Gabriel conde
A la presencia del cardenal Obando como garante o testigo del diálogo hay que aplicarle el antiguo aforismo legal “testis unus, testis nullus: un testigo, no es testigo”. Pero más aplicable es aquél que dice “no se puede ser juez y parte”.
Los líderes políticos antagónicos a don Enrique Bolaños han rememorado la Francia dieciochesca con eso de “L´ etat ce moi”. Pero durante el reinado absolutista de Luis XIV Francia vivió la edad de oro de la literatura. Ésa fue la edad de Moliére y la Fontaine, Racine y Boileau, Madame de Sévigné, Bossuet y Fenelon. A la inversa aquí tenemos a un procurador de los derechos humanos, don Omar, quien en comparecencia televisiva nos dice que la revolución francesa tuvo lugar en 1879 ¡Qué cabezas, don Omar!
Pero hay muchas similitudes entre la Francia de hace 200 años y la Nicaragua de hoy. En aquella habían 30 intendentes, a quienes se les llamó los treinta tiranos de Francia, aquí sólo tenemos dos. En aquellos tiempos existió lo que se llamó la todopoderosa “noblesse de la robe” aquí en Nicaragua tenemos la nobleza de las cortes, contralorías, fiscalías y consejos. En la Francia de ayer las personas que pertenecían a esos círculos de poder, si cometían delitos no iban a la cárcel, en Nicaragua sucede igual. En la Francia del siglo XVIII, tremendo poder ejercieron los cardenales Richelieu, Mazzarino, Rohan, el del famoso collar y muchos abades. Aquí tenemos a un cardenal Obando y a los obispos Montenegro, Vivas, Mata y Solórzano, unidos todos en un poderoso sindicato conocido como Conferencia Episcopal.
Los cardenales franceses debilitaron la fe católica, los nuestros han hecho lo mismo y los pobres que son los más prefieren a los cuestionados pastores de “pare de sufrir”. Pero no todo es drama en este país. Siguiendo el ejemplo de la “Francia tara” aquí también nombramos intendentes y uno de los nombrados me ha hecho pensar que si España nos regaló al caballero de la triste figura, Nicaragua nos ha dado al caballero de la chistosa cara, el sin par, sin ventura e ingenioso Fredy Carrión.
En resumen a 200 años de la revolución francesa, los nicaragüenses vivimos esa época. Y si no nos salva Caputo, nos vamos al infierno del Dante.