Las elecciones de los vecinos

Alberto L. Alemán Aguirre No es un consuelo de tontos, sino más bien otro motivo de tristeza: Honduras está a las puertas de elegir a su nuevo Presidente, tras una campaña dominada por insultos y acusaciones, donde el debate fue inexistente o al menos más pobre que el que conocemos en Nicaragua. Los únicos dos […]

Alberto L. Alemán Aguirre

No es un consuelo de tontos, sino más bien otro motivo de tristeza: Honduras está a las puertas de elegir a su nuevo Presidente, tras una campaña dominada por insultos y acusaciones, donde el debate fue inexistente o al menos más pobre que el que conocemos en Nicaragua.

Los únicos dos candidatos que pueden ganar pertenecen a las paralelas históricas, y la verdad es que para muchos electores y observadores allá, poco va a cambiar, no importa quién gane.

Ambos son de derecha, hombres con fortunas ligadas a la tierra y al ganado, en parte heredadas de sus familias.

Ambos hacen declaraciones populistas, grandiosas, prometen mucho pero no explican cómo harán los cambios. Cada uno ha dedicado sus buenos epítetos al contrincante.

Tomemos el primero.

Porfirio Lobo Sosa, presidente del parlamento y candidato del Partido Nacional —el mismo del presidente Ricardo Maduro—, fue en su juventud un militante del Partido Comunista Hondureño, viajó a la URSS, pero luego, al crecer y volverse más realista, se fue a estudiar a EE.UU. Administración de Empresas, se dedicó a sus tierras y ganado familiares, y a la política.

Junto a Maduro, formó un binomio de poder en estos años y se hizo famoso por impulsar la reforma del Código Penal que se dio en llamar “ley antimaras”.

La reforma citada impuso penas de 20 años de cárcel y grandes multas para los jefes de las pandillas; su aplicación ha mandado a la cárcel a casi 2 mil personas acusadas de dirigir “clicas” (células) de maras.

Consciente de que la alta inseguridad ciudadana es un terreno fértil, Lobo se declaró partidario de la pena de muerte y de imponer una mano aún más dura. Su logo es un puño cerrado, y su eslogan: “puño firme”.

El Procurador de Derechos Humanos, activistas civiles, asociaciones de abogados independientes y hasta algunos religiosos, señalan como “inconstitucional” la mencionada reforma. La ven contraria a normas internacionales y, como aseguran, niega el principio de presunción de inocencia, una piedra angular del sistema jurídico.

Es conocido que en las ruidosas operaciones antimaras se ha detenido a cientos de jóvenes por solamente poseer un tatuaje, identificando este elemento como de pertenencia a una pandilla.

Como Nicaragua, Honduras es un alto receptor de ayuda extranjera al desarrollo. De llegar al poder el señor Lobo, y de cumplir su palabra de imponer la pena de muerte, quisiera ver si tal cosa le agradaría a los donantes de la Unión Europea, donde no existe ese castigo.

Este año y el otro, la Fiscalía, controlada por funcionarios afines al Partido Nacional, cerró más de 40 casos de investigaciones por actos de corrupción. Según la prensa hondureña, algunos podían haber sido incómodos para Lobo.

La pobreza, muy alta en el vecino país, y el tema de la seguridad, son los principales para los votantes. Pero no hubo una discusión seria y responsable. Para las maras, solamente palo, propone Lobo. Las raíces sociales del problema no se mencionan.

El diputado promete crear 600 mil empleos, entregar tierras a los campesinos y dar 200 mil becas a jóvenes pobres. Qué bien suena. Huele a populismo. ¿Pero, cómo lo hará? Sabrá Dios.

Manuel Zelaya, el rico ganadero que el Partido Liberal tiene como candidato, de joven se puso a estudiar Ingeniería Civil, pero dejó los estudios y se fue a trabajar en las fincas de su familia de madereros y ganaderos.

Ha sido miembro del Consejo Hondureño de la Empresa Privada, diputado y director del Fondo Hondureño de Seguridad Social. Fue allí donde, se dice, hizo una buena labor en un país destruido por el huracán Mitch.

Su consigna es “poder ciudadano”, habla de fomentar “comunidades autoprotegidas” ante el crimen, pero ni él ni su campaña han podido explicar en qué consiste eso.

La primera frase le ha dado a Lobo elementos para usar tácticas del miedo, y asociarlo con Daniel Ortega —hasta en los países vecinos se proyecta lo negativo de la figura del Comandante.

Se opone a la pena de muerte, por razones religiosas, pero por ello Lobo le endilga blandenguería con las maras.

Promete acabar con las viejas estructuras económicas y sociales del país, aunque su trayectoria y origen no le respaldan como revolucionario.

Los nacionalistas —nada sorprendente en el mundillo de la política— le arrojaron lodo al sacar la detención de su padre en los años 70 por supuestamente haber ordenado el asesinato de un grupo de campesinos.

Éste ha sido en general el transcurso de la campaña.

Los temas de la política exterior han estado ausentes y no se ve elementos que permitan esperar un gran cambio en las relaciones normales con Nicaragua. El año que viene, conoceremos con la mayor probabilidad el fallo del juicio que entablamos contra Honduras en la Corte Internacional de Justicia, y ese será, quizás, el suceso más importante de las relaciones bilaterales.

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