- Periodistas de LA PRENSA cruzan “mojados” la frontera entre Costa Rica y Nicaragua. Durante la travesía fueron testigos del “gran negocio” que hacen los “coyotes” con los inmigrantes que van en busca de un empleo en el país vecino. La corrupción envuelve a policías nicas y ticos que aceptan “mordidas” para hacerse los ciegos
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CORRESPONSAL / COSTA RICA
Para entrar o salir de Costa Rica por el puesto fronterizo de Peñas Blancas el viajero no necesita visa o pasaporte siempre. Hay otras formas de pasar por los controles policiales.
Basta con tener la cantidad suficiente de dinero para contratar los servicios de un “coyote” (traficante), quien se divide el dinero con algún policía costarricense o funcionario de Migración de Nicaragua, para entrar o salir como “Pedro por su casa” de Costa Rica.
Para transitar por esta frontera hay dos vías, relata Óscar Echaverri, un transeúnte frecuente de la zona que prefiere entrar a Costa Rica sin pasaporte, sobre todo en época de zafra azucarera, porque a su juicio a veces “es más barato y menos complicado”.
“Para cruzar la frontera se puede hacer por la ‘aguja’ (que divide a los dos países) o por montes, que a veces es más peligroso porque te pueden hasta robar”, explica.
LA PRENSA conoció los dos sistemas durante dos visitas realizadas a Peñas Blancas hace una semana.
LA SALIDA
La travesía inició la mañana de un viernes en la cálida frontera de Peñas Blancas, adonde llegamos después de dejar el frío de San José, distante 300 kilómetros de la guardarraya.
Lo primero que uno encuentra en la frontera, al bajar del autobús, es un grupo de personas que ofrecen servicios con pregones: “cambió dólares”, “vendo timbres (visas)” o “ayudo a cruzar con las maletas”. Otros no ofrecen, sino que piden: “regáleme una ayudita, por el amor de Dios”.
En ese grupo uno puede hallar con facilidad un coyote, para cruzar sin inconvenientes hacia Nicaragua. ¿Cuánto cuesta salir ilegal, sin quedar registrado en el puesto policial? “Cinco mil colones (cerca de diez dólares)”, responde un joven delgado y moreno, quien prefiere que le llamemos “Juan” porque teme ser descubierto por las autoridades.
“Al pasar, la persona no dice nada, es uno el que se entiende con la Policía”, cuenta Juan. “Ya estando en el puesto policial nicaragüense, si usted es nica sólo presenta su cédula de Nicaragua y la Policía lo deja pasar porque está en su país”.
Es una maniobra común, pero hay quienes tienen más suerte, como María, una mujer originaria de Ometepe, quien a principios de mayo entró a Nicaragua con sus dos hijos menores de edad, sin verificarse en los controles ni pagar por debajo.
“No le pagamos un centavo a nadie, ni a los coyotes ni a los policías ticos, ni a los policías nicas. Para las otras personas es así, creo. Si vienes, ellos te preguntan si tienes documentos. Si no tienes entonces te anotan el nombre y demás, y te dejan pasar”, comenta Honeylin, una de las hijas de María, quien también le acompañaba.
DOBLE “moRDIDA”
“Para entrar a Costa Rica por este sitio es igual. Donde agarras los buses que te llevan a Managua (en la frontera), le das de 10 a 20 córdobas al ‘mae’ de Migración de Nicaragua y sólo le dices que no vas largo. Él ya sabe lo que es. Después, cerca de la aguja le das mil colones al de la migra tica y tres mil le das a otro ‘mae’ para que se los dé a la Policía”, comenta Echaverri.
Esta es una de las modalidades de salir y entrar, pero a veces también te ayudan los “conectes”, agrega.
“La otra es por monte. Sales por monte y entras por monte, caminando como un kilómetro, pero a veces es peligroso”, añade.
Una vez en Nicaragua, nos quedaba pendiente la etapa más difícil: ingresar a Costa Rica por puntos ciegos, con ayuda de un coyote, lo que hicimos dos días después.
EL REGRESO
Domingo. Diez de la mañana. El sol está picante en la frontera. Estamos en territorio nicaragüense. Buscamos a “Francisco”, un coyote que habíamos contactado por teléfono días antes desde San José. Él se comprometió a cobrarnos 50 dólares por cruzar ilegal al fotógrafo y al redactor de LA PRENSA, a través de potreros y pastizales ubicados al oeste de Peñas Blancas.
Luego pasaríamos por cuatro retenes policiales ubicados entre la frontera y la ciudad de Liberia, en Costa Rica.
No encontramos a “Francisco” y al parecer nadie lo conocía. Pero con ayuda de otro señor hallamos a “Carlos”, otro coyote que se comprometió a pasarnos hasta la casa de “Juan Bulula”, en el lado tico, donde llegaría un vehículo a traernos para seguir hacia nuestro destino.
“Cincuenta pesos cada uno”, nos dice Carlos, quien advierte que además de eso tenemos que pagar los peajes en fincas y la “coima” a la Policía.
Partimos junto al fotógrafo Germán Miranda quien, al encontrar a varias jóvenes que iban a cruzar “mojadas”, empezó a tomar fotografías con discreción y se topó con el enojo de “Jessenia”, una joven coyote de piel morena que pidió respetar su “privacidad”.
Al llegar casi a la mitad del camino, encontramos a un nicaragüense con machete en vaina que cobraba cinco córdobas de “peaje”, para dejar cruzar por su finca a los ilegales. Decidió que nosotros no pagáramos. Al parecer sospechaba que éramos periodistas.
En ese momento creímos que nuestra pretensión de cruzar “mojados” se venía al suelo. Al llegar al primer puesto policial costarricense nos encontramos a otro coyote que ordenó a gritos devolvernos porque andaba una “cámara grabando”. Se refería a nosotros. Luego, otro coyote regresaba de donde estaba el policía porque tampoco le había dejado entrar.
Llegamos al primer puesto policial y de largo el policía dijo que no había pasada. Intentamos caminar un poco más al oeste, donde se encuentra una de las torres que construyeron las autoridades ticas para vigilar el tráfico ilegal, pero el mismo policía nos siguió para impedirnos el ingreso.
La idea original del reportaje se nos había caído y al regresar había más oficiales resguardando el control fronterizo.
Al final nos enteramos que “Jessenia”, molesta por la fotografía, había enviado a un hermano para que alertara a la Policía costarricense de nuestra presencia.
Para entonces ya habíamos caminado cerca de un kilómetro y se miraba un muro de concreto de unos 800 metros que Costa Rica construyó para evitar el ingreso de nicaragüenses ilegales.
Varios nicaragüenses con mochila al hombro cruzaron el muro a vista y paciencia de la Policía tica.
Nosotros no pudimos llegar hasta donde “Juan Bulula”, pero estuvimos a pocos metros. Nuestro guía comentó que para llegar a ese sitio hay que pagar dos mil colones por persona (cerca de 4 dólares), a cada uno de los cuatro policías para pasar sin inconvenientes.
Al regresar a nuestro punto de partida, Carlos se encontró con el enojo de varias personas que le increpaban en tono vulgar por su ayuda. Era obvio, muchos creían que su negocio de cruzar ilegales se puede caer con este reportaje. Al final Carlos decidió cobrarnos 15 dólares porque, según él, le arruinamos el día.
CENTENARES ILEGALES
Al despedirnos nos dio su verdadero nombre y pidió que no lo reveláramos. Antes nos había calculado que más de 150 nicaragüenses, en promedio, cruzan a diario ilegalmente hacia Costa Rica y que, a pesar de eso, el negocio del “coyotaje” no siempre es rentable, porque hay mucha competencia.
Al final, Germán y yo ingresamos legales. Él con un permiso vecinal y yo con mi pasaporte y visa. Pero la odisea en esta frontera continuó. Involuntariamente nos separamos por más de una hora y nos reencontramos en el puesto nicaragüense. Llegamos a la oficina de Migración costarricense y allí nos demoramos cerca de dos horas, porque los funcionarios de ventanilla no querían sellarle el permiso al fotógrafo.
PAGO A POLICÍAS
Resuelto el inconveniente contratamos a un taxista pirata que cobró 20 mil colones (unos 40 dólares) por llevarnos a Liberia, una ciudad ubicada a 70 kilómetros de Peñas Blancas.
Con “José” (el taxista) nos hicimos pasar como ilegales y para evitar riesgos no le explicamos nuestro trabajo. La última parte de la experiencia fue mejor. Logramos burlar los cuatro puestos policiales con ayuda de José, quien se encargó de pagarles cinco mil colones por cada uno a los policías de los retenes.
Durante el recorrido nos explicó su sistema de trabajo. Durante la semana trabaja de chofer en una empresa maderera y los domingos se dedica al transporte de personas entre la frontera y Liberia.
“Hay días buenos y hay días malos. Hay días en que uno no gana nada, pero hay días en que yo he logrado ganar hasta 25 mil colones (cerca de 50 dólares).
José también explicó que para circular por los retenes policiales se debe ir con plata en mano. “Ellos ya saben, si no lo sacas antes, creen que te les quieres pasar y te detienen”.