En mi niñez, visitar a mis familiares en León era todo un acontecimiento, no sólo por jugar con mis primos, sino por poder bañarme en la mañana sin tener que calentar agua, que era la costumbre en mi natal Jinotega. Ya en las cercanías de Malpaisillo se percibía el hedor de los plaguicidas y eran visibles los tractores y las avionetas fumigadoras. Eran los signos del desarrollo agrícola del Occidente del país.
Me recuerdo también de fotos en los periódicos mostrando vehículos circulando en el día por las calles leonesas con las luces encendidas, debido a la erosión eólica provocada por las labores de preparación del suelo para la siembra del oro blanco. ¡Ah, qué tiempos aquellos!
Más tarde escuché decir a los expertos que la desaparición del algodón en Nicaragua fue culpa de los sandinistas. Durante mis estudios universitarios, un colega se ocupó del tema de la fertilización del mencionado cultivo para su trabajo de tesis, utilizando datos del entonces Centro Experimental del Algodón (CEA). El análisis de los datos indicaba que el centro recomendaba a los productores una sobredosis de fertilizantes, sobre todo urea. No había ninguna relación entre las necesidades del cultivo y lo extraído por la planta.
Además, la dosis recomendada era la menos rentable. Éstos son solamente dos elementos de los tantos que condujeron a la desaparición del algodón en el país. Hoy en día, muy pocas personas pueden cuestionar el hecho que dicho fracaso obedeció fundamentalmente al brutal desequilibrio ecológico causado por la forma en que se manejó el cultivo.
La región ha buscado en el maní y la soya el “reemplazo” del algodón. Seguir pensando en el monocultivo como la alternativa es más ignorancia que utopía. En los últimos cinco años se han hecho esfuerzos considerables para lograr la reactivación algodonera y se habla tanto de variedades novedosas como de cooperación conjunta con multinacionales agroquímicas. También se ha mencionado al algodón transgénico como una potencial solución para el retorno de la esperanza a la desvencijada región. Lamentablemente se continúan ignorando las leyes de la naturaleza y las lecciones que debimos haber aprendido hace tres décadas.
El cultivo del algodón sigue siendo uno de los mayores consumidores de agroquímicos. En el año 2000 sus campos ocupaban el 2.4 por ciento de las tierras agrícolas del mundo, pero en ellos se rociaba el 25 por ciento de los pesticidas y fertilizantes usados. Estos químicos son tan tóxicos que su uso se prohíbe en la agricultura de alimentos y se clasifican entre los más tóxicos por la Agencia de Protección Ambiental (EPA-USA). Por otro lado, la siembra del algodón transgénico podría provocar mayores daños al ecosistema y agudizar la dependencia de los agricultores y por ende del país.
Paradójicamente se investiga muy poco sobre rotaciones de cultivos adecuadas que superen la secuencia algodón-barbecho. Numerosos estudios en diversas partes del mundo demuestran las ventajas económicas y ecológicas de rotar el algodón con maíz, sorgo, girasol, maní y soya, para mencionar algunos cultivos factibles en la zona. La incorporación de especies leguminosas mejoraría la fertilidad de los suelos y facilitaría una mayor integración de otros subsistemas de la finca.
La reactivación del algodón debería también considerar una mayor variabilidad en los métodos de preparación del suelo para disminuir los riesgos de erosión y reducir los niveles de consumo de energía; algo nada despreciable en los actuales tiempos de crisis energética. Esto mejoraría la estructura del suelo, reduciría las pérdidas de materia orgánica y la necesidad de fertilización adicional, disminuiría los costos de producción e incrementaría la rentabilidad.
Además hay que contar con una administración de la finca eficiente y con políticas de gobierno claras que se concreten en un crédito oportuno, asistencia técnica, control en el cumplimiento del plan de rotación de cultivos, incentivos y disponibilidad de semilla de calidad para promover la siembra del algodón y de los otros cultivos incluidos en la rotación.
¿Qué tanto hemos avanzado en esta dirección? Creo que muy poco. Por eso es preocupante el exacerbado triunfalismo que percibo en algunos funcionarios y medios de comunicación con respecto al potencial resurgimiento del algodón. No basta con haber sembrado una o dos veces veinte o treinta hectáreas del cultivo para proclamar la no incidencia de plagas. Éstas aparecerán más temprano que tarde y deberíamos estar apropiados de más y mejores conocimientos agroecológicos para evitar los errores del pasado. La disponibilidad de nuevas variedades y la destrucción oportuna de rastrojos serían muy poco para enfrentar los retos que impone un resurgimiento sostenido del cultivo. De nosotros depende que no todo algodón pasado haya sido “mejor”.