Adiós Juan Pablo II

Violeta Reyes de Padilla ¿Cómo podemos explicarnos que una sociedad que pensábamos ausente de Dios se haya desbordado desde todos los rincones de la tierra para rendirle un homenaje de despedida a Juan Pablo II? Debemos reflexionar serenamente sobre este acontecimiento. Jamás ha habido tal manifestación pública, no convocada. Es un fenómeno que todos, especialmente […]

Violeta Reyes de Padilla

¿Cómo podemos explicarnos que una sociedad que pensábamos ausente de Dios se haya desbordado desde todos los rincones de la tierra para rendirle un homenaje de despedida a Juan Pablo II? Debemos reflexionar serenamente sobre este acontecimiento. Jamás ha habido tal manifestación pública, no convocada. Es un fenómeno que todos, especialmente los personajes públicos, haremos muy bien en analizar a fondo para aplicarlo a nuestra vida personal y de servicio a los demás.

No es difícil comprender esta respuesta de la humanidad hacia este hombre de Dios que abrazó a la Cruz de Cristo en su sufrimiento y llegó a identificarse tanto con Él que toda su persona despedía el buen olor de Cristo.

Juan Pablo II supo timonear la barca de Pedro con firmeza, verdad, tenacidad e inflexibilidad en cuestiones de doctrina y moral, quiso conservar íntegro y puro el depósito de la fe tal como fue recibido por los apóstoles.

Él gobernó la Iglesia como un verdadero Pastor que da la vida por sus ovejas y sale a buscar a las que estaban dispersas por el mundo para llevarles palabras de amor, consuelo y esperanza, lo que tanto ansiaba la humanidad. Llegó a los pueblos como el amigo que lleva el regalo del Evangelio; como médico para sanar las almas de los que viven en miseria, esclavitud, diferentes formas de explotación, falta de libertad, a los enfermos y lisiados. Imitando a Cristo sanaba y se compadecía de todos, practicando el bien.

En los últimos años del siglo XX y XXI Juan Pablo II supo cumplir con el mandato de “Id y predicad el Evangelio a todos los pueblos y a todos los hombres” y aún enfermo no quiso disminuir su capacidad de trabajo, sabía que el mundo necesitaba de la palabra de Dios.

El secreto que lo guió fue una vida de oración intensa que lo hacía abandonarse completamente en las manos de Dios y a cumplir la voluntad divina. Ese Amén en el momento de morir quiso decir: he cumplido con todo lo que me mandaste. Siempre nos enseñó el camino hacia una nueva civilización de amor centrado en el prójimo, sin egoísmos, con el propio sacrificio. Esa fue la calidad de amor que él mostró hasta el último día. Adiós amadísimo Padre espiritual de millones de almas. Dejaste un gran legado al mundo.

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