- Le conocí en 1946 como hermano portero en la residencia de los jesuitas, anexa al templo de Santo Domingo, era entonces un joven atlético de regular estatura, tez blanca y cabellos castaños. Su carta de presentación era una alegre sonrisa que ensanchaba en su horizontal boca pequeña. Lo he vuelto a ver después de sesenta años, el tiempo ha cambiado un poco su aspecto físico, pero no su espíritu jovial, comunicativo, jacarandoso
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¿Cómo será, querido Sancho, la cara de la felicidad? Pues yo supongo, señor, que debe conjugar a un mismo tiempo muchas facetas. Ser iridiscente, radiante, sonriente, que tenga un halo —como los santos— que envuelva a los demás en un ambiente de paz, amor, confianza y afecto.
¡No digas más! Esa es la cara del hermano jesuita Ramón Meabe Bilbao.
Entre la algarabía de un grupo de niños que se aglomeran frente a la ventana de la cafetería del Centroamérica para comprar golosinas, está el hermano Ramón Meabe. Se mueve como un muchachito entre chigüines, como quien va por un jardín persiguiendo mariposas y aspirando el olor de las flores.
“Hermano, hermano, somos periodistas y queremos platicar con usted”. Se asombra el hermano Meabe, sonríe incrédulo. ¿Conmigo, pero qué he hecho yo para que me busque la prensa? Jamás en mi vida he tenido algo contra los periodistas y jamás me han pedido entrevistas.
Ríe de su ocurrencia. Este hermano Meabe es alegre como unas castañuelas, se acomoda en una banca y agrega feliz: “Este es mi debut… Pregunten lo que quieran.
Comienza diciendo que está ahí cuidando a los chiquillos, porque tiene un cargo “así como de vigilante” desde que llegó al Colegio Centroamérica de Managua. “Difícil, porque ahora ni quiera Dios coscorronear a un chavalo, eso es ganarse la enemistad de los padres que se encrespan y yo no quiero eso”.
DE BEDIA A GALDACAO
Se larga a sus años de infancia cuando a punta de coscorrones aprendió a respetar a sus mayores, a cumplir sus deberes y a forjarse como hombre de bien. “Pero los tiempos han cambiado y hay que adaptarse, porque ya la chiquillería se ha vuelto parte de mi vida”.
¿Dónde nació usted, hermano?
Yo nací en Kruskaya, una provincia de Vizcaya, en un pueblecito pequeño que se llamaba Bedia y no recuerdo nunca haber vivido allí, pero todavía cuando ya un poquito mayor iba, me decían: “En esa casa naciste tú”, y era ya una casa que se iba a caer.
¿Entonces guarda dudas sobre su lugar de nacimiento?
Yo no viví ahí en Bedia, pero me consta que nací ahí porque en los registros del templo existe un acta de nacimiento que dice: “Nació un niño hijo de Isidro y de una tal Felisa de Bilbao de tales y tales referencias…”, pero yo no recuerdo haber vivido ahí sino que viví después en un pueblo más grande que está pegado a Bedia, se llamaba Galdacano, que ahora en vasco le llaman —porque todas las cosas se han cambiado—, Galdacao.
VOCACIÓN TEMPRANERA
¿Y sus padres quiénes fueron?
Mi padre se llamaba Isidro Meabe y mi madre Melissa Bilbao. Ellos eran campesinos, mi madre era de otro pueblo que en aquel tiempo se consideraba lejano, pero ahora con las modernas carreteras ya es cercano, ese pueblo de mi madre se llamaba Ibarraguerra, mi papá era de Mérida… ¿Qué cómo se conocieron? No sé, nunca me dijeron nada.
¿Y hermanos?
Hermanos tengo dos, viven todavía, uno se llama Juan y el otro Amanxi.
¿Hermano Meabe, de dónde le vino el antojo de estar siempre metido en una iglesia?
Mire, el antojo me vino de la vocación de entrar al noviciado al servicio de Dios y del prójimo, entré a la Compañía de Jesús muy jovencito y lo primero que hicieron fue mandarme a Nicaragua. Yo vivo feliz en Nicaragua, no conocía otros países y me vine a ser feliz aquí.
¿Por qué jesuita?
Porque de pequeño fui a la apostólica de Javier y ahí estuve tratando con los padres y hermanos… Y escogí la vida de hermano porque me pareció más tranquila, no hay que decir misa, no hay que confesar a nadie. Y siempre dentro de la comunidad.
¿Cuánto tiempo vivió como hermano en España?
Yo vine a Nicaragua, creo que a los 19 años, fue como en el año 48 o más bien en el 46. Vine directamente a Managua, a la Iglesia de Santo Domingo. Ahí estuve dos años y algo más, y luego me mandaron a Jalteva, en Granada, donde estuve otros dos años y unos meses, pasé después al Centroamérica en Granada. Cuando el colegio se trasladó a Managua yo me vine con él.
LAS VENTAJAS DE SER “LEGO”
¿Pero nunca se ordenó?
No, en la Compañía como en toda orden religiosa hay sacerdotes y hermanos, hay una palabra griega que se aplica a estas personas, son “legos”, que significa que no son sacerdotes. Yo conocí a otros hermanos “legos” y aprendí con ellos que a mí me encanta esta vida tranquila. Y una vez, cuando iba a entrar a la Compañía, un padre que me conocía muy bien, que era como el padre espiritual, me pinchó y me dijo: ¿No te gustaría ser padre? Inmediatamente le contesté: No, porque yo no quiero andar la vida entre dudas, no quiero después ponerme a pensar si hice mal o si hice bien.
¿Por qué no intentamos hacer una descripción sicológica de los padres jesuitas que vivían en aquellos años en Santo Domingo?
Los padres eran… primero el superior, el padre Aguirre, muy buena gente, ¡Oh! gordito, bonachón, siempre sonriente, alegre. Luego estaba el padre Bengoechea, que era muy sacrificado, pero sí, tenía un carácter un poco bravo. Ay de aquel que se confesaba con él, si no sabía decir sus pecados el padre lo coscorroneaba. Era el encargado de auxiliar a los enfermos y de darles la extremaunción. Eso lo cumplía a cualquier hora del día y de la noche, pero al que llegaba en la noche a solicitarle ese sacramento lo regañaba. ¿Y por qué no vino en el día? Pero allá iba. Otro era el padre Lasquivar, otro que grrrr, grrrr, tenía un genio terrible y parecía que caminaba regañando. Después el padre Atucha, que caminaba como embistiendo. Atucha vino de Panamá a Santo Domingo a seguir el trabajo realizado por el padre Iriarte en la Casa del Catecismo. Eso fue un poco antes de venir yo.
Después vino el padre Fernández del Campo que se encargó de mejorar la imprenta que estaba anexa al templo.
Otros padres fueron Acha y Pinedo, quienes llegaron después, pero también debemos decir que ya habían dos hermanos en la Iglesia, el hermano Apodaca, muy querido de la gente. Era bajito, hablaba con voz gutural, como haciendo gárgaras, pero era una buena gente.
LA MUERTE DEL PADRE PONSOL
Entre las cosas que permanecen grabadas en mi mente está la muerte del padre Ponsol, quien falleció junto a los pasajeros de un avión que se estrelló cerca de La Libertad, Chontales. Trajeron los cadáveres a Managua y entonces no sé quién pidió que prestaran la Iglesia para velar a los difuntos. Se prestó la Iglesia, se pusieron unas bancas en el medio y ahí los pusieron, olía la Iglesia a carne asada porque los pasajeros habían muerto quemados, era dantesca la escena, todos estaban mutilados, retorcidos, chamuscados. Aquello era horrible, angustioso, y nunca pude olvidar ese terrible cuadro. Con el padre Ponsol también murió otro jesuita, Marcelino Redondo, dos pastores protestantes y otras personas más. El padre Ponsol estaba asignado al Colegio Centroamérica, era arqueólogo y profesor del colegio. Su muerte fue muy sentida en los círculos científicos de Nicaragua.
¿Y del padre Iriarte qué me cuenta, alguna semblanza?
Cuando llegué a Managua ya lo habían trasladado a Panamá. Sé que era muy popular y que tenía cara de bravo, pero era muy muchachero.
EXTRANJERO EN SU PAÍS
¿Dígame hermano, y todavía añora su patria?
Alguien me hizo esa pregunta un día y un padre del colegio respondió por mí: “Pero déjenlo en paz al hombre… ¡Si él está contento aquí, si él no es de allá, él es de aquí!
Quiere decir que desde aquel tiempo no volvió a España?
Pasé muchos, muchos años, porque antes no volvíamos. Yo al despedirme me despedí hasta siempre. Pero después vino el Concilio del Vaticano cambió eso. Recuerdo que yo no sabía de eso y que una vez desde el alta voz para llamar a los muchachos allá en Granada, comenzaron a llamar: “Fulano, fulano y fulano, eran cuatro, vengan a la rectoría, y había un hermano que era muy chilero y dijo: ¿A la rectoría, pero si yo no he hecho nada? ¿Hasta padre espiritual tenemos? ¿Será que nos van a regañar?
Nos vamos pues, y el padre Gondra, que era el rector, nos recibe muy serio y grave: “Siéntense” Y agrega más serio: “Tengo aquí una carta del padre Provincial, dice que usted, tal y tal, que no se qué, que no se cuánto, pueden viajar a España. Yo me emocioné tanto que no me salió una palabra, sólo dije: “Muchas Gracias”, no me salió más, y después a los dos meses ellos fueron a España. Yo no fui, pero fui más tarde, porque los primeros fueron los que más tiempo llevaban.
¿Qué encontró en España, estaban vivos sus padres?
Mi padre no, pero mi madre estaba viva y mis hermanos. Por tres meses me mandaron y luego regresé. Después íbamos cada diez años. Y ahora hace como tres o cuatro años el Provincial casi me obliga a ir y yo estoy diciendo que no, que no y que no. Pero creo que este año, si me dicen, tendré que ir, porque ya aburro al decir que no.
¿Por qué no quiere ir?
Porque, por una parte soy extranjero en mi pueblo, voy y nadie me conoce fuera de algunos viejos de ahí, que a lo mejor ya no están. Y estos viejos cuando me ven encarnan las cejas y dicen: “Uy, si parece que es fulano”. “No, dice el otro, yo creo que es sutano”. Y cuando me presento a ellos exclaman: “¡Ahhh, pero si es perencejo!”. Quedo pues, como extranjero en mi propio país.
Muy bien, así terminamos.
Alguna pregunta más y se la contesto.
No, ahora pasamos a la sesión de fotografía.
Entonces me quito la gorra, pero cuidado se me resfría la calva. Ja, ja, ja, ja.