Josué BravoCorresponsal COSTA RICA
Juan Carlos Castillo es un niño de 2 años, nacido en un tugurio de San José. Colgado de los brazos de su madre, Angélica Romero, quien es oriunda de Chinandega, balbucea los cantos alusivos a la Virgen María que provienen de los bulliciosos altoparlantes ubicados en el Parque Central de San José, mientras se celebraba la ya tradicional Gritería organizada por la Embajada de Nicaragua en este país cada 7 de diciembre.
Por su corta edad, Juan Carlos no sabe el significado del canto que murmura. Sin embargo este niño es el peculiar ejemplo de cómo La Gritería lentamente se difunde de generación en generación e invade la fe católica costarricense.
“La verdad es que como toda nicaragüense y buena católica, cada año asisto a La Gritería que hace la Embajada. A mi niño es primera vez que lo traigo”, dice Angélica, mientras el leve frío que invade de noche a San José, pica su piel.
La Gritería no llegó a Costa Rica hace 150 años por influencia de los frailes franciscanos, como sucedió en Nicaragua. Se introdujo con la llegada involuntaria de miles de nicaragüenses a Costa Rica a partir de la década anterior.
Según Álvaro Bagnarello, periodista nicaragüense radicado desde hace 18 años en Costa Rica, esta celebración mariana cobró más notoriedad en este país desde 1991, cuando la sede diplomática nica en San José realizó por primera vez La Gritería.
A raíz de esta iniciativa, La Purísima se fue expandiendo en parroquias ubicadas en localidades donde habitan cientos o miles de nicas.
“Ahora La Purísima se vuelve más popular en Costa Rica”, indica. “Para mí hay celebración de La Gritería en este país gracias a la influencia, a través de los años, de la comunidad nicaragüense. Por eso creo que se está convirtiendo en una celebración binacional, ya que este año participó en la organización la Municipalidad y la Arquidiócesis de San José. Eso es algo histórico”, agregó.
“El solo hecho que la curia metropolitana haya formado parte de esta celebración, significa que el pueblo nicaragüense radicado en Costa Rica es importante para la Iglesia”, explica por su parte Ramón Urbina Brizuela, nicaragüense radicado en Costa Rica desde hace 32 años.
CON EL CORAZÓN EN NICARAGUA
La alegría de Juan Carlos, el niño “tico-nica” que asistió junto a su madre a esta festividad, se convirtió en tristeza. La sonrisa dibujada en su rostro se desfiguró mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Una multitud los apretujaba con el afán de obtener el brindis otorgado por funcionarias de la embajada.
Según cálculos de la embajada, unas seis mil personas concurrieron el 7 de diciembre al Parque Central.