- En abril de 1954 se frustró un complot para terminar con la dictadura somocista. Los participantes fueron tomados prisioneros, torturados y asesinados, dando Somoza García a conocer partes de guerra con listas de los “caídos en combate”. El “traido” entre Anastasio Somoza Debayle y Adolfo Báez Bone. A Ribas Montés y Morales Palacios lo asesinaron dos años después
Roberto Sánchez RamírezESPECIAL PARA LA [email protected]
“Tata Chú de nuevo de parte del General Somoza”, tituló el diario Novedades, propiedad del dictador, a la crónica en que se anunció la muerte y captura de los participantes en el complot de abril de 1954.
Fue la primera vez que el régimen dinástico usó el término “operación limpieza” y como se volvió costumbre durante la sangrienta tiranía, todos los caídos habían sido “muertos en combate”. La verdad, sino inexorable de la historia, revela estos hechos como uno de los crímenes más bárbaros y cobardes del somocismo.
Truncado quedó el juramento en el que al incorporarse al Ejército Revolucionario Nicaragüense, se prometía “luchar con toda lealtad y disciplina con el fin de terminar con la oprobiosa tiranía imperante en el país y garantizar la implantación de un gobierno revolucionario para llenar las aspiraciones del pueblo: justicia social, alternabilidad en el poder y respeto a las leyes e instituciones democráticas”.
EL EJÉRCITO REVOLUCIONARIO
Desde 1947, cuando el golpe de Estado en contra del Presidente Leonardo Argüello Barreto, una buena cantidad de oficiales de la Guardia Nacional salieron al exilio, participando desde entonces en intentos por derrocar a Anastasio Somoza García. Para inicios del año 1954 se contaba con una buena organización, en uno de los documentos que se conservan aparece el “ciudadano Pablo Leal, Comandante en Jefe del ERN”.
El Jefe del Estado Mayor General era el ex coronel Manuel Gómez F., entre otros miembros estaban Gustavo A. Zavala, Rafael Choisseul Praslín, Luis F. Gabuardi, Sergio Pérez, Juan Martínez, Jorge Ribas Montes, José María Tercero, Armando Soler y Virgilio Vega.
Cada miembro llenaba una hoja de incorporación, dando sus datos personales y señalando a quienes se tenía que avisar en caso de muerte. Así por ejemplo, la ficha de Jorge Ribas Montes, dice que nació en Tegucigalpa, el 5 de diciembre de 1920 y los nombres de su esposa Mabé Solano de Ribas, quien residía en la Flor de Oyate, Costa Rica y de su madre Rosa Montes Vda. de Ribas, residente en Tegucigalpa, Honduras.
Luis Armando Morales Palacios, nacido en León el 25 de marzo de 1922, notifica a María Palacios Vda. de Morales en Usurí, No. 14-3, Col. Cuathemoc, México D.F. Había estudiado en la Escuela Militarizada de Agricultura de Chapingo, México. Los dos citados fueron de los pocos sobrevivientes, condenados por un consejo de guerra, a ambos los asesinaron poco después del ajusticiamiento de Somoza García, en septiembre de 1956.
Las armas las embarcaron en el Lago de Nicaragua, entre Sapoá y Cárdenas, en la lancha “La Nena”, propiedad de don Alberto Chamorro y traídas por Roberto “Tito” Chamorro, padre de Claudia Chamorro, militante del FSLN, caída en combate. Las llevaron a Santa Lastenia, una propiedad del general. Emiliano Chamorro Vargas, donde los esperaba Humberto Chamorro Chamorro que las trasladó a la quinta San Salvador, en Managua.
Los complotistas tuvieron varias reuniones en la quinta California de don Faustino Arellano y en Chula Vista, de Ernesto Solórzano Thomson. Lamentablemente uno de los participantes, con el ánimo abatido por los nervios decidió entregarse y se presentó en la Policía de Managua, donde hizo un amplio y detallado relato.
EL CUENTO DE TATA CHÚ
Somoza García se encontraba en la residencia del Embajador norteamericano Thomas Whelan, su íntimo amigo. Fue avisado por teléfono y más tarde conducido bajo fuerte custodia a la Casa Presidencial, desde donde comenzó a dirigir “la operación limpieza”, impactado cuando se enteró que los principales complotistas eran ex miembros de la Guardia Nacional, y que estaban implicados militares activos.
Era domingo 4 de abril, ante las medidas de seguridad tomadas, fue evidente que el complot había sido descubierto y de inmediato se decidió salir de Managua. En el llano de Pacaya se produjo un intercambio de disparos con un retén de la GN y perecieron dos de sus miembros: Emilio Mejía Pérez y Leonel Obando González. En el fuego cruzado murió un niño de doce años: Marcos Morales.
La dictadura decreta el estado de sitio y monta todo un aparato propagandístico, se inventan comunicados de guerra y hasta se dan noticias como la de “Tata Chú de nuevo de parte del General Somoza”. La Tercera Compañía, la mejor preparada y equipada de la GN se acuartela en Las Cuatro Esquinas, Carazo, donde comienza a operar al mando del mayor Agustín Peralta.
Es la gran ocasión para que se luzcan los peores esbirros. Es bien sabido que son la muerte y la tortura los mejores méritos para alcanzar ascensos. El coronel Carlos Silva se mueve bajo las órdenes directas del coronel Anastasio Somoza Debayle, quien soltó a todos sus perros de caza, a los Óscar Morales, Carlos Malespín, Lázaro García, Iván Alagrett, para citar algunos.
“CAÍDOS EN COMBATE”
Sabida la identidad de los complotistas, los expedientes de los archivos militares revelan las fotografías de los participantes. Miles de papeletas son lanzadas desde los aviones de la FAN, donde aparecen los rostros de Manuel Gustavo Zavala, Adolfo Báez Bone, Amadeo Baena, Rafael Choisseul Praslin, José María Tercero Lacayo, Agustín Alfaro, Francisco Ibarra Mayorga, Pablo Leal. La mayoría visten el uniforme de la GN, la misma que ahora los persigue.
La papeleta anuncia que habrá una recompensa de C$10,000.00, “por cada uno de estos delincuentes que sea denunciado su paradero o se entregue capturado”. Se agregan los nombres de Roberto Hurtado, Jorge Ribas Montes, César Pasos, Juan Martínez Reyes, Luis F. Gabuardi y Virgilio Vega.
A medida que los partes de guerra anuncian a los “caídos en combate”, el país se conmociona. El somocismo trata de implantar el terror y se desata una feroz persecución. Se quiere sembrar un precedente a lo interno de la Guardia Nacional. La orden es matar a todos los implicados que hayan pertenecido al cuerpo castrense.
ADOLFO BÁEZ BONE
Entre Anastasio Somoza Debayle y Adolfo Báez Bone había “un traido”. Cuando aquél se había graduado en la West Point, un coronel servil que publicaba una revista de la GN, buscando como congraciarse le sugirió a Báez Bone que escribiera un artículo adulando al recién graduado, al negarse y ser conocida su respuesta, Somoza Debayle nunca lo perdonó.
En 1947, Báez Bone estaba entre los oficiales que encabezaban el desfile en la toma de posesión del Presidente Leonardo Argüello Barreto. El comandante sería Anastasio Somoza Debayle, fue evidente la diferencia de estilo entre ambos, la marcialidad y el porte. Tampoco le perdonó haberlo expuesto al ridículo. Antes de un mes Báez Bone estaba asilado en la Embajada de Guatemala, pagando el precio al decoro y fidelidad a la Constitución de la República.
Adolfo junto con su hermano Luis y Pablo Leal, entre otros detenidos fue conducido al cuartel de Las Cuatro Esquinas. Estando allí pasó Luis Pallais Debayle, primo de los Somoza Debayle, compadre de Adolfo por ser padrino del menor de los hijos Eduardo Alejandro, el mismo que ahora dirige la Fundación Libros para Niños, el otro padrino fue el doctor Pedro Joaquín Chamorro. Presintiendo su fin, Adolfo le entregó a Luis una cadena para que se la llevara a su esposa Lilliam.
Lilliam Cruz era una agraciada jovencita que estando un día en el aeropuerto La Mercedes le fue presentada a Adolfo por el teniente Carlos Malespín, el mismo que convertido en torturador vio a Adolfo ya prisionero. No es remoto que haya presenciado su tortura y muerte.
Es difícil sustraerse de la parte mítica de nuestra historia. Basta recordar que por más de veinte años se creyó que los restos de Anastasio Somoza García y de Luis Somoza Debayle habían sido llevados al exterior en julio de 1979. En el caso de Adolfo Báez Bone el mito también se mezcla con la realidad. Hay un hecho cierto, el que fue llevado y visto en el cuartel de la GN en Las Cuatro Esquinas, donde es la intersección de las carreteras que van una hacia San Marcos y la otra a Diriamba, a partir de allí hay dos versiones. Una que fue llevado a la hacienda La Moca de la familia Lacayo Rappaccioli, asesinado junto con otros prisioneros y tiempo después quemados los restos.
La otra versión es que fue traído a la Casa Presidencial en Managua e interrogado por el propio Anastasio Somoza Debayle. Se cuenta que agobiado por la tortura y en un gesto de rebeldía, Báez Bone escupió el pecho de Somoza Debayle, llenándole la camisa de sangre y que fue muerto en ese instante. Cada vez que se ausentaba del país, se comentaba que “Tachito” estaba bajo tratamiento psiquiátrico, pues veía la sangre de Báez Bone y se cambiaba frecuentemente la camisa.
EN LA LOMA DE TISCAPA
La mayoría de los prisioneros fueron conducidos a la Loma de Tiscapa, allí se les sometió a tremendas torturas, tratando de establecer quiénes eran los oficiales activos implicados en el complot, igual que algunos políticos opositores que se quería sacar de circulación, entre ellos Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Humberto Chamorro , Enrique Lacayo Farsán.
Ya para el 7 de abril era conocido quiénes estaban prisioneros. Inicialmente se pretendió someterlos a un consejo de guerra pero luego se tomó la decisión de asesinarlos. El entonces Jefe de la Oficina de Leyes y Relaciones de la GN, mayor José Luis Aguado, pidió a Somoza García y Somoza Debayle que se respetasen sus vidas, todo fue inútil. En 1958, Aguado también conspiró. Víctima de una traición fue torturado y estuvo preso. Murió pobre y abandonado.
El propio Somoza García se encargaba de reunirse con los periodistas para dar los “partes de guerra”, anunciando los nombres de los “caídos en combate”, sembrando el dolor en tantas familias. Agustín Alfaro Carnevalini era casado con una hija del general. Camilo López Irías un destacado dirigente liberal, la señora Amparo López Núñez, quien reside en Somoto.
Pablo Leal Rodríguez, era descendiente de una estimada familia de origen español, los Blen – Muñóz, integrantes de la más famosa compañía de teatro que vino a Nicaragua a finales del siglo XIX. Pablo fue padre de Ernesto Leal, ex Canciller de la República y actual Secretario de la Presidencia. Rafael Choisseul Praslin, era descendencia del conde francés del mismo apellido y que vino a Nicaragua en 1852, se casó en Matagalpa con doña Margarita Arauz.
Causó dolor, fue una tragedia para muchas familias saber la muerte y no recibir los restos, ni conocer dónde habían sido sepultados, pero también provocó resentimientos, como en el caso de Adolfo Alfaro, ex capitán GN, hermano de Agustín, descendientes del famoso emigrante italiano Fabio Carnevalini Cagliero. Adolfo salió al exilio y en El Salvador conoció a Rigoberto López Pérez. Surgió una gran amistad y se inició la conspiración que reclamó justicia en nombre de toda la sangre derramada, incluyendo la de Agustín.
Los partes de guerra fueron tan cínicos que en una de las conferencias se dijo que Edgard Gutiérrez, a quienes se identificó como piloto de nacionalidad costarricense, “antes de morir a consecuencia de las graves heridas que presentaba en diversas partes del cuerpo, hizo importantes declaraciones a los miembros del ejército que lo interrogaron”.
Se cayó en una histérica persecución, al extremo que una de las más importantes informaciones de abril de 1954, se refiere a “la captura de dos palomas mensajeras procedentes de Costa Rica que llevaban mensajes cuyos textos no han sido revelados. Las palomas fueron llevadas a Casa Presidencial, donde se encuentran. Novedades publicó una foto de una de las palomas que se cree tiene conexión con los proyectos terroristas que han fracasado”.
FALTA VERIFICAR LISTA
En una de sus comparecencias ante la prensa, Somoza García dio listas de los “muertos en combate” que aparecieron en Novedades en el mes de abril de 1954, también figuraron los nombres en el consejo de guerra y en el proceso que inició el Juez Segundo de lo Criminal del Distrito, doctor Arnoldo Alemán Sandoval, padre del ex Presidente Arnoldo Alemán Lacayo.
Otra lista aparece en el libro “Memorias de un soldado”, escrito por el coronel Francisco Boza Gutiérrez, quien ocupó importantes cargos en la Guardia Nacional. Hay algunas discrepancias con la lista que está inscrita en el monumento levantado en el Parque Histórico Nacional “Loma de Tiscapa”.
En esta lista figuran: Pablo Leal, José María Tercero, Luis F. Gabuardi, Adolfo y Luis Báez Bone, Juan R. Amado Soler, Humberto Ruiz, Juan Martínez Reyes, Miguel Reyes, Ernesto Peralta, Rafael Choisseul Praslin, Optaciano Morazán, Edgard Gutiérrez, Manrique Umaña, Agustín Alfaro, Carlos U. Gómez Ugarte, Pedro J. Reyes, Francisco Garrillo, Jorge Ribas Montes y Luis Morales Palacios.
Durante años los familiares de los asesinados denunciaron el crimen, en especial los de Adolfo Báez Bone y Pablo Leal Rodríguez. Vinieron también parientes de Ribas Montes, el caso más difícil, pues fue sepultado donde ahora están las casas de lo que fue la colonia “Zogaib” y actualmente la “Miguel Bonilla”.
En diciembre de 1964, el doctor. Agapito Fernández y el señor Silvio Lacayo Rappaccioli revelaron el sitio donde habían sido quemados los restos de los asesinados en abril de 1954. Finalmente fueron sepultados el sábado 19 de diciembre en el cementerio Occidental de Managua. Están a poca distancia de donde se encuentran los restos de Anastasio Somoza García y Luis Somoza Debayle.
FUENTE INFORMATIVA
Especial agradecimiento al Instituto de Historia de Nicaragua y Centro América de la UCA (IHNCA-UCA) por permitir el acceso a importantes documentos, inéditos y originales, relacionados con el complot de abril de 1954, algunos de carácter personal, como los de Adolfo Báez Bone.
La saga de los Somoza, Agustín Torrez Lazo. Memorias de un soldado (Nicaragua y la Guardia Nacional: 1928:1979), Francisco Boza Gutiérrez. Militares Centroamericanos, Guillermo Mendieta Chávez. 43 años de dictadura dinástica, Mario Alfaro Alvarado. Todos los autores mencionados fueron miembros de la Guardia Nacional. Cementerio San Pedro, la resurrección del recuerdo, Roberto Sánchez Ramírez. Matagalpa y sus gentes, Eddy Kühl Arauz.
ACADEMIA DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DE NICARAGUA
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