Marcela Sánchez
Roman, Times, serif»>Desde Washington
La libertad y ventajas del libre comercio
Marcela Sánchez
Cuando el presidente Bush habló la semana pasada de llevar libertad a “los rincones más tenebrosos de nuestro mundo” lo más seguro es que no estaba incluyendo a América Latina. La batalla por la libertad empezó allá hace más de dos décadas y hoy los ingredientes básicos de la democracia se pueden encontrar a lo largo de la región.
Latinoamérica está ahora, por decirlo así, en la segunda fase de la búsqueda de la libertad. Pero como los líderes latinoamericanos lo están descubriendo, mantener una democracia requiere casi tanto esfuerzo como obtenerla. Y a menos que creen más oportunidades y se supere la desigualdad económica, el electorado perderá fe en sus líderes y, como ha sucedido en Ecuador o Bolivia, se tornará en contra de la propia democracia.
Durante sus primeros cuatro años, la receta del Presidente Bush para esos países en esa segunda fase fue más y mayor libertad de un tipo muy particular: libre comercio. Para aquellos dispuestos a acoger su visión de “un mundo que comercia en libertad”, la prosperidad abundaría y la pobreza se aliviaría. Además, según Robert B. Zoellick, Representante Comercial de Estados Unidos nominado a Subsecretario de Estado, las Américas debieran ser el “campo de prueba” de la idea de que en dicho mundo “cientos de millones de personas salen de la pobreza por medio del crecimiento económico impulsado por el comercio”.
Pero ¿el libre comercio sí saca a la gente de la pobreza? Ésa no es una pregunta que se plantee a menudo en Washington. Acá el libre comercio es ortodoxia y los más creyentes andan demasiado ocupados disfrutando los resultados exitosos de la liberalización de los mercados como para que intenten siquiera considerar la pregunta que continúa estancando conversaciones comerciales a nivel global y hemisférico.
Todos hemos oído que la envidiable prosperidad de Chile está basada en su larga búsqueda de acuerdos comerciales y reformas de mercado. Seguramente también muchos hemos escuchado que la vigorosa y creciente economía mexicana que, con una producción total el año pasado de más de 658 mil millones de dólares es la más grande de América Latina, sería muy distinta sin el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA). O que, a menos que el Congreso estadounidense apruebe el Tratado de Libre Comercio de Centro América, Estados Unidos y República Dominicana, la región no tendrá manera de crear nuevas oportunidades económicas y consolidar la estabilidad política.
Esas afirmaciones ciertamente refuerzan la idea de que el libre comercio impulsa el crecimiento económico. Pero no refuerzan necesariamente la suposición de que el componente social — la reducción de la pobreza— vendrá después. Supuestamente la mano invisible de Adam Smith debe hacer su magia y asegurar que las preocupaciones de los pobres sean atendidas como una consecuencia natural de ese crecimiento económico. Pero ¿obrará la magia?
Ésa es una apuesta que muchos líderes en América Latina no pueden darse el lujo de hacer. A pesar de que muchos, de la izquierda a la derecha del espectro político, comparten el optimismo de Bush acerca del poder del mercado y el libre comercio, afirman que las actuales circunstancias requieren gobiernos activistas para asegurar que el mercado no refuerce o agrande los prejuicios económicos ya profundos en la sociedad latinoamericana.
El crecimiento generado por NAFTA en México, de hecho, no redujo las desigualdades sociales y regionales del país. Durante los cinco primeros años de NAFTA, el norte de México registró tasas de crecimiento de 5.9 por ciento pero las empobrecidas regiones al sur del país apenas si crecieron un 0.4 por ciento. Le tomará a un estado del sur como el de Chiapas 132 años de dicho crecimiento para cerrar la brecha de ingresos con el Distrito Federal y sólo si los ingresos del Distrito Federal dejan de crecer, según estadísticas de las Naciones Unidas.
Tras dos décadas de reformas de mercado, Latinoamérica todavía sufre de la peor disparidad entre ricos y pobres del mundo. La décima parte más rica de la población en América Latina y el Caribe gana el 48 por ciento del ingreso total, mientras que la décima parte más pobre gana sólo el 1.6 por ciento, según el Banco Mundial.
Es por esto que el Presidente chileno Ricardo Lagos, quien acoge abiertamente el mercado como una herramienta crucial del siglo XXI, cree que “uno puede tener una economía de mercado pero no una sociedad de mercado”. Lagos, como otros líderes de centro izquierda, cree que la desigualdad del mercado no es modelo para el ideal igualitario de una sociedad democrática.
Pero no son sólo los líderes de izquierda los que piensan así. En América Latina también se puede uno topar con un reformista pro mercado que atribuye éxitos claves a una seria inversión, de tiempo y recursos, en la reducción de la pobreza. “Cualquiera que se pregunte por qué he tenido éxito se va a dar cuenta que tiene que ver con las crudas realidades de sacar a los pobres adelante”, por medio de una significativa inversión social, me dijo el año pasado el entonces Presidente salvadoreño Francisco Flores.
Claramente el libre comercio es una herramienta, una oportunidad, pero no un poder mágico que puede curar los males sociales de América Latina. Aún así, algunos acá mantienen una convicción ciega de que puede hacerlo, tal vez debido a que eso es todo lo que tienen que ofrecer a la América Latina de hoy.