- En los ingenios El Viejo y Catsa emplearon a dos mil nicaragüenses durante la última cosecha de caña
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Josué Bravo
De fabricador de bloques, Santiago Mejía pasó a ser un improvisado cortador de caña en los cálidos y polvorientos cañaverales ubicados en el norte de Costa Rica, donde el labriego en busca de lograr la faena tiene que lidiar con vejámenes, olor a quemado y el hollín que desprenden los plantíos.
Mejía, un espigado y moreno nicaragüense con la piel curtida por los rayos de sol, tuvo que abandonar su oficio en Managua porque el aumento en los precios del cemento y la arena no le dejaban mucho margen de ganancias en la elaboración de bloques.
Llegó a Belén de Carrillo, una polvorienta comunidad ubicada a 280 kilómetros al norte de San José, cerca del Océano Pacífico, donde cada año se albergan cientos de nicaragüenses que se emplean en la zafra azucarera, cultivo de melón o en las construcciones que se levantan en los grandes complejos turísticos de sus alrededores.
Su interés de llegar a Costa Rica fue con el ánimo de poder ganar lo suficiente para que sus tres hijos culminen sus estudios secundarios en Managua, pero la aventura ha sido más difícil de lo pensado, pues a su llegada ha sido víctima de ultrajes patronales y para ganar lo básico ha tenido que extender las jornadas laborales bajo fatiga.
“Yo nunca había cortado caña pero uno es luchador y la necesidad lo hace trabajar en lo que sea”, cuenta.
Mejía es parte de un grupo de labriegos nicaragüenses que se albergan en condiciones infrahumanas en una rústica fonda conocida como El Negro, con piso de tierra, techo desvencijado, paredes de tabla con huecos vulnerables al polvo y camarotes deteriorados que asemejan a enormes armarios, pero que en vez de almacenar libros arpilla a los inmigrantes junto a sus pertenencias.
Sitios como éste abundan en este pueblo que mueve parte de su economía con la llegada de los inmigrantes de diferentes departamentos de Nicaragua y con el tránsito de turistas hacia exóticas playas.
Casi todos son ranchos o cuartuchos similares a los que se encuentran en asentamientos humanos, con uno o dos servicios que no son tan higiénicos y camarotes sin frazadas ni colchonetas, donde en temporadas de zafra azucarera pueden hacinarse hasta cuarenta nicaragüenses, la mayoría ilegales, que se emplean en plantíos de los ingenios El Viejo y Catsa, ubicados fuera de la localidad, según Francisco Cano, originario de Carazo.
“Todos sabemos que las condiciones no son las mejores, pero es lo más barato que podemos encontrar con la idea de ahorrar para la familia que hemos dejado en Nicaragua”, cuenta Félix Morales, también originario de Carazo.
Para permanecer en estas fondas, cada labriego tiene que pagar en promedio de 12 mil colones (cerca de 24 dólares) semanales que deducen de su salario, de los cuales dos mil (cuatro dólares) son para el alquiler y el resto para el pago de tres tiempos de comida.
Según Francisco Cano, quien administra una de estas fondas, la jornada para los nicaragüenses empieza a las 3:30 de la madrugada cuando en romería todos se disponen a bañar y alistar los machetes o pailones.
Una hora después cada quien retira su comida empacada en recipientes, que generalmente es arroz y frijoles, acompañados con huevo, queso o un poco de carne y bastimento; para llevársela al plantío.
Antes de las 5:00 todos salen a la calle para esperar el recorrido de un camión que los lleva a los plantíos.
La jornada empieza antes de las 6:00 de la mañana, después de transitar casi una hora en los polvorientos caminos, cuando los ayudantes del contratista asignan cada surco o “chorritos” (que lo componen cuatro surcos, generalmente tienen una distancia de cien metros).
sólo nicas
Durante la mañana estos mismos ayudantes fiscalizan que el corte sea el adecuado. En estos dos ingenios durante la zafra pueden emplearse más de dos mil nicaragüenses, según el contratista costarricense Héctor Sequeira (la mayoría sin cédula de residencia), y los pocos ticos que trabajan hasta pueden contarse con los dedos de la mano.
En el corte de caña quemada destinada para el azúcar, donde se emplea la mayoría, el fin de la jornada depende del interés o ambición del labriego con respecto al salario que desea obtener, pues se gana por producción.
Los primeros en despegar o culminar el día generalmente son los costarricenses, que lo hacen a las 11:00 de la mañana en promedio. De último quedan los nicaragüenses que finalizan su tarea si es posible hasta las 3:00 o 4:00 de la tarde, en busca de ganar más dinero.
la paga
Además del agotamiento, durante el día se tiene que lidiar con el incesante polvo que molesta las fosas nasales. Se gana por metro cortado, que es pagado entre 10 y 20 colones, pero el cortador se entera de su verdadero valor hasta tres o cuatro días después de haber iniciado el trabajo.
Al finalizar la jornada, independiente de la hora (tarde o noche) todos regresan llenos de hollín a las fondas para alimentarse, descansar, tertuliar un poco y dormir desde las 8:00 de la noche para continuar al día siguiente con una nueva jornada.
En una semana un cortador promedio de caña quemada (conocido como 'media paila') puede ganar entre 30 mil y 40 mil colones (entre 60 y 80 dólares), comenta José María Jiménez, labriego de 68 años.
Un buen cortador (conocido como 'pailón') puede ganarse semanalmente más de 60 mil colones (más de 120 dólares). “Pero eso se gana bien penqueado”, dice.
“Ganarse 30 mil colones ya no es mucha plata porque el costo de la vida en Costa Rica es caro. Al final es poco lo que se puede ahorrar porque después de pagar alquiler y comida, tienes que enviarle plata a la familia que dejaste en Nicaragua”, explica Jiménez.
Sólo unos pocos nicaragüenses, cerca de treinta, pueden ganar hasta 100 mil colones (200 dólares) a la semana cortando caña de semilla, que es para renovar plantíos. A estos “privilegiados” se les paga a 200 colones (0.40 centavos de dólar) el saco lleno de pedazos de caña y generalmente son escogidos por el contratista.
Durante un día, cuya jornada es de 6:00 de la mañana a 6:00 de la tarde, un buen cortador puede llenar entre 80 y 90 sacos, explica Félix Morales.