Alberto Alemán Aguirre
TOKIO.— El compromiso de Japón de mantener y fortalecer la cooperación al desarrollo, promover la democracia y fomentar las inversiones y el comercio con Centroamérica es una parte de un esfuerzo mayor de la rica nación asiática: tener un papel global más acorde con su potencial económico.
Ambas partes, Centroamérica como Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y Tokio, aprovecharon este año, el del 70 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas, para reforzar los vínculos. El punto principal de una cadena de eventos ha sido la reciente Segunda Cumbre Centroamérica-Japón, concluida hace dos semanas.
Terminó con una extensa “Declaración de Amigos” que incluye un Plan de Acciones Concretas que abarcan áreas como la cooperación al desarrollo (agricultura, medio ambiente, apoyo a las empresas pequeñas y medianas, créditos, asistencia técnica, etc.), el respaldo a los procesos democráticos centroamericanos y posiciones comunes en temas internacionales.
Muy importante para Tokio fue el compromiso unánime y explícito de los países del SICA de votar a favor de Japón cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas considere el asunto de la ampliación del Consejo de Seguridad. Japón y otros 3 países —Alemania, Brasil e India— pretenden convertirse en miembros permanentes, lo cual aumentaría formalmente su peso en la arena internacional. Los miembros permanentes tienen derecho a veto. A esta Cumbre Mundial del Milenio que debe comenzar en dos semanas, se espera la asistencia de al menos 140 jefes de Estado o de Gobierno.
El Consejo de Seguridad es el órgano que vela por el mantenimiento de la paz y la seguridad mundiales, y, al menos en el espíritu de la Carta de la ONU es el único órgano que puede autorizar el uso de la fuerza. Lo hizo por ejemplo en 1991 para la primera guerra del Golfo Pérsico, tras la invasión iraquí a Kuwait.
Las potencias pasan encima de la ONU cuando estiman que sus intereses así lo requieren: el Consejo no autorizó la invasión angloestadounidense de Irak en el 2003, ni tampoco los bombardeos de la OTAN a la ex Yugoslavia en la década de los noventa, durante el conflicto en Kosovo, aunque pararon la limpieza étnica ejecutada por los serbios.
Sin embargo, siguen ellas necesitando de la ONU. Enfrentados a la resistencia en Irak y a los inmensos desafíos de la reconstrucción, Estados Unidos y el Reino Unido han tenido que acudir a la organización.
Desde luego, el tema está dentro de una reforma general del organismo que lo haga más funcional ante los desafíos del siglo XXI: la pobreza, la protección del medio ambiente, el desarrollo humano sostenible, el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva.
La actual composición del Consejo refleja el mundo del final de la Segunda Guerra Mundial. Tiene 5 miembros permanentes y 10 no permanentes. Los primeros son las potencias victoriosas de la Segunda Guerra: Estados Unidos, Reino Unido, Rusia (heredera de la URSS), Francia y China.
Hoy, los dos grandes derrotados de hace medio siglo, Japón y Alemania, son respectivamente la segunda y tercera economías del mundo, y su aporte al presupuesto de NN.UU. es significativo. Ambos son democracias. También participan en misiones internacionales de mantenimiento de la paz y humanitarias. Con el 20% del total, el país asiático es el segundo mayor contribuyente detrás de EE.UU., superando a los restantes miembros permanentes. Japón es un proveedor clave de ayuda al desarrollo del tercer mundo.
Preocupaciones de seguridad igualmente motivan. El creciente poderío de China y las ambiciones nucleares de Norcorea —que ya hizo disparos de prueba de un misil que podría alcanzar las islas niponas— son desafíos de la política exterior japonesa, cuya base ha sido una estrecha alianza con EE.UU. desde hace medio siglo.
Usando estos argumentos, Japón defiende su aspiración. Además de su posición económica, el país es líder en varios campos de la tecnología y la ciencia, y, especialmente, en el desarrollo de energías alternativas.
El apoyo de Centroamérica vino tras intensas consultas diplomáticas hasta el último momento. El obstáculo, según algunas fuentes centroamericanas, fue el desacuerdo con la inclusión de Brasil en la tanda de nuevos miembros permanentes. La causa del llamado G4 ha encontrado poderosos rivales: Italia cuestiona la inclusión alemana; Pakistán la de su archirrival India; Estados Unidos no acepta la idea de un poder como Brasil con derecho a veto en el continente americano; y China, una futura superpotencia, rechaza la candidatura japonesa.
China y Corea del Sur se oponen tomando argumentos de la historia. Aseguran que Tokio nunca se ha disculpado propiamente dicho por los crímenes y la invasión de su ejército en la primera mitad del siglo XX, y que falsea la historia en sus textos escolares. Pero Japón arguye que no es así: hace diez años, el primer ministro Tomiichi Murayama formuló disculpas y este año, el primer ministro Junichiro Koizumi ha lamentado actos del pasado en dos ocasiones; la más reciente ha sido el 14 de agosto pasado, en el 60 aniversario de la rendición de Japón que puso fin a la guerra.
En medios noticiosos internacionales, se estima que no habrá suficiente apoyo para las tesis del G4 en la cumbre de la ONU. Sin embargo, el asunto es visto como de largo plazo por Japón. En un encuentro con periodistas de Centroamérica, el director general para América Latina de su Cancillería, Mitsuo Sakaba, manifestó que su país puede aceptar no tener derecho a veto, pero que tras 15 años, “habría que hacer una revisión”. Tal es la postura del G4.
Es incierto aún el desenlace de una posible votación en la ONU, donde se necesitan dos tercios de los votos en la Asamblea General. Pero sí es seguro que Japón continuará su búsqueda de un papel mundial más en acuerdo con su potencial.