Guillermo Cárdenas Montalván
La burocracia puede ser entendida, como sistema de gestión: “Sistema de gestión y administración altamente racionalizado y de máxima eficiencia técnica, caracterizado por ciertas notas como la organización jerárquica, la asignación de funciones en virtud de una capacidad objetivamente demostrada, la rigurosa delimitación de competencias de las diferentes ramas que la integran, la estructuración con arreglo y normas técnicas objetivas e impersonales”.
El estigma de “burócrata” es, probablemente, la más representativa de las objeciones hacia el desempeño de los funcionarios públicos, tanto desde la sociedad como desde los representantes políticos. Los gobernantes y los ciudadanos son víctimas del comportamiento corporativo de la burocracia y de la actuación referenciada a su propio interés. Los gobernantes, a veces como producto de una concepción mecanicista sobre la burocracia, perciben en ella la causa de los problemas de implementación de políticas que se aprecian idóneas; los ciudadanos la sufren en la conducta indolente, amparada en las normas, la complejidad de los procedimientos y el abuso de poder.
La resistencia al cambio de la burocracia frente a la propuesta de políticas reformistas, combina elementos tan heterogéneos como el rechazo a la politización de la administración de parte de los gobiernos de turno, como la pretensión de mantener privilegios inequitativos de los burócratas de cara a la sociedad. No obstante, es imposible realizar una reforma sin involucrar al funcionariado; pero también es indispensable revisar el estatuto que regula su quehacer, así como las reglas atinentes a su desempeño.
El problema de las instituciones estatales, por medio del cristal de la noética (análisis profundamente racionalizado), permite a su vez, diagnosticar sus causas sin mayor esfuerzo, ya que es obvio que los funcionarios de turno no desean emproblemar su gestión, ante la herencia e imposiciones de los partidos políticos que en forma irresponsable han convertido los poderes del Estado como si fuera la piñata de un cumpleañero entusiasmado; para compensarle a sus activistas los favores de las campañas políticas o la viabilidad de las influencias en respuesta a los aportes económicos recibidos, sin importar las solicitudes de la sociedad civil en cuanto a la rendición de cuentas y más bien continuar con la retórica de que la privatización es sinónimo de modernización, palabras que sólo en rima podrían utilizarse juntas.
La burocracia administrativa es el agente desmoralizador de los “ejecutivos eficientes” en tanto que estos últimos, al utilizar formas más eficientes de operar en sus instituciones laborales, se transforman en perturbadores de la misma razón y arte de la burocracia.
En este caso la descontextualización desmoralizadora no es concreta y física como en el caso de la ejercida por los regímenes totalitarios, sino lo que aquí se descontextualiza es el significado del conflicto entre el “ejecutivo eficiente” y la administración. Ésta tratará de transformar la naturaleza del conflicto, que siempre es de carácter administrativo-cognoscitivo-filosófico, en un conflicto personal.
El conflicto entre el “ejecutivo eficiente” y la administración es en cómo administrar la empresa. Las diferentes formas de administrar propuestas por el “ejecutivo eficiente” y la burocracia están basadas en diferentes formas de entender la tarea en diferentes concepciones e ideologías y tiene significado político-institucional en tanto persiste la lucha de poderes. Si se acepta abiertamente la naturaleza político-institucional del conflicto no habría desmoralización del ejecutivo. Pero en tanto que la administración tiene éxito en transformar este conflicto en uno personal el resultado es desmoralización. Con técnicas específicas aprendidas en cursos de “administración”, la burocracia apelando a emociones humanas profundas y básicas, logra la descontextualización. En lugar de apelar al miedo básico físico a perder la vida, utilizados por los regímenes totalitarios, la burocracia utiliza otras emociones básicas: la vergüenza y la culpa personal.
Probablemente uno de los desafíos mayores en esta época de cambios es, frente a la crisis de la matriz de organización de la sociedad que tenía su eje en el Estado, el tránsito de la administración hacia un modelo post-burocrático que reafirme la dimensión pública, en el supuesto que la institucionalidad del Estado se reconstruye para la ampliación de las esferas de autorregulación de la sociedad y el incremento de la equidad social. Es posible concebir un control político directo sobre la administración pública sin un énfasis simultáneo en la autoevaluación de las agencias públicas en función de sus resultados; pero si se pretende fundar sobre bases democráticas el funcionamiento de la administración pública, es preciso además la participación ciudadana y, en particular, el control social. Al mismo tiempo, la administración pública debe responder al mandato de los representantes electos.
Se debe incluir dentro de este rubro el tipo de liderazgo y las formas de comunicación intrainstitucional. Un tipo de liderazgo carismático, que transmite entusiasmo y que siendo democrático, permite la libre comunicación de estrategias profesionales diferentes para solucionar problemas, que estimula la crítica abierta al liderazgo y el replanteo periódico de los medios utilizados para lograr los objetivos de la institución, en su conjunto produce una atmósfera de alta moral que a su vez conduce no sólo a mejores resultados terapéuticos con las personas como clientes o usuarios, sino también a un mejor estado de salud psicosomático del personal.
Es triste ver en nuestras instituciones los atrasos y tropiezos que provoca la burocracia entendida como el conjunto de funciones y trámites destinados a la ejecución de una decisión administrativa. Esto requerirá por parte de los intereses de la burocracia la utilización intensiva y prolongada de los ámbitos educativos, laborales y de comunicación de masas para lograr el cambio psicológico al que nos hemos referido y realizar un gran esfuerzo e imaginación por parte de los grupos interesados en contrarrestarla.
El autor es economista y máster en Mercadeo.