Alberto L. Alemán Aguirre
Los ojos de Europa y de una gran parte del mundo se voltean estos días, inquietos y curiosos, hacia Francia, país que, junto a Alemania, constituye el motor de la integración y es un elemento indispensable de la construcción de la casa europea común.
Mañana, millones de franceses decidirán en un referendo histórico si aceptan o no la Constitución europea elaborada tras largos trabajos y negociaciones por los gobiernos comunitarios y la eurocracia de Bruselas.
Aunque considerada por varios observadores como más bien liberal — término que nada tiene que ver con las prácticas caudillistas, clientelistas y politiqueras asociadas al llamado “liberalismo” en Nicaragua— y progresista en temas sociales, y por ello cuestionada por sectores religiosos, sus detractores franceses ven en ella un peligro para el modelo social del Estado benefactor de la posguerra y con todas sus fuerzas se ha movilizado para hacer que el “no” triunfe.
Curiosa y amarga paradoja es que la lucha contra la Constitución ha unido a la extrema derecha xenófoba, a la extrema izquierda, a la mitad del Partido Socialista, a lo que queda del Partido Comunista Francés, a sindicatos, a feministas, a campesinos y a otros sectores.
Naturalmente, no podían faltar los globalifóbicos como el ya famoso José Bové, un verdadero “don me opongo” a todo lo que huela a globalización, a Estados Unidos y que se hizo famoso por dañar productos propiedad de McDonal’s —arquetípico símbolo del odiado, por estos grupos, capitalismo salvaje made in USA.
A favor está el presidente Jacques Chirac, su gobierno y su partido de centroderecha, los medios principales, el establishment, poco menos de la mitad de los franceses con derecho a voto y el resto de los ejecutivos de la Europa de los 25, que se comen las uñas, rezan o cruzan los dedos para que el “sí” se alce victorioso.
Hasta ayer, los últimos sondeos, mostraban una ventaja del “no”, aunque en las últimas encuestas su ventaja se ha visto gradualmente reducida.
En juego están muchos elementos importantes del futuro de Europa. Sus consecuencias se sentirán en todo el viejo continente y repercutirán a mediano plazo en la posición de la Unión Europea como potencia mundial.
Las futuras ampliaciones de la UE, la credibilidad del euro como divisa de los mercados mundiales, el alcance de la integración de los países el Este europeo, y la aprobación del marco presupuestario para 2007-2013. Todo eso se verá afectado.
En el plano económico, los críticos temen las disposiciones de la nueva Carta Magna que permitirán la liberalización de los mercados, de amplios sectores de servicios y un mayor dinamismo de las inversiones privadas.
Estiman que esto llevará inexorablemente a reformas sociales y económicas que menguarán al Estado del bienestar que garantiza a millones de europeos un alto estándar de vida; un ejemplo fehaciente es ya Alemania, donde el descontento con las pérdidas de derechos sociales ha llevado a una casi segura convocatoria de elecciones anticipadas.
Además, los partidarios del “no” se muestran temerosos de la inmigración en masa de ciudadanos del Este más pobre (Polonia, República Checa, Hungría, Estonia, etc.) que trabajan por bajos sueldos y copan el mercado de trabajo en la rica Europa Occidental. Es un miedo viejo; sucedió cuando España y Portugal entraron a la Comunidad Económica Europea en 1985. No se cumplió entonces.
El Estado del bienestar europeo es a largo plazo, sobre las bases actuales, insostenible económicamente. Europa enfrenta la acérrima competencia global de Asia y Estados Unidos, y los altos costos laborales en el Viejo Mundo son un lastre para la competitividad de las empresas europeas.
Está también el rechazo a la entrada de una Turquía islámica a la UE; Francia es un país donde la idea goza de uno de los rechazos más profundos, y de por sí, ya tiene bastantes problemas con las comunidades de inmigrantes islámicos del Magreb, siendo un botón de muestra la ardiente polémica en torno a la prohibición del velo de las chicas musulmanas en las escuelas públicas.
Si un “no” victorioso va a forzar una renegociación de la Constitución —lo que es muy probable— está por verse, pero sí influenciará los referendos pendientes en otros países. El miércoles próximo, será el turno de los holandeses. Allí, igualmente, el “no” pa rece ser la opción favorita.
Precisamente, es Francia la que aspira a hacer de la UE una gran potencia en el mundo, objetivo que tiene serios obstáculos políticos y económicos en su consecución. Europa está dividida y no todos sus miembros están dispuestos a antagonizar a Estados Unidos , leáse: Reino Unido, Polonia o Italia, por ejemplo.
Y solamente a través de la UE es que Francia puede estar de verdad entre los más poderosos que dirán la última palabra en las relaciones internacionales del siglo XXI.
Un análisis noticioso del diario International Herald Tribune afirma que de triunfar el “no”, Europa da la oportunidad para que este siglo sí sea de verdad “el siglo de Asia”, dada la pujanza de esa región del mundo.
La UE es el modelo de integración económica, comercial y política más avanzado que existe.
Un modelo para Centroamérica que busca una mayor integración, aunque nuestro camino no será el mismo por razones históricas, culturales, económicas y políticas. Pero una importante referencia al fin y por ello, debemos estar atentos a lo que suceda en aquel viejo y singular continente.