Pedro Rafael Gutiérrez Doña
Una vez más don Rodrigo Carreras, el Embajador tico en Nicaragua, sale a defender lo indefendible, a querer tapar el sol con un dedo. No puede don Rodrigo evitar la aversión palpable del común costarricense en contra de los nicaragüenses. Existe y es real. (Opinión. “Percepciones y realidades”, 30 de junio 2005, LA PRENSA). Insensible para él, sobre todo cuando no sabe lo que es esconderse de Migración por temor a ser encarcelados y luego deportados; y menos lo sentimos, cuando nos cubrimos con la cobija de exoneraciones, privilegios e inmunidades. No es lo mismo trabajar en Nicaragua siendo tico, que trabajar en Costa Rica siendo nica. La razón principal es que aunque el señor Embajador haya participado de actividades etílicas donde se haya bromeado con sus connacionales, al tico siempre se le ha querido en Nicaragua. Contrariamente, los nicaragüenses hace más de dos décadas que nos convertimos en la peste de ese país.
Si no, vea que cuando hay un asalto a un banco la prensa informa que “hablaban como nicas…”, cuando hay un chiste en el trabajo, sale el de la empleada nica que confunde el microondas con el televisor o en la escuela donde a manera de insulto los niños se acusan señalándose entre sí, “parecés nica…”
No hay que vivir en el Paso de la Vaca ni en Lomas de Ayarco para darse cuenta de estas realidades. Don Rodrigo lo sabe muy bien y como funcionario diplomático de su país lo menos que puede hacer es hacerse el “mae”, como dicen en tiquicia.
La “nicafobia”, para ser más claro, no podrá esconderla. Tiene razón al afirmar que siendo Costa Rica un país que vive del turismo y de las inversiones extranjeras no pueden ser xenófobos. Lo que sucede es que los que llegan a Costa Rica con los dólares a comprar la zona marítimo-terrestre y hacer sus grandes complejos turísticos, a ésos, aunque destruyan la ecología y contaminen, ahí no hay xenofobia por simple lógica. Pero cuando llega uno que le quita el puesto al cuida carros o al bodeguero en la fábrica, ahí es donde está el problema, porque no se trata de uno, ni de diez, sino de más del 10 por ciento de la población del país.
No es al de cuello blanco que llega por el aeropuerto Juan Santamaría que rechazan y humillan, es al “nica” que paga 10 mil colones en Peñas Blancas a los taxistas piratas de su país, para ponerlos en el Parque de La Merced sin ningún control migratorio y entra por Cárdenas. Es al que sediento de un empleo le untó cinco mil colones a cada uno de los tres puestos de control de inmigrantes —entiéndase, nicas— que hay después de la frontera.
La actual Ley de Migración es una mampara. Sin esa Ley y con ella, las injusticias en contra de los nicaragüenses han sido el pan de cada día. Las mordidas están por encima de los decretos y leyes, y de eso son culpables los costarricenses, no los nicaragüenses que buscando un empleo caen en manos del hampa organizada.
No crea el señor Embajador que esto sólo lo ven los nicas. El maltrato a los nicaragüenses es visto por miles de ticos, ticos como el agua dulce y con tres dedos de frente, además es visto por norteamericanos y de otras nacionalidades que, sensibles a la violación de los derechos humanos y a la “nicafobia” se convierten en voz de los que no la tienen.