- Dos nicas en Costa Rica aseguran que éste es un país de oportunidades, ellos han encontrado trabajo y hasta prestamos para alcanzar proyectos
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Todos los migrantes nicaragüenses buscan mejorar sus condiciones de vida, algunos lo logran, la mayoría no, pero Alicia Flores y su esposo Gilberto Sánchez, originarios de Ometepe, son de esas excepciones que a punta de trabajo y sacrificio se han establecido en Costa Rica como pequeños empleadores.
El matrimonio Sánchez Flores desde hace cuatro años inauguró en Santa Elena, Puntareanas, un taller de mecánica donde le dan empleo tanto a “paisas” (nicas) como a ticos.
“Mi marido empezó a luchar y a luchar y ahora tenemos un taller de mecánica, también sacamos fiados dos carros que trabajan como taxi y así nos ganamos la vida”, expresa Alicia Flores, quien visitó Nicaragua en Semana Santa.
En el Taller de Mecánica Sánchez, Alicia Flores es una especie de administradora, lleva el control de las herramientas que los mecánicos necesitan para sus labores cotidianas y también efectúa el pago de los empleados.
Esta nica en el exterior dice que de esa forma han logrado comprar también una casita en Costa Rica. “Es una casa humilde no de lozas brillantes, pero es mi casa”.
Para Flores, trabajar en su propio negocio ha sido una bendición de Dios al que a diario le da gracias. “Ha sido una bendición no tener que trabajarle a nadie, a veces Dios le pone gente buena en el camino y nosotros contamos con el apoyo de unas personas que nos dieron el terreno del taller sin tener que darles ni siquiera un colón por adelantado. Lo importante de esto es forjarse uno, sin tocar, ni agarrar lo que no es de uno”, señala.
Dice que en Costa Rica han encontrado tres cosas muy positivas: mucha gente linda, fuentes de trabajo y facilidades de hacer “cosas” (alcanzar proyectos). “Allá (en Costa Rica) hice un préstamo y me lo dieron con más facilidad que en mi propio país donde ni siquiera podía encontrar un trabajo”, expresa.
NO TODO ES COLOR DE ROSA
Aunque ahora Flores lleva una vida más agradable, no siempre todo fue color de rosa, en su inicio como migrante fue víctima de maltrato y discriminación por ser nicaragüense.
“En un principio aguanté mucho, porque así como existe gente buena hay muchas que no lo son. En uno de mis últimos trabajos me contrataron para arreglar unas cabinas (pensiones) donde llegaban los turistas por una noche, dijeron que las tendría que limpiar y arreglar por un dólar la hora y al final resultó que los patrones me regañaban muy feo porque no sabía hablar inglés”.
EL SUEÑO
Para Flores, lo que más extraña de Nicaragua es no tener a su lado a su mamá. “Hay muchos migrantes que extrañan la comida, pero ese no es mi caso porque en mi casa yo soy la que cocino y lo hago a lo nica, lo que sí me hace falta es mi madre y cuatro de mis hijos que están todavía en Nicaragua”, dice.
Nuestra lucha es llevarnos a todos nuestros hijos que están en Nicaragua y poder componer una casa que tenemos en Granada.
A pesar de la estabilidad que ahora goza, Alicia Flores no deja de pensar de que algún día pueda regresar a Nicaragua e instalar su taller en Granada.
Dice que el éxito se lo debe en primer lugar a Dios y en segundo lugar al buen comportamiento. “Para alcanzar la metas en la vida las personas no deben tener vicio, también la comprensión de los miembros de la familia es muy importante”, asegura.
La familia Sánchez está compuesta por seis hijos, la mayor de 22 años y el menor de 12 años y tres nietos. De éstos sólo cuatro quedan en Nicaragua.