AFP, EFE
CIUDAD DEL VATICANO.- Los funerales de los Papas duran nueve días consecutivos, y su cuerpo debe ser inhumado entre el cuarto y el sexto día después de la muerte, salvo alguna razón especial, según las disposiciones definidas por Juan Pablo II en la Constitución Apostólica de 1996.
El documento establece con precisión todos los trámites que se deberán cumplir para las exequias y el mecanismo para elegir a su sucesor.
Una vez que el Cardenal encargado como Camarlengo constata la muerte del Pontífice y anuncia la noticia al pueblo romano, los cardenales deben fijar el día, hora y modalidades del traslado del cuerpo del Papa difunto a la Basílica del Vaticano para ser expuesto “al homenaje de los fieles”.
El Camarlengo tiene la responsabilidad del “trono vacante” durante el período que transcurre entre el deceso de su jefe y la elección del nuevo Papa.
También es el encargado de convocar la primera reunión de cardenales antes del Cónclave.
Delegaciones oficiales de todos los países del mundo asisten tradicionalmente a la misa de funerales, que es concelebrada por los cardenales y presidida por el decano de los prelados.
INNOVACIÓN
El Cónclave debe comenzar en un plazo de dos semanas. De acuerdo con la última reforma, los cardenales electores no residirán más en el Palacio Apostólico —como ocurría en el pasado—, sino en un hotel ubicado dentro del Vaticano.
Juan Pablo II fue quien dispuso construir ese alojamiento, Domus Sanctae Marthae (la Casa de Santa Marta), ubicado a pocos metros de la Basílica de San Pedro.
Los purpurados deben reunirse regularmente en la Capilla Sixtina para votar a un ritmo de dos veces por día.
Desde las primeras reuniones o “consultaciones” previas al Cónclave, los cardenales deben leer —si existe— el testamento o los documentos que les haya dejado el Pontífice difunto.
Además deben quebrar el anillo apostólico y el sello de plomo con que fueron enviadas las Cartas Apostólicas durante su pontificado.
Tienen también que tomar medidas prácticas como aprobar un presupuesto de gastos corrientes hasta la elección del sucesor.
A menudo, se decide una indemnización para los empleados del Vaticano, y se ponen a la venta estampillas y medallas especiales con el símbolo del Cónclave, el quitasol litúrgico.
Los cardenales deben confiar además a dos eclesiásticos “ejemplares” la tarea de pronunciar ante los grandes electores dos serias meditaciones sobre los problemas más apremiantes de la Iglesia y sobre las características que debería tener el nuevo Pontífice.
A veces, esas meditaciones se transforman en verdaderos retratos del futuro Papa.
El Papa deberá ser inhumado en la Basílica vaticana cerca de la tumba de San Pedro, según las indicaciones que dejó el Pontífice en su Constitución Apostólica “Universi dominici gregis” de 1996.
Pero los cardenales sólo tomarán una decisión definitiva después de haber leído el testamento. Un Papa podría decidir ser enterrado en otro sitio.
Salvo decisión contraria del cardenal decano, no se conservará para la historia ningún documento fotográfico o sonoro de los últimos momentos de un Papa.
“Cuando el Sumo Pontífice esté muriendo, o inmediatamente después de su muerte, nadie tiene derecho a tomarle fotografías ni a grabar sus palabras para hacerlas oír después”, estipula la Constitución.
Esas disposiciones sobre los últimos instantes de los Papas ya habían sido adoptadas por Pablo VI después del escándalo que siguió tras la muerte de Pío XII, ya que su médico personal, Galeazzi Lisi, publicó en un libro las fotos del Pontífice en su lecho de enfermo, con la máscara de oxígeno todavía en la boca.
ILUSTRES ANTECESORES EN CRIPTA VATICANA
En la cripta vaticana están ya enterrados los restos de Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo I, así como los de otros muchos papas habidos en la historia de la Iglesia, aunque los de Juan XXIII fueron trasladados en 2001, por decisión de Juan Pablo II, de la cripta a una capilla de la propia Basílica.
El rito que rodea a la muerte de un Papa prevé que un Cardenal que puede confesar y absolver en nombre del Pontífice, el Penitenciario Mayor, le vista con los hábitos pontificales para la celebración del entierro.
Una vez vestidos los restos mortales del Papa, se instalan en un catafalco, en una de las salas del Palacio Vaticano, y de allí se trasladan a la Basílica de San Pedro, donde son expuestos para recibir el homenaje de los creyentes, antes de la celebración del solemne funeral.
El Camarlengo, administrador apostólico de la sede vacante, debe velar porque no se tomen imágenes del Papa «si no está revestido con los hábitos pontificales».
El mismo Cardenal es quien tiene que asumir la tarea de destrucción del anillo del Pescador, utilizado desde Eugenio IV (1431-1444) como sello que da autenticidad a los documentos papales, que pesa onza y media de oro fino (unos 38 gramos), tiene grabado el nombre del Papa que lo usa y lleva en relieve la figura de San Pedro, pescando en la barca.
El Papa es enterrado con otro anillo, de uso habitual y de oro, liso o con algún camafeo o gema tallada, que lleva en la mano derecha; el Pontífice usa en grandes solemnidades otro, el anillo pontificial: el actual, que pasa de unos papas a otros, lo mandó hacer Pío VII en los primeros años del siglo XIX.
Antes del sepelio, el cuerpo del Papa se deposita dentro de tres ataúdes, metidos uno dentro de otro; el exterior es de madera de olmo pulimentada, el de en medio es de plomo, y el interior es de madera de ciprés, considerada incorruptible y forrado en terciopelo carmesí.
ENTIERRO ENTRE CUATRO A SEIS DÍAS
No antes de cuatro días ni más allá de seis, el Papa muerto debe ser enterrado en la cripta de la Basílica de San Pedro y, a no ser que el Pontífice haya dispuesto otra cosa en su testamento, el Colegio Cardenalicio se encarga de cumplir con las exequias.