la hija del Río Asopo. Sísifo reveló el nombre del raptor a Asopo con la condición de que hiciera brotar agua en la ciudad que había fundado, donde estaban pasando mucha sed.
Tenía sobrada razón Zeus para odiar a Sísifo y por eso lo condena al suplicio de la roca, fábula que muchos aplican cuando a pesar de todos los esfuerzos, nuestra empresa fracasa casi al llegar a la cima, como ocurrió con la Revolución Popular Sandinista.
Pero… ¿Por qué salimos con Sísifo en esta ocasión?
Sencillo, porque descubrimos que las inmensas rocas que tanto empujo nuestro héroe están en Nicaragua, en Santo Tomás, Chontales y en la finca de don Manuel Tenorio.
El viajero observador que transite por el tramo de carretera que sale de Santo Tomás a San Pedro de Lóvago, podrá observar a mano derecha, a la altura del kilómetro 170, las que nosotros llamamos “Rocas de Sísifo”. Son unas veinte o más piedras esféricas enormes que permanecen desde hace quién sabe cuántos siglos en ese lugar, algunas decantadas por el tiempo y otras cubiertas de helechos y plantas del trópico húmedo.
CON DON MANUEL TENORIO
En una de ellas, calcada a cincel, hay una flecha que señala al este, y en ella un letrero que dice: “Al Atlántico, Km 170”. Quizás en tiempos remotos por ahí pasaba el camino que utilizaban los primeros pobladores de Chontales cuando se dirigían a Bluefields.
Nos dijeron que esas rocas eran propiedad de don Manuel Tenorio, vecino de Santo Tomás, y nos fuimos a buscarlo.
Don Tomás Tenorio es un hombre gordito, de estatura regular, cara redonda y sonriente. Nos recibió muy amablemente, dijo tener 59 años, originario de Santo Tomás, pueblo del que nunca había salido “ni tenía intención de abandonar”.
“Allí donde están esas rocas, ahí nací yo —dijo—, también ahí nació mi papá y mis abuelos, fue en el tiempo en que a este pueblo le llamaban Santa Cruz, mucho antes de que surgiera como Santo Tomás, nombre que lleva en honor del presidente Tomás Martínez.
Cuando abrieron este camino como ruta al Atlántico pusieron esa señal en esa roca que ustedes vieron. El camino lo construyó míster John Peters, un ingeniero que creo era norteamericano. Cuando se terminaron las obras y Peters tuvo que marcharse, llamó a mi bisabuela doña Anita, concuña de Nelo Bravo, y le dijo: “Cuídeme esa piedra y me la vive limpiando, porque es la única señal del camino al Atlántico”.
ROCAS HUECAS COMO UNA CASA
— ¿A qué atribuye que esas piedras, tan enormes, tengan forma esférica?
Es un fenómeno que no me explico, pero esas que ustedes vieron no son las únicas, sino que más adentro hay otras que son huecas y están en una bonita explanada. Nosotros las limpiamos y ahora hasta sirven de vivienda para algunos trabajadores del campo.
Me contaba mi papá que a él le contaban que ahí vivieron antepasados nuestros, pero no recuerdo el nombre que les daban, lo único que sé es que yo recibí en herencia la propiedad con todo y esas enormes piedras que una vez alguien me quiso comprar para convertirlas en hormigón triturado. Yo por supuesto me negué a eso.
LA CASITA DE PIEDRA
¿En total, cuántas piedras son?
Son más de sesenta u ochenta, incluso hay una de las huecas que puede ser casa para una familia. Hay una casita de piedra, muy bonita, ahí. Lo que hacemos nosotros es limpiarlas, rozar el monte que crece alrededor y también en alguna he sembrado helechos y plantas de adorno.
¿Ha venido alguien a preguntar sobre las rocas redondas?
Pues no, la gente pasa en sus vehículos y no les hace caso… Pero una vez se aparecieron unos señores que dijeron venían de Bélgica, las examinaron, se fueron y ya nunca regresaron.
¿Alguien, en Santo Tomás, tiene algunos datos geológicos sobre esas rocas?
Pues no, no hay nadie. Yo he soñado con mejorar el lugar, hacerlo bonito e incluso construir una piscina para que la gente se tire a nadar desde una roca, pero esos son sueños, no tengo los medios.
EL VIEJO SANTO TOMÁS
Da la impresión de que esas piedras rodaron cuesta abajo hasta reunirse cerca del camino. ¿Hay algún cerro cercano, un plano en declive?
Es pequeño el declive y más adentro existe una planicie. No hay explicación sobre cómo llegaron esos peñascos ahí. Porque no se ven peñascos pequeños, el menor podrá pesar cinco toneladas.
¿Cómo era Santo Tomás cuando usted era niño?
Era un pueblecito pequeño, de unos ochenta a cien habitantes, los vecinos notables eran don Panchito Rivas, don Octavio Bravo que vive todavía, don Nelo Bravo, la niña Quina Bravo, don Ángel Astorga.
¿Quién se las quiso comprar?
Fue cuando estaban construyendo una gasolinera. Necesitaban piedra triturada y don Silvio Bravo me ofreció comprarlas. Yo le dije que las piedras no me estorbaban. Más bien les estoy sembrando pitahaya y otras plantas ornamentales, como ya le decía.
Cuénteme… ¿Y con quién se casó en este pueblecito?
Me casé con una señora de La Libertad, doña Marcelina Lorío, hija de don Simón Lorío.
¿Y por qué se fue tan largo a buscar esposa?
Es que me gusta la esclavitud.
¡Qué raro eso en un chontaleño!
Pero así es. Vivimos sometidos a las mujeres, aunque fuera de casa uno grite: ‘¡Libertad!’, pero es de miedo. Ya tenemos cinco hijos, tres mayores y dos menores.
¿Y se siente feliz en este pueblecito tan lejano?
Gracias a Dios vivo feliz.