- Madre nica puede ser deportada
[/doap_box]
Corresponsal/ Los Ángeles
Cuando Marta Ramos salió de Nicaragua en junio del 2001 con rumbo a Estados Unidos, lo hizo como la mayoría de aquellos que se ven obligados a abandonar a sus seres queridos así como también lo poco o mucho que hayan logrado acumular.
Todo por buscar el famoso sueño americano, con las esperanzas de tener un mejor nivel de vida y lograr lo que en Nicaragua se le había hecho imposible: Estudios, comprar una casa y obtener un trabajo estable.
Ahora, cinco años más tarde, con cuatro hijos, Ramos, está viviendo una pesadilla de la que al despertarse quizá lo haga en la Managua de siempre.
En conversación con LA PRENSA, Marta, de 24 años de edad, relata que su suplicio comenzó el pasado 21 de marzo, cuando unos 15 agentes de la oficina de aduanas e inmigración (ICE por sus siglas en inglés) irrumpieron —con su fotografía en mano— en su casa en la ciudad de Camden, en el Estado norteamericano de New Jersey.
Al finalizar el operativo, tanto Ramos como su hermano Francisco de 28 años; Sara, su mamá y Marina, una amiga de nacionalidad mexicana, indocumentada que se encontraba de visita en esos momentos, fueron esposados y arrestados, para luego ser llevados a las oficinas de esa agencia federal.
La nicaragüense es una de los once millones de indocumentados que viven en Estados Unidos y por quienes en estos días se libera una batalla en el Congreso norteamericano para conseguir que se les conceda una manera para legalizar su estadía.
Mientras tanto, Ramos, originaria del barrio Larreynaga, de Managua, se queja del abuso que sufrieron por parte de los agentes.
Ella relata que entraron casi rompiendo su casa, y con metralletas subieron al segundo piso, aterrorizando a sus cuatro hijos, uno de éstos sufre del síndrome de Down, mientras que una niña es hiperactiva, por lo que necesitan cuidado médico continuo.
Ya en el centro de detención, una juez le concedió libertad condicional para que pueda cuidar de su hijo de cuatro meses de nacido con el compromiso de reportarse por teléfono todos los días a las 9:00 de la mañana.
Ante la posibilidad de tener que regresar a Nicaragua dice: “No sé qué hacer. Yo no tengo a nadie allá”. A la vez se queja de que al solicitar la asistencia de la cónsul honoraria de Nicaragua en Pennsylvania, ésta “más bien me dijo que empezara a alistar mis cosas, y que me podía conseguir con las autoridades quince días más para que vendiera mis pertenencias”, explicó.
En un esfuerzo postrero para cambiar el destino que las autoridades le tienen preparado, Marta y su compañero de vida, un dominicano, intentan reunir tres mil dólares que les cobra un abogado; hasta ahora solamente han conseguido la mitad. Si no obtienen el resto, quizá Marta tenga que regresar a donde salió hace casi seis años llena de esperanzas; ahora lo haría acompañada de sus hijos y flanqueada por maletas repletas de tristeza e incertidumbre.