Fernando A. Malespín Ferreti
El FSLN, que ha demostrado gran habilidad para ganar espacios políticos por la blandenguería del PLC y del presidente Bolaños, no oculta la intención de atrincherarse en las instituciones del Estado para enfrentar desde ahí al candidato presidencial vencedor por la democracia nicaragüense. Es decir, Daniel Ortega está plenamente convencido de su derrota y se aferra a la vieja estrategia de mandar desde abajo y mantener la hegemonía política e imponerse contra la voluntad de los que quieren vivir en una Nicaragua libre y próspera. Lo que no puede ganar en las urnas electorales, lo gana en posiciones dentro de los poderes del Estado, en la medida que el doctor Alemán accede a sus caprichos.
He leído comentarios nacionales e internacionales que se inclinan por un posible triunfo del FSLN, con Daniel Ortega a la cabeza, en las próximas elecciones generales, por la ventaja de tener en sus manos al Consejo Supremo Electoral, por contar con el apoyo partidario y logístico de más de 80 alcaldías en el país, por disponer de ayuda económica de varios gobiernos izquierdistas, por tener a su favor la complacencia de la jerarquía católica, por impedir el voto de los nicaragüenses residentes en el extranjero.
Sin embargo el pueblo, según las últimas encuestas de opinión, repudia masivamente el pacto libero-sandinista y ha volcado su simpatía por Eduardo Montealegre y Herty Lewites. Estamos frente a un reto de vida o muerte. Mientras los pactistas avanzan sus planes, el pueblo se siente huérfano de liderazgo. No es posible que las marrullas y el chantaje condenen a Nicaragua a vivir en la miseria.
El pueblo pide a gritos: ¡Unidad para vencer! Si ya lo logramos en las elecciones de 1990, 1996 y 2001, ¿por qué no lo podemos hacer en el 2006?