Luis A. Navarro Urroz
Nicaragua, como consecuencia del asalto diario que ha venido sufriendo de parte de los políticos-diputados de la Asamblea Nacional, en los últimos meses, parece que ha entrado en un estado comatoso. Nuestro amado país se sigue desangrando, postrado e indefenso después de tantas heridas profundas infligidas por sus propios padres, los diputados.
El acoso declarado al Poder Ejecutivo para asesinar a Nicaragua con la aprobación de leyes que dañan el balance entre poderes que debe existir en una democracia, así como el deseo de quitar y hasta encarcelar al Presidente de la República, ha sido desde hace años una obsesión de los jefes de los partidos pactantes. Nicaragua se está muriendo.
Pareciera que a los señores del PLC y FSLN, investidos de diputados, no les interesa la salud ni el bienestar (ni la economía) del pueblo nicaragüense, con tal de doblegar al presidente Bolaños, su enemigo político. Además, resulta increíble que todos estos asaltos al noble pueblo de Nicaragua se han venido dando con el silencio y beneplácito de su socio y “eterno testigo del diálogo”, el cardenal Obando.
¿Quién puede detener a los Alemán y Ortega y a sus delegados en la Asamblea Nacional de seguir apuñalando al pueblo, creyendo que matan a don Enrique? ¿Vamos a seguir siendo una masa amorfa y pasiva ante semejante crimen de lesa humanidad? No seamos cómplices de nuestra propia muerte. ¿Cuándo habrá otra marcha antipacto y antidiputados?
No es mañana, es ahora que debemos estar en las calles y por el tiempo que sea necesario, reclamando un mejor país y un mejor futuro. Mañana será ser muy tarde. No son la OEA, la ONU ni la Iglesia Católica quienes van a salvarnos. Tenemos la obligación de hacerlo nosotros mismos como pueblo libre. De lo contrario, a lo mejor nos morimos “prematuramente” y para entonces, ojalá, en un acto póstumo para ayudarle a bien morir a Nicaragua, el señor Cardenal tenga tiempo, al menos, para oficiar el ritual cristiano de la extremaunción, y permita que este moribundo pueda estar después en algún momento, en el más allá, al lado del Padre Celestial.