Gustavo A. Abarca
Después de tres años de estar tratando de establecer negocios en Nicaragua decidí descontinuar los esfuerzos por la burocracia y la falta de institucionalidad. Levé al país algunos amigos deseosos de invertir. Conversé con otros que también están buscando mercados emergentes para invertir, y al ver el circo y turbulencia politiquera en mi Patria, decidí que era mejor dejar de soñar pues, ¿quién quiere invertir en un país anegado de incertidumbres, y en el que rige el revanchismo político con una alta dosis de lucha de clase social?
Me apena mucho decirlo, pero a estas alturas no se puede llevar a nuestros hijos a que administren un negocio bajo condiciones totalmente desfavorables.
En Estados Unidos por lo menos ya se acostumbraron a nuestro acento y nos aceptan en el mundo de los negocios, pero en Nicaragua seguimos siendo extranjeros y lo único que aceptan es el dólar que llevamos o enviamos.
Por otro lado, con la cantidad de asaltos y asesinatos que se leen en los periódicos, sería una idea loca y descomunal el trasladarse a vivir a Nicaragua, dejando atrás la poca tranquilidad que hemos encontrado en el exterior.
Peor aún, en Nicaragua, no se nos da cédula porque hay intereses creados y un inmenso terror al hecho de que con cédula en mano, podríamos voltear la tortilla política, pues votaríamos por planes de gobierno, no por partidos políticos tradicionalistas, emberrinchinados y revanchistas, y esto no le conviene a ninguno de los actores políticos en la cartelera cirquera de la Nicaragua de hoy.
Quienes residimos en el extranjero hemos aprendido que los discursos no pagan las facturas ni compran los alimentos; y los políticos se han dado cuenta de que a una gran mayoría de los que residimos en el extranjero no nos emocionan ni nos arrancan un voto.
Hemos aprendido que el trabajo duro, la persistencia, la honorabilidad y el ahorro son la fórmula para sobrevivir en cualquier ambiente en el que se respete la dignidad humana.
Añoro mi Patria, extraño mi familia, y qué no daría por el gallo pinto, el pinolillo y tanta belleza que mi tierra generosamente otorga; a todos mis hijos he inculcado el amor por Nicaragua, pero… ¿irme a Nicaragua?
Tal vez cuando el hastío me asalte. Por ahora no.